El retorno de Daniel Ortega

Daniel Ortega ha vuelto al poder, que conquistó en 1979 con las armas y perdió en 1990 en las urnas, rodeado por una inusitada familia.

El antiguo comandante guerrillero, de 61 años, que aún se proclama socialista y cuyas fuentes de inspiración revolucionaria fueron confesadamente Jesucristo, Augusto Cesar Sandino y Kart Marx, volvió este miércoles a la presidencia de Nicaragua vestido con yines y camisa, del brazo de la derecha y algunos antiguos «contras», con las bendiciones de la Iglesia católica y la venia de Estados Unidos, pero también con el respaldado entusiástico de la Venezuela chavista y la complacencia de la cuba castrista, su sostén en el primer gobierno (1979-90).

En la ceremonia de juramentación, en Managua, hicieron coro Hugo Chávez dando vivas al socialismo y Evo Morales dando mueras al imperialismo. Por parte del nuevo mandatario nicaragüense nada de aquellas viejas proclamas revolucionarias de «patria libre, vencer o morir», a diferencia de Chávez, que poca horas antes había asumido en Caracas para un nuevo periodo presidencial de seis años a los gritos de «socialismo o muerte».

Los puros del sandinismo han reiterado sus advertencias de que Ortega es un «traidor», «falso» y «manipulador» que nada tiene que ver con el legado de la revolución. Pero los nuevos gobernantes de izquierda de América Latina parecen creer que con Daniel Ortega aún no está todo perdido.

Asistieron también a la ceremonia el conservador colombiano Álvaro Uribe, el derechista mexicano Felipe Calderón y el populista ecuatoriano Rafael Correa, quien tomará posesión el 15 de enero. También estaba el ex presidente de Nicaragua y nuevo socio político de Ortega, Arnoldo Alemán, condenado a 20 años por corrupción y lavado dinero y en libertad condicional.

¿Qué resultará de tanta mescolanza en el país que disputa con Bolivia el calamitoso penúltimo puesto entre las naciones más pobres de América Latina? «Nicaragua no puede ser libre con tanta pobreza y analfabetismo», afirmó Ortega, un caudillo que, como Chávez y Fidel Castro, se originó en las armas.

El nuevo presidente dijo que los gobiernos post sandinistas, a partir de 1990, aplicaron en Nicaragua recetas neoliberales que, si bien obtuvieron resultados, la riqueza generada sólo beneficio a unos pocos. Fue esa una crítica suave al «capitalismo salvaje». Ortega se limitó a explicar que durante sus cinco años de gestión abrirá «un nuevo camino» para una nación con un 80 % de personas en situación de miseria, un millón y medio que pasa hambre y el 35 % que es analfabeto.

Anunció que Nicaragua se incorporará al ALBA, el invento de integración latinoamericana de Chávez antagónico al moribundo ALCA, el tratado de libre comercio para todo el continente americano que preconizó por Estados Unidos, cuyo inviabilidad ha dado a origen a acuerdos bilaterales o regionales. Precisamente Nicaragua tiene un tratado de libre comercio con Estados Unidos junto a las demás naciones centroamericanas y la República Dominicana. Ortega afirmo que «luchará» para que mejoren las condiciones estipuladas a ese acuerdo.

Ortega, desde la campaña electoral, se ha venido insinuando como un político pragmático, lejos de las estridencias y los extremismos. Por ejemplo, cambio la bandera roja y negra sandinista por otra rosa, bajó el volumen de sus diatribas antiimperialista y reiteró que está dispuesto a mantener buenas relaciones con Washington si hay respeto mutuo. También como parte de su cirugía estética política, se acercó al capital y a los empresarios, se casó por la Iglesia, se abrazó con el conservador cardenal Migue Obando y Bravo y puso en el baúl de los recuerdos los símbolos y la arenga revolucionaria.

Escogió para vicepresidente al ex banquero Jaime Morales, que fue negociador de la «contrarrevolución» durante el gobierno sandinista. Da la casualidad que Ortega vive en una casa expropiada a Morales en los tiempos en que los líderes revolucionarios se repartieron un jugoso botín requisado, en un bochornoso episodio de corrupción conocido como «la piñata de los jefes sandinistas».

Ortega parece haber imitado al presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, quien para conquistar el poder en 2002 quemó las naves revolucionarias, enterró al rudo líder obrero que fue, demolió las barricadas sindicalistas y pavimento un camino de paz y amor. Lula escogió para vicepresidente también a un millonario conservador, en su caso patrón de más de 35.000 obreros —es decir, alguien de quien en los tiempos del sindicato podría haber sido el más encarnizado enemigo—, quien aún sigue a su lado, también en la función virtual del padre que el mandatario brasileño nunca tuvo.

Daniel Ortega, que asumió la presidencia unas horas después de que Chávez inaugurara su tercer período presidencial, ha contado con el respaldo del líder de la revolución bolivariana, quien públicamente apostó por su victoria en las elecciones. Chávez ha prometido a Nicaragua petróleo (diez millones de barriles por año) a precio preferencial, viviendas populares, centrales eléctricas y programas de educación y salud.

Chávez y Ortega fueron jaleados por Evo Morales como «comandantes la liberación de América» en una «lucha antiimperalista».

Venezuela siempre ha estado muy próxima de Nicaragua, por ejemplo en los tiempos de la guerra contra la dictadura de Anastasio Somoza con armas y apoyo [los fusiles que usaban los muchachos sandinistas habian sido del Ejercito venezolano y tenían limados los números de serie]. Tras la caída de los sandinistas, Venezuela apuntaló con respaldo logístico de seguridad y gestiones políticas la frágil transición a la democracia personificada en Violeta Chamorro.

«La victoria de Daniel Ortega es la victoria de todos nosotros, de los que luchamos por transformar el esquema de dominación colonialista en nuestra América y de aquellos que luchamos por abrir senderos de justicia social, de liberación y de igualdad», proclamó Hugo Chávez.

Francisco R. Figueroa
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