Réquiem por un político arrecho

Francisco R.Figueroa / 27 diciembre 2010

Ha muerto Carlos Andrés Pérez en el exilio, en Miami, a los 88 años, el Día de Navidad, tras sufrir una crisis cardiaca severa en su apartamento de Bal Harbour. Mientras gobierne Venezuela el autócrata Hugo Chávez sus restos mortales seguirán expatriados. Esa ha sido la última voluntad de un político casi temerario, arrollador, audaz y tesonero, con una vida de leyenda, un demócrata sobresaliente embadurnado por una fama de corrupto y alguien a quien posiblemente se deba una estrella en el paseo internacional de la fama de la transición española.

En los diferentes encuentros que tuve con CAP, como era conocido por sus iniciales, entre 1992 y 2002 nunca quiso entrar en detalles de su apoyo a la democratización de España tras la larguísima dictadura franquista. Me remitió a la biografía que escribiría el periodista venezolano Luis Giusti, aún sin publicar. Siempre se limitaba Pérez a recordar cómo en noviembre de 1976 llevó «de contrabando» en su avión, desde Ginebra a Madrid, a Felipe González, su gran amigo, y a la llegada a Barajas se lo dijo al rey Juan Carlos entre bromas. Para entonces no era aún legal el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), pero faltaban pocos días para la celebración de su primer congreso en España tras la dictadura y medio año para las primeras elecciones libres. Pérez me dijo que tras las segundas elecciones de la democracia española, en marzo de 1979, felicitó a Felipe González por no haberlas ganado. «Aún no es tu hora», le dijo en un telegrama despachado desde la estafeta del Palacio de Miraflores.

En aquellos días Pérez estaba a punto de acabar su primer quinquenio presidencial (1974-79) y era un activo líder de la Internacional Socialista que había sintonizado con Felipe González desde que se conocieron. Siempre se negó Pérez a hablar del apoyo económico venezolano al PSOE quizás porque un asunto de dinero raya en el terreno pantanoso de sus supuestos «negocios oscuros» con Felipe González que ningún sabueso pudo constatar jamás. Como ha dicho estos días su compadre Alan García, el presidente peruano, a Pérez nunca le encontraron ni bienes ni fortuna. Como escuché decir a ambos para negar su enriquecimiento en el ejercicio del poder, «el dinero, como la caspa, no se puede ocultar». Después de haber hablado con Pérez del asunto en varias ocasiones, llegué a la conclusión de que su apoyo a la democracia española por la vía de los socialistas pudo no ser menor al que dieron el alemán Billy Brandt o el sueco Olof Palme. Quizás mayor en lo económico. Sólo queda Felipe González para contarlo, si quiere.

La primera vez que hablé con Pérez fue por teléfono. Él estaba en el Palacio de Miraflores, en las postrimerías de su segunda presidencia (1989-93), y yo en la delegación de Efe en Caracas, de la que acababa de hacerme cargo. Nuestra periodista Alba Infante se acercó y me dijo: «está CAP al teléfono y quiere hablar contigo». Aún se oía el eco del último cohete lanzado contra Miraflores desde un helicóptero como traca final de la sangrienta asonada militar del 27 de noviembre de 1992. En resumen me aseguró que seguía firme en el poder y que así se lo acababa de decir a su buen amigo el jefe del Gobierno español, Felipe González. Por dos veces aquel año de 1992 habían intentando tumbar a Pérez a sangre y fuego y él había salvado milagrosamente el tipo, el sillón presidencial y la democracia. Se mostraba seguro de sí mismo, pero estaba malherido y se había convertido en presa fácil para sus enemigos, que se lo quitaron de en medio meses después usando en su contra los otros dos poderes del Estado: el Judicial, que lo procesó por alegada corrupción, y el Legislativo, que dictaminó el mérito para abrirle juicio al jefe del Estado, lo separó transitoriamente del cargo para el enjuiciamiento y luego, en un golpe espurio, declaró vacante la presidencia. «Me hubiera gustado tener otro fin», dijo entonces Pérez, que aceptó aquella injusta muerte política en bien de la patria y la democracia sabiendo que era un golpe de Estado institucional.

Sobre la imagen de prototipo de político corrupto latinoamericano que le acompañó siempre puede afirmarse con seguridad que hubo demasiadas acusaciones pero ninguna certidumbre. Salió indemne de cuantas investigaciones políticas, periodísticas y judiciales se llevaron a cabo. Incluso de parte del diario «El Mundo» en la vorágine del acoso y derribo a Felipe González. Un largo proceso en la Corte Suprema de Venezuela entre 1993 y 1996 absorbió a Pérez del cargo de peculado (apropiación de caudales públicos) y lo condenó por malversación, pues quedó demostrado que siendo presidente usó fondos secretos (17,2 millones de dólares) —que por su propia naturaleza eran reservados y de libre disposición del gobernante—, a costear una misión policial venezolana en Managua de protección, en 1990, a la presidente electa de Nicaragua Violeta Chamorro, para evitar que fuera devorada por las hordas sandinistas cuando derrotó contra todo pronóstico a Daniel Ortega, tras diez años de dictadura. «Es un honor haber sido condenado por haber ayudado a que se estabilizara la democracia en Nicaragua», me dijo tras escuchar la sentencia, en mayo de 1996.

Nos vimos varias veces, siempre por el interés periodístico mío, en Miraflores siendo presidente; mientras estuvo bajo arresto domiciliario en su quinta «La ahumada», en Oripoto, en las montañas al sur de Caracas; también en su oficina de la Torre de las Delicias, ubicada en plena Avenida del Libertador, cuando buscaba ser senador por un nuevo partido en los turbulentos años que llevaron a Chávez al poder, y por último en el exilio en Santo Domingo, en el «penthouse» que ocupó en el Edificio Inchaústegui del Ensanche Piantini hasta agosto de 2003, hasta que Hugo Chávez le apretó al gobierno dominicano la clavija del petróleo y Pérez tuvo que mudarse a Estados Unidos, primero a Nueva York y luego a Miami, donde ha muerto. Me ilusionó salir fugazmente junto a él en las imágenes que dio el Telediario de TVE en la noticia de su fallecimiento pues era el recuerdo de un tiempo vivido con gran intensidad.

Para Hugo Chávez, Pérez era el gran trofeo que nunca logró. Pérez lo derrotó el 4 de febrero de 1992 cuando trató de derrocarlo y lo volvió a hacerlo el 27 de noviembre en la segunda asonada de ese año, en la que el ex teniente coronel participó desde el presidio. Chávez ha tratado de construir su legitimidad contra Pérez pues aduce que su alzamiento fue justo pues trataba de derribar un «gobierno corrupto» que había derramado la sangre del pueblo al reprimir con el Ejército el «caracazo» de 1989, un tumultuoso motín popular desencadenado por la subida del coste de la vida tras la aplicación de un programa neoliberal pactado con el Fondo Monetario Internacional (FMI), cuando la gente entendió que con Pérez no volverían los viejos buenos tiempos de la «Venezuela saudí» de su primer gobierno cuando el dinero corría a raudales.

Ni con acusaciones de corrupción ni de homicidio intencional calificado Chávez logró que República Dominicana y Estados Unidos atendieran los sucesivos pedidos de extradición que presentó. No pudo atrapar a su archienemigo. Todo el mundo era consciente de que quería exhibir a Pérez como trofeo, usarlo para los fines de su revolución antidemocrática y en los planes de eternizarse en el poder para evitar que vuelvan al gobierno gente como él.

Curiosamente Pérez ha muerto al año del fallecimiento el Día de Nochebuena de 2009 de uno de los hombres que más contribuyó a su caída y al ascenso de Chávez: Rafael Caldera, que también fue en dos ocasiones presidente venezolano. Ello son las tres figuras públicas más peculiares que ha tenido Venezuela en los últimos cincuenta años, pero Pérez es el más singular y carismático, engrandecido por sus vigorosas convicciones democráticas y su apoyo a la causa de la libertad en toda América Latina, por encima de los cuestionamientos morales. Caldera mantuvo con Pérez viejas y enconadas rencillas y éste siempre consideró a aquel culpable de su caída. Chávez, que con ambas muertes ha quedado sin referencias, no ha perdido tiempo para enlodar la memoria de Pérez mientras los demás engrandecían si figura, al afirmar toscamente que con él ha muerto una forma de hacer política «atropellando los derechos de los pueblos y entregando la dignidad de los pueblos al imperio yanqui». Con Pérez ha muerto la vieja democracia venezolana que se corrompió y fracasó causando un terrible desencanto. Con Chávez se ha repetido lo peor del viejo orden político, sobre todo en cuanto a corrupción, amoralidad e ineficacia, pero con la libertades individuales bajo mínimos, cada día más reducidas y arrinconadas.

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Tres hurras por Mario

Francisco R. Figueroa / 11 diciembre 2010
Mario Vargas Llosa ha recibido el Nobel de Literatura también debido a un hombre que está en la cárcel por delitos de lesa humanidad, cuya hija acaba de formalizar su candidatura a la presidencia del Perú con la intención de liberarle. ¿Qué sería hoy del autor de «Conversaciones en La Catedral» si aquel desconocido ingeniero agrónomo «nikkei» llamado Alberto Fujimori, encarcelado desde hace tres años por sus múltiples felonías, no hubiera impedido que fuera presidente del Perú? Con certeza no habría estado este viernes en Estocolmo recibiendo el Premio Nobel de Literatura. Fue la derrota política de 1990 frente a Fujimori lo que devolvió la literatura al lugar central de la vida de Vargas Llosa. La primera entrega de su nueva etapa fue precisamente el libro de memorias «El pez en el agua» (1993) sobre aquella experiencia política que tanto importancia parece que tuvo para concederle el Nobel. Cuando se discutía su candidatura al Nobel, Peter England, secretario perpetuo de la Academia, recomendó a sus colegas reticentes leer en paralelo «Conversaciones en La Catedral» y «El pez en el agua», según relató «El País». «Conversación en La Catedral» es la raíz histórica de la preocupación literaria del Nobel por la política y por su país, y «El pez en el agua» es la explicación escrita de una ansiedad autobiográfica, explicativa, que ha explotado en Estocolmo y en la que Vargas Llosa cifró, a principios de los noventa, su resurrección literaria tras el fracaso político, ha escrito Juan Cruz. Traté y perseguí a Vargas Llosa en lo que resultaría ser los tres peores años de su vida, de 1987 a 1990, durante los que corrió peligros indecibles y estuvo a punto de irse al traste su exitosa carrera literaria, ahora coronada con el Nobel, por el empeño en ser elegido presidente. También Fujimori ha sido una constante a lo largo de una buena parte de mi vida profesional después de haber vivido en el Perú de 1987 a 1992. De modo que sigo la peripecia vital de ambos como exponentes de la cara y la cruz, lo bueno y lo malo, la nobleza y la perfidia, de un país entrañable. Me ha llamado poderosamente la atención que la entrega del Nobel coincida con la formalización de la candidatura presidencial de Keiko Fujimori, la hija mayor del ex presidente peruano, quien cumple una condena a 25 años por crímenes de lesa humanidad. Keiko representa algo que Vargas Llosa detesta: el «fujimorato», aquellos diez años, de 1990 a 2000, en que Alberto Fujimori rigió los destinos del Perú de manera autocrática con su compinche el aborrecible Vladimiro Montesinos, también encarcelado. La aversión es tanta que Fujimori trató de despojar de la nacionalidad peruana al escritor. «Nadie podrá quitarme al Perú», clamó Vargas Llosa en Estocolmo Hay posibilidades de que el pueblo peruano se vuelva a confundir en las elecciones previstas para abril de 2011, como ocurrió en 1990 con su padre, y elija presidente a Keiko Sofía Fujimori Higuchi, de 35 años, una de cuyas tareas será sin duda liberar a su progenitor, de 72 años, apoyada en ese amplio sector de peruanos que perdona al ex mandatario o justifica sus desmanes. Keiko Fujimori ha parecido por sorpresa aliada al Opus Dei, matrimoniada políticamente con Rafael Rey, conspicuo exponentes de La Obra en el Perú, ex parlamentario, ministro por dos veces en este segundo gobierno de Alan García y aspirante a la vicepresidencia. El Opus Dei estuvo implicado en el fujimorato. Cuando escribí algo así en 1997 Rey me buscó para decirme que La Obra «no se involucraba con gobiernos, ni tiene nada que ver con el desempeño profesional o político de sus miembros». Es conocido que el Opus Dei en Perú apoyó en 1992 el «autogolpe» mediante el que Fujimori clausuró el parlamento, disolvió el poder judicial y asumió poderes de «shogún» con el entusiástico apoyo militar y la indolencia de los países latinoamericanos. Uno de los principales aliados y cómplices de la dictadura fujimorista fue Juan Luis Cipriani, el primer cardenal del Opus Dei, un ingeniero industrial y sacerdote de vocación tardía (cantó misa con 33 años) de carrera meteórica en el escalafón eclesiástico por una extraña coincidencia de intereses entre Alberto Fujimori y el fallecido papa polaco Juan Pablo II, que fue un gran valedor de Opus Dei. Fujimori conoció a Cipriani como obispo auxiliar de Ayacucho, allá por 1990, en tiempos terribles. Desde entonces fueron uña y carne; o uña y mugre. En 1991 Cipriani era el prelado titular de aquella diócesis andina, seis años más tarde su arzobispo, en 1999 primado del Perú y en 2001 cardenal. Esto sin contar el oscuro papel que jugó en la crisis de los rehenes en la embajada de Japón, que acabó con la liquidación de todos los terroristas del movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) que mantuvieron ocupada dicha legación entre diciembre de 1996 y abril de 1997. Para Vargas Llosa, un agnóstico a quien las circunstancias aproximaron en 1990 al entonces primado peruano, el jesuita Augusto Vargas Alzamora, sobre todo porque el prelado quería contrarrestar a los evangélicos embarcados en la candidatura de Fujimori, con los que éste rompería pronto, Cipriani es una figura intransigente propia de la Iglesia de Torquemada y las parillas de la Inquisición, según escribió el novelista en un artículo publicado en 2002. La falta de sintonía entre Rey y Vargas Llosa quedó patente por última vez en septiembre último cuando el ahora Premio Nobel renunció a la presidencia del Lugar de la Memoria, destinado a honrar a las casi 70.000 víctimas del terrorismo en Perú, porque el entonces ministro de Defensa promovía un decreto mediante el que, con lo que el escritor consideraba «triquiñuela política», amnistiaba prácticamente a los militares que violaron derechos humanos en la guerra contra el terrorismo a partir de 1980. «Ignoro qué presiones de los sectores militares que medraron con la dictadura y no se resignan a la democracia, o qué consideraciones de menuda política electoral lo han llevado a usted a amparar una iniciativa que sólo va a traer desprestigio a su gobierno y dar razón a quienes lo acusan de haber pactado en secreto una colaboración estrecha con los mismos fujimoristas que lo exiliaron y persiguieron durante ocho años. En todo caso, lo ocurrido es una verdadera desgracia que va a resucitar la división y el encono político en el país», dijo Vargas Llosa en una carta que envío entonces a Alan García, quien en su primera presidencia (1995-90) fue el principal responsable de que Fujimori llegara al poder empecinado como estaba en cerrarle el paso al escritor a cualquier precio. Gracias a aquella actitud de Alan García, que contribuyó decisivamente a la victoria de Fujimori, de algún modo también Vargas Llosa ha sido galardonado con el Nobel. «Se sentirá usted como quien ha expulsado del riñón una piedra puntiaguda», le dije a Alan García cuando el escritor fue derrotado. «No es una sensación tan fisiológica como usted dice, pero me siento muy satisfecho», me respondió. Y se fue a ordenar a la banda militar del Palacio Presidencial que interpretara una música festiva en el cambio de guardia de las doce. franciscofigueroa@hotmail.com www.apuntesiberoamericanos.com

Continuismo a la brasilera

Francisco R.Figueroa / 1 noviembre 2010

Luiz Inácio Lula da Silva, el tornero incombustible, sindicalista terco y exitoso presidente de Brasil, se ha salido con la suya: ha convertido a Dilma Rousseff en su sucesora. La escogió, la ungió y la ofreció al pueblo: «esta es mi hija amada, en quien tengo complacencia». Casi 56 millones se sometieron al deseo de Lula y votaron el domingo 31 de octubre por ella. Dilma Vana Rousseff Linhares, de 62 años, se ha convertido en la primera mujer presidente de Brasil, un país donde la paridad de sexos es una quimera. La tarea fue más difícil de lo que Lula creía pues hubo necesidad de disputar dos vueltas electorales. En esta segunda Rousseff ganó con el 56% de los sufragios frente a al 44% de su rival. José Serra, tal como pronosticaban las encuestas y como este blog sostenía desde agosto pasado. (Alea jacta est en Brasil; Dilma ganó). Era la primera vez en su vida que se presentaba a unas elecciones.

Ha sido una victoria personal del mandatario saliente, que estaba constitucionalmente impedido de aspirar a un tercer mandato. Lula fue su mentor y guía; le dio su apoyo total, sin medir esfuerzos, con todos los recursos al alcance de un jefe de Estado ventajista que llegó a infringir la ley y trató al adversario como enemigo. Lula usó su extraordinaria popularidad (su nivel de aprobación está en un 83% y un rechazo marginal) y la tremenda ascendencia que tiene sobre las capas sociales más bajas que le ven como a uno de ellos y al presidente que logró crecimiento (4% de promedio anual con una proyección del 7,5% para éste), empleo (15 millones de nuevos puestos de trabajo) y reducir sensiblemente la pobreza (unos 32 millones de personas mejoraron su nivel de vida). Si Rousseff hace los deberes, se considera que otros 36 millones de personas podría salir de la miseria durante su cuatrienio presidencial.

Las lenguas malintencionadas insistieron durante la campaña electoral que Rousseff era «la marioneta del ventrílocuo» y alguien a través de quien Lula seguiría gobernando en una suerte de tercer período presidencial en la sombra para tratar después de ser el sucesor de su sucesora en las elecciones de 2014. Tras depositar su voto por Rousseff en São Bernardo do Campo —ciudad de la periferia de São Paulo donde tiene su domicilio y a donde debe mudarse en enero—, Lula descartó que vuelva a ser candidato presidencial («No considero participar de nuevo», dijo), que vaya a aceptar un cargo en el gobierno de Rousseff («No es posible que un ex presidente participe en el gobierno de un futuro presidente», señaló) y que se convierta en el poder tras el trono («El 1º de enero me apeo, ella sigue. Dilma tiene que formar un gobierno a su manera, con gente en la que confíe», expresó).

El discurso triunfal de Rousseff en Brasilia, leído íntegramente, fue seco y tecnocrático, hasta que al final se refirió a Lula rebosando agradecimientos. Entonces se le saltaron las lágrimas. Fue el único momento de emoción. Mucho para una persona fría como ella. Poco tratándose de la primera mujer que llega a la presidencia de su país tras 37 varones y a los 188 años de independencia de un país en el que el sexo femenino en política nacional ni siquiera ocupa el 10% de los cargos de elección popular. Escasas emociones también para quien llega a la jefatura de la nación que acogió a su padre, un emigrante búlgaro; para una persona que arriesgó la vida contra una dictadura militar cruel, para alguien que hace menos de un año aún era un proyecto que apenas se materializaba en la cabeza de Lula y para la persona que va a gobernar la mayor nación de América Latina y entre las mas grandes del mundo. Poco tacto tuvo Rousseff exhibiéndose por vez primera como presidenta electa junto a algunos de los «honorables bandidos» del Partido del Movimiento Democrático Brasilero (PMDB) que apoyaron su candidatura, como José Sarney, de 80 años, el cacique que fue presidente por accidente (1985-90), con su cabello y bigote ridículamente teñidos.

Lula ya es historia. Sus hagiográfos afirman que ha sido el mejor presidente que ha tenido Brasil. Eso es cierto porque tuvo un antecesor aún mejor que él. Fernando Henrique Cardoso (1995-2003) allanó el terreno, tendió los puentes, cavó los túneles, pavimento, colocó los salvavidas y las señales de circulación para que Lula pasara por aquella autopista de doce carriles convertido en el mejor presiente de la historia nacional. Probablemente Lula sea el presidente más querido aunque la comparación es corta porque desde que se inició la era mediática que ha permitid al público conocer a fondo a sus gobernantes Brasil solo ha tenido dos presidentes que hayan merecido la pena; Lula y Cardoso. El ejemplo del gran Juscelino Kubitschek (1956-61), el presidente «bossa nova», está difuminado por el tiempo. Lula, el obrero metalúrgico sin estudios, ha sido más próximo, mucho más populachero que su antecesor. Cardoso, un intelectual fino miembro de la élite culta paulistana , siempre se mantuvo más distante, sin tanta empatía con el público. Cardoso tuvo una visión estratégica de Brasil; con Lula llegó el futuro. Dilma Rousseff es una incógnita. No parece una estadista y no ha desempeñado ningún cargo de elección popular. Está considera una buena gerente proclive al estatismo. Parece una persona fuertemente convencida de que en sus manos no se perderá el país, de que conservará y ampliara el legado de Lula. También da la sensación de que reúne una de las dos características que, según la tercera en discordia en esta elecciones, la ecologista Marina Silva, debe tener un buen gobernante: la sagacidad de las serpientes. La otra es la sencillez de las palomas, que no tiene esta mujer orgullosa, acerada, mandona y batalladora.

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¡Kirchner ha muerto: compren Argentina!

Francisco R. Figueroa / 28 octubre 2010

Cuando en los mercados se supo que al hombre fuerte de Argentina se le había roto el corazón la orden fue tajante: «¡compren, compren, compren…!».

Los principales activos financieros argentinos se dispararon en Wall Street y la City londinense en una reacción inmediata a la muerte, el miércoles 27, de Néstor Kirchner a los 60 años en su tierra patagona, cuando seguía mandando en Argentina a través de su esposa, Cristina Fernández, y se preparaba para lanzar su candidatura a las elecciones presidenciales de octubre del año próximo.

La intención de Kirchner era convertirse en el sucesor de su sucesora, en una alternancia entre marido y mujer para mantener el poder sin precedentes en ninguna parte del mundo, con el antecedente en la propia Argentina del general Juan Domingo Perón hizo vicepresidente a su segunda esposa, la bailarina María Estela «Isabelita» Martínez, que le sucedió a su muerte en 1974.

El fallecimiento inesperado del poderoso hombre que imponía el ritmo y los tiempos políticos en Argentina sacudió el tablero político del país, sobre todo en el frente peronista, donde posiblemente haya comenzado el navajeo antes de los oficios fúnebres, a la sombra de los grandes gestos, las palabras rimbombantes, las loas al prócer fallecido y los cantos a la unidad suramericana de los gobernantes extranjeros llegados para las exequias.

Kirchner, que practicaba la política como un pugilato, controlaba también férreamente el Partido Justicialista, en el que ya avizora la lucha por la sucesión en la presidencia de la formación peronista y, según algunos analistas, una sorda batalla para influir en Cristina Fernández durante los trece meses que le restan de gestión.

Los mercados – regidos por el oportunismo con las leyes de un casino de truhanes en el Caribe de los bucaneros– intuyeron que el plan de los Kirchner de mantener el poder durante al menos dieciséis años pereció en El Calafate con el ex presidente y se lanzaron al negocio vislumbrando el fin de una época marcada por la hostilidad mutua con un Gobierno argentina agresivo frente al gran capital, resentido con los inversionistas, que no garantizaba la seguridad jurídica, estatista, heterodoxo, populista, enfrentado con sectores empresariales y la prensa y que había trampeado con las estadísticas.

«No hay nada mejor que la seguridad de saber que Kirchner no estará en la carrera presidencial», se oyó decir a un gran operador del mercado.

Hay expectativa para ver cómo su viuda transita estos trece meses que el restan de su cuatrienio presidencial. Parece improbable que Cristina Fernández pueda sustituir a su fallecido esposo al frente del peronismo y que sea ella la aspirante a su propia sucesión en las elecciones presidenciales previstas para el 23 de octubre del año venidero. La casi certeza de que la oposición será incapaz de aportar un candidato fuerte presenta aún más crispada la lucha interna en el peronismo por la nominación.

No obstante, hay analistas que creen que muerto Néstor Kirchner, Cristina Fernández se convierte automáticamente en la única candidata del kirchnerismo –y por ende del peronismo– para esas elecciones, la candidata natural a la reelección, aunque esto parece más una manifestación de deseo.

Parece descarta la posibilidad de que en este poco más de un año de mandato que le queda a Cristina Fernández haya algún riesgo institucional. Pero los observadores recuerdan que de las sucesiones en el peronismo han sido tradicionalmente traumáticas y que las crisis internas en dicho partido acostumbran trasladarse al conjunto de la nación.

Como dijo el ex jefe del Gabinete ministerial (2003-2008) Alberto Fernández, un político justicialista con aspiraciones presidenciales y uno de los que mejor conoció al matrimonio presidencial, «Cristina perdió mucho más que un marido».

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Brasil: Dilma en Rolls-Royce

Por Francisco R. Figueroa / 27 octubre 2010

Parece seguro que el primero de enero de 2011 Dilma Rousseff paseará por la Explanada de los Ministerios de Brasilia en un Rolls-Royce descapotable convertida en la primera jefa de Estado de Brasil.

La segunda vuelta de las presidenciales se celebrará el próximo domingo, 31 de octubre, con casi 136 millones de electores convocados a escoger entre Dilma Rousseff, de 62 años, una antigua guerrillera urbana y ministra con fama de eficiente y dura, y José Serra, de 68 años, un curtido político de centro que brilló en sus etapas como ministro, alcalde y gobernador. Los sondeos pronostican que Rousseff sacará a Serra entre 10 y 12 puntos de ventaja (56% contra 44% en el último sondeo) o de diez a doce millones de votos, sin margen para la sorpresa.

El Día de Año Nuevo esta descendiente de emigrantes búlgaros hará el desfile triunfal por la Explanada de los Ministerios en la inauguración de su mandato. Será conducida en un Rolls-Royce modelo Silver Wraith de 1952, primero al Congreso Nacional y después al Palacio del Planalto, sede de la presidencia, convertida en el 37º jefe de Estado que ha tenido Brasil, dos de ellos emperadores.

Quien vaya ese día al volante del Rolls-Royce parecerá un circunspecto chófer, pero bien pudiera ser Luis Inácio Lula da Silva, el moderno Pigmalión que ha transformado a una adusta y laboriosa burócrata primero en ministra, después en su brazo derecho y más tarde en su heredera.

Si no hubiera sido por la firme determinación del presidente Lula para imponerla como candidata, su incansable actividad durante la larga campaña electoral y el fervor que sienten por él ocho de cada diez brasileros, seguramente Dilma Rousseff habría acabado su vida pública ese mismo primer día del año 2011 convertida en ex ministra del saliente gobierno.

Los escándalos de corrupción en el entorno de Rousseff, la polémica sobre el aborto, su alegado agnosticismo, los «honorables bandidos» que tiene entre sus aliados políticos, las acusaciones de su rival de mentir, su alegada vena estatista y las burlas sobre que ella apenas es la muñeca del ventrílocuo o alguien que sólo servirá para guardarle el sillón a Lula hasta las próximas elecciones no ha sido más que arañazos en el caparazón de la tortuga.

Todos los ataques contra ella sirvieron apenas para evitar la anunciada rutilante victoria en la primera vuelta celebrada el pasado día 3, aunque quizás eso se debió más al imprevisto ascenso de la tercera candidata presidencial en discordia, la ecologista Marina Silva, una ex ministra de Lula que salió del Ejecutivo brasileño enfadada con el mandatario y peleada con Rousseff, que entonces era la jefa del Gabinete.

En el mano a mano final no ha habido oportunidad para Serra, cuya vida política, después de dos intentos de conquistar la presidencia, el primero en 2002, queda extinguida para dar el relevo a nuevos liderazgo en el Partido de la Social-Democracia Brasilera (PSDB) que desde tiempo están pidiendo paso, fundamentalmente el «mineiro» Aécio Neves, que ha sido diputado, gobernador, senador y presidente del Congreso y forma parte de una saga política cuya figura más notable fue su abuelo Tancredo.

Aunque no tiene ni de lejos el talante ni el carisma de Lula, Dilma Rousseff seguirá la estela de gobierno de su mentor que tan buenos resultados le ha dado a Brasil, con tasas chinas de crecimiento económico, una sensible mejora de los niveles de vida y creación abundante de empleo. Es suficientemente lista para no andar haciendo experimentos y cauta para no tratar de emular a su artífice, por ejemplo, en política exterior.

Sus maneras impositivas pueden hacerle caer en un enfrentamiento con el Partido de los Trabajadores (PT), que le aceptó como candidata sin rechistar pero que siempre la verá como una recién llegada. Rousseff no estuvo en el grupo fundacional del PT, en 1980, ni en la primera hora de la luchas sindicales contra la dictadura y por la democracia, ni participó en los tres intentos por llevar a Lula a la presidencia. Se afilió tardíamente en 1999 y por una conveniencia personal, continuista para ella, como funcionaria en el gobierno regional de Río Grande del Sur.

El fervor popular que hay en Brasil por Lula le ha sido entregadoa cuenta a Dilma Rousseff, como un bono, por un pedido personal del muy amado mandatario saliente. Pero está por ver si ella es capaz de ganarse a las grandes mayorías de las clases bajas de donde proceden su gran caudal de votos. Ella no es vista como uno de ellos, a semejanza de Lula.

Habrá que estar atentos a las relaciones futuras de Dilma Rousseff con Lula, a la espera de ver si ella querrá romper el cordón umbilical con su progenitor político para emprender un vuelo propio o permanecerá tutelada a su sombra en ese papel de marioneta que la tribuían sus rivales.

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Cuba: malos tiempos para la lírica castrista

Francisco R. Figueroa / 22 octubre 2010

El Parlamento Europeo ha enviado una señal nítida a La Habana: el Viejo Continente está al lado de los demócratas y no desea contemporizar con los hermanos Castro. Al mismo tiempo, Estados Unidos manifestaba su disconformidad, el amigo Miguel Ángel Moratinos era destituido y la Unión Europea daba señales de que mantendrá a grandes rasgos la «política común». Parecen malos tiempos para la lírica castrista.

El primer mensaje está indeleblemente grabado en la concesión del Premio Sajarov al disidente cubano Guillermo Fariña, de 48 años, que estuvo dispuesto a sacrificar su vida con 135 días en huelga de hambre como medio de presión para lograr un cambio en Cuba. La huelga de hambre de Fariñas, después de la muerte de Orlando Zapata por un prolongado ayuno, hizo que el mundo recuperara la memoria sobre los disidentes cubanos presos.

Como dijo la Alta Representante de Política Exterior de la UE, la británica Catherine Ashton, «los derechos humanos y las libertades fundamentales están en el centro de las relaciones de la Unión Europea con Cuba». Al mismo tiempo, la baronesa Ashton de Upholland instaba al régimen comunista de La Habana a liberar a todos sus prisioneros políticos.

La concesión del premio tuvo lugar cuatro días antes de que el lunes 25 los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, reunidos en Luxemburgo, acaben el debate que, a petición española, tienen aplazado desde junio sobre la llamada «posición común» que los 27 países comunitarios aplican a Cuba, mediante la que se condiciona la cooperación con la dictadura castrista y avances sobre derechos humanos.

La mayoría de centroderecha de la eurocámara —conformada por conservadores, reformistas y liberales, frente a socialistas, comunistas y «verdes»— fue la que decidió la concesión del Premio Sajarov a Fariña, cuya valiente actitud llevó esperanza a todos los que en la isla luchan por la libertad, los derechos humanos y la democracia.

Esa misma mayoría se opone al levantamiento de la «posición común» que fue adoptada en 1996 por iniciativa del gobierno español que entonces presidía el conservador José María Aznar. Por el cambio de dicha posición estuvo batallando durante varios años el recién destituido ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, y también la que ahora es su sucesora, Trinidad Jiménez, cuando, a sus órdenes,, fue Secretaria de Estado para Iberoamérica entre septiembre de 2006 y abril de 2009.

La política española hacia Cuba irrita a la oposición al castrismo —con la que el gobierno socialdemócrata español de José Luis Rodríguez Zapatero evitó el contacto oficial—y a todos cuanto en el mundo están en desacuerdo con la dictadura de los hermanos Castro. Desde la oposición interna cubana se le ha tildado a Moratinos a modo de despedida de «servil» de la dictadura y «cómplice de los hermanos Castro.

¿Qué pasará el lunes? Si Jiménez se presenta en Luxemburgo —en el primero de los distintos frentes que le deja abiertos Moratinos— a favor del levantamiento de la «posición común», como estaba dispuesto a hacer su antecesor, sufrirá su primer revés como responsable de la diplomacia española. Fracasará en su debut porque la decisión tiene que ser tomada por consenso y hay varias naciones que se oponen con furia.

La mayoría de Europa entiende que la excarcelación en curso de prisioneros políticos (van 47), que están cambiando la prisión por el destierro en España, no constituye ningún avance en derechos humanos. Más allá de las buenas palabras para su antecesor expresadas en su toma de posesión, Trinidad Jiménez, que sí ha tenido contactos con la oposición cubana en el exilio, tendría que mudar en dos días lo que Moratinos hizo respecto a Cuba en seis años y medio.

Los ministros de la UE posiblemente acaben haciendo algún gesto hacia La Habana alentando más cambios, lo que, sin duda, va a disgustar al régimen castrista. Seguramente –según fuentes diplomáticas comunitarias– será mantenida la sustancia de la «posición común» y se puede ser creado algún mecanismo de diálogo con Cuba tendente a lograr mejores resultados en materia de derechos humanos y democracia.

Lo mismo que la mayoría de Europa —incluidos Alemania y, sobre todo, países del este que tuvieron regímenes comunistas — piensa Estados Unidos, que considera «algo positivo» esa suelta de presos, pero censura que aún no han sido puestas en marcha las reformas prometidas por el régimen castrista, según acaba de afirmar el presidente Barack Obama.

No ha habido ningún avance hacia la libertad política y económica, ni —a juicio de Fariña y de muchos analistas— debe haber mudanzas serias en vida de los hermanos Castro.

Esta es la tercera vez que el Premio Sajarov recae en la oposición al castrismo. En 2002 lo recibió Osvaldo Payá y en 2005 las Damas de blanco (el grupo de mujeres de los presos políticos de la llamada «primavera negra» que están siendo liberados), La expectativa ahora es si el régimen de los hermanos Castro permite a Fariña salir de esa isla-prisión que es Cuba para recoger el premio, en diciembre en la sede del Parlamento Europeo de Estrasburgo el próximo 15 de diciembre. Fariña amenaza con ponerse otra vez en huelga de hambre si no lo dejan salir.

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Brasil: candidatos enredados en la fe

Francisco R. Figueroa / 18 octubre 2010

Puede haber sorpresa en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas. Aunque las encuestas son aún favorables a la candidata oficialista Dilma Rousseff, su esperada victoria se puede malograr.

Consciente de que el candidato opositor, José Serra, acorta distancia hasta aparecer resoplando en la nunca de Rousseff, el mandatario saliente, Luiz Inácio Lula da Silva, ha tomado las riendas de la campaña electoral de su pupila, que pierde votos al tiempo que aumenta el rechazo hacia ella.

A principios de septiembre la protegida de Lula calzaba botas de siete leguas, como el Pulgarcito de Charles Perrault rumbo al palacio del rey. Lo que parecía un rutilante triunfo dio paso, el 3 de octubre, a una victoria insuficiente (por 47% a 33%), sin la preceptiva mayoría de la mitad más uno de los votos válidos, lo que obligó a la segunda vuelta en curso, que se disputa a cara de perro y cuyo desenlace ocurrirá el domingo 31 de octubre.

La candidata por la que Lula ha empeñado su prestigio y una popularidad envidiable cercana al 80% —ya que él está impedido constitucionalmente de aspirar a un tercer mandato—, falló en el asalto final al poder castigada sobre todo por un caso de corrupción en el entorno familiar de una protegida suya (Erenice Guerra) que le sucedió como ministra de la superpoderosa Casa Civil. Lula tuvo que despedirla para evitar males mayores. Nuevos flecos de ese affaire acaban de ver la luz en los medios de comunicación.

En este segundo round la ex guerrillera urbana Rousseff, de 62 años, se ha chamuscado en la ardiente discusión sobre el aborto, que tiene lugar en un país propenso a la moralina y más conservador de lo se deduciría de su lujuriosa fama.

Allí no se habla de otra cosa. El asunto se ha caldeado tanto que se llegó al reparto de estampitas de santos en los mítines para poner de manifiesto la fe en Dios de los candidatos, unas con la consigna «Jesús es la verdad y la justicia» firmadas por José Serra, quien ha sido señalado como candidato del Club Bilderberg, del Opus Dei, de la Masonería y hasta de la familia Rockefeller.

Rousseff quedó expuesta como abortista porque en 2007 hizo una declaración favorable a la flexibilización de la ley, y propensa al matrimonio gay. «Asesina de criaturas», la llamó la esposa de Serra, la sicóloga chilena y ex bailarina de ballet Mónica Allende, de 66 años. Los chats han echado humo con todo esto.

En un debate televisivo, que resultó sorprendentemente agresivo, Serra le echó en cara a Rousseff su incoherencia tanto sobre el aborto como por dudar de la existencia de Dios. Ella le mostró las uñas con una fiereza sorprendente, en contraste con los modales de terciopelo usados por ella durante toda la campaña, aunque tiene fama de mujer autoritaria, enérgica y dura.

Las conjeturas sobre la eventualidad de que la candidata oficialista legalice el aborto una vez en el poder ha levantado las iras de la grey católica en el país con mayor cantidad de bautizados del mundo y también de la evangélica, encabezadas por sus líderes más ultramontanos. A nadie parece importarte que Rousseff encarne el deseo de prolongación del periodo de vacas gordas que atraviesa Brasil y que continúe el éxito del «octenio prodigioso» de Lula.

Rousseff se ha declarado por activa y pasiva contraria al aborto y se ha comprometido a no flexibilizar la ley, que ahora solo permite la interrupción voluntaria del embarazo en casos de violación o peligro de vida para la gestante de acuerdo a un norma fue impulsada precisamente por Serra cuando era ministro de Salud en la presidencia de Fernando Henrique Cardoso, ese esplendido ex gobernante que tantos celos despierta en Lula.

«Dilma se hace ahora la santita y dice que está en contra del aborto, pero ya ha mudado tres veces de opinión», disparó el obispo Luiz Gonzaga Bergonzini. Lula ha hablado de «terrorismo» contra su ahijada política.

El episcopado católico está alborotado y dividido por las condenas expresas de algunos monseñores a la candidata de Lula y el reparto de panfletos contra ella en las puertas de las iglesias.

Rousseff, que no está considerada mujer piadosa, ha visitado por vez primera en su vida el principal santuario mariano de Brasil: Nuestra Señora Aparecida, y allí insinuó que su fe en la virgen le ayudó a superar el año pasado un cáncer en el sistema linfático. Serra hizo la peregrinación un día después, coincidiendo con la fiesta grande del 12 de octubre.

Serra, de 68 años, del Partido de la Social-Democracia Brasilera (PSDB), recibió de sus rivales fuego parejo. Quedó expuesto como esposo de una abortista. Según el testimonio de dos supuestas antiguas alumnas en la Universidad de Campinas, Mónica Allende les había contado en 1992 que abortó en los años setenta.

José Serra y Mónica Allende, una católica educada por monjas, se conocieron en 1966 en Santiago y se casaron un año después, durante el exilio de él de la dictadura militar brasilera instaurada en 1964. Serra fue uno de los pocos sobrevivientes que hubo entre los cientos de detenidos en ese campo de concentración en que fue convertido el Estadio Nacional de Santiago tras el golpe de Estado de 1974 que dirigió Augusto Pinochet. Estuvo exiliado 14 años entre Bolivia, Francia, Chile y Estados Unidos.

Se trata, según Serra, de una difamación equiparable a la que en 1989 sufrió en propia carne Lula, quien en la recta final de la campaña de las presidenciales de aquel año fue expuesto como inductor al aborto a una antigua amante suya llamada Miriam Cordeiro. La mujer fue «inducida» por el rival de Lula, el luego presidente de Brasil Fernando Collor de Mello, a decir eso por televisión, pero con el tiempo Miriam y la hija que tuvo de Lula, llamada Lurian, desmintieron el asunto.

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Brasil-elecciones: «O Rei Sol» eclipsado

Francisco R. Figueroa /4 octubre 2010

El presidente Luiz Inácio Lula da Silva sufrió un notable contratiempo al no ver cumplido su propósito de elegir, el pasado domingo, presidente de Brasil a su pupila, Dilma Rousseff, como él presumía y las encuestas apuntaban.

Eso fue debido a una sangría de votos (unos seis millones) en las dos últimas semanas causada, sobre todo, por un escándalo de corrupción en el corazón del poder muy mal manejado y las ásperas peleas de Lula con los periodistas.

Dilma Rousseff obtuvo el 46,9%, pero necesitaba preceptivamente la mitad más uno para ganar la presidencia. Fue presa del desánimo, hasta que le llegó el consuelo de Lula, acostumbrado a los tragos electorales amargos pues perdió tres presidenciales y en las dos que ganó necesitó disputar la segunda vuelta.

Lula, según testigos, se consoló a sí mismo saboreando la derrota de viejos enemigos suyos en las elecciones parlamentarias y regionales que se celebraron al mismo tiempo. También saboreó la victoria en las legislativas de su Partido de los Trabajadores (PT), que por fin logra ser la primera fuerza parlamentaria brasileña. Junto con sus aliados tendrán el 60% de una cámara bajas, donde un payaso fue el candidato a diputado más votado.

La candidata de Lula se quedó cerca de la gloria, no a causa del empuje arrollador de su principal rival, el socialdemócrata José Serra, que alcanzó un 32,6% de los votos, ni al tesón de la tercera en discordia, la ecologista Marina Silva, la principal beneficiaria de la emigración de votos, que acabó con casi un 20%.

Lo que hizo resbalar a la favorita de Lula en el último tramo de la campaña electoral fue el «efecto Erenice», es decir, las repercusiones de un escándalo de corrupción dentro del palacio presidencial.

Erenice Guerra era desde 2003 el brazo derecho de Dilma Rousseff, tanto cuando era ministra de Minas y Energía como cuando después fue jefa del Gabinete. Al dejar ese altísimo puesto para pelear las elecciones, Erenice Guerra fue su sucesora. Por poco tiempo.

A pocos días de las elecciones Erenice Guerra tuvo que dimitir forzada por Lula tras estallar en la prensa que sus hijos y otros allegados traficaban con influencias. La gente comenzó a preguntarse si ella y Dilma Rousseff conocían esas trapacerías, que se cometían puerta con puerta del despacho de Lula, o cómo se podía confiar en una candidata delante de cuyas narices pasaba la corrupción. Mientras, las frecuentes peleas de Lula con los periodistas alcanzaban cotas inéditas.

El electorado se retrajo como consecuencia. Lula no puede imponer su voluntad a las primeras de cambio. No le bastó proclamar hasta el hartazgo que «quien vota a ella me vota a mi», que Dilma Rousseff era como carne de su carne y parte de su propia naturaleza, para meter a su poco atractiva candidata en el corazón de la mayoría de brasileños, para transferirle a su candidata la mayor parte de esa enorme aprobación popular (80%) rayano en al veneración que él conserva al cabo de ocho años en la presidencia.

No ha habido un cheque en blanco para la mujer que Lula escogió como heredera contra viento y marea, por encima del Partido de los Trabajadores (PT), aunque 30 millones de personas hayan salido de la pobreza gracias a Lula o se crearan 15 millones de empleos o el país haya encontrado ese futuro que siempre el fue esquivo y adquirido una dimensión de potencia.

El «affaire» Erenice Guerra y otros escándalos que han menudeado en la gestión de Lula, así como sus alianzas para gobernar y ganar elecciones con dirigentes políticos de otros partidos con mala o pésima reputación han hechos que bascularan mucho votos, sobre todo de jóvenes, para Marina Silva, una ambientalista, antigua militante del PT y ministra de Medio Ambiente que abandonó el Gobierno desencantada con Lula y enfrentada con la poderosa jefa de Gabinete. Se postuló por el insignificante Partido Verde y finalmente ha logrado eclipsar a ese Rey Sol que es Lula,

Sobre el papel parece más fácil el pacto o acuerdo tácito para la segunda vuelta entre Marina Silva y José Serra. Pero no es posible que la líder ecologista pueda endosar su casi 20% al cualquiera de las otros dos candidaturas. No parece tampoco posible que en el caso de que ella tome una decisión u otra los electores le sigan. Lo natural es que se distribuyan. Dilma Rousseff tiene ventaja pues parte de los votantes de Marina Silva están más cerca del PT.

A partir de ahora, esa mujer de aspecto frágil y de momento no se pronuncia ni tiene prisa es la novia mas deseada de Brasil. Por otro lado, un Lula muy contrariado en sus deseos de haber presidente a Dilma Rousseff en la primera vuelta entrará en la segunda con bríos renovados para que su pupila pueda sentarse en el sillón que él ha ocupado desde 2003 y quizás se lo guarde por si le apeteciera volver dentro de cuatro años.

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Ecuador: Rafael Correa ya tiene su «golpe»

Francisco R. Figueroa / 1 octubre 2010

El presidente de Ecuador, Rafael Correa, ya tiene ― como el venezolano Hugo Chávez lo tuvo en 2002 ― su «golpe de Estado», figura que ha tomado lo que más parece un motín policial por motivos laborales que quedó sin control en una república de opereta.

Las intenciones de los policías amotinados estaban claras desde primera hora. Prueba de que no pretendía destituir a Correa es que no le dispararon cuando lo tuvieron a tiro.

Con muletas por una reciente operación en la rodilla derecha, Correa se presentó de manera imprudente en el Regimiento Quito 1 (corazón del motín), encaró desde un balcón a los sediciosos, se tiró teatralmente de la corbata y mostró envalentonado el pecho como un Gary Cooper en «Solo ante el peligro» mientras desafiaba a que le mataran si tenían valor.

Luego vino la huida del cuartel en medio de una nube de gases lacrimógenos, los puñetazos entre sus escoltas y los policías y Correa extenuado, ultrajado y desmayado. Se impuso el estado de excepción y una cadena obligatoria de televisiones por la que los portavoces de Correa impusieron la versión del golpe e Estado que es la que ha prevalecido dentro y fuera del país.

Portavoces de los amotinados, entre ellos el jefe del Estado Mayor de la Policía, Florencio Ruiz, explicaron que de ningún modo pretendía destituir a Correa, si no obligarle a derogar las medidas de austeridad que ha impuesto, con recortes de beneficios adquiridos y otras prebendas, y a homologar los salarios de suboficiales y oficiales. ¿Cómo dar un golpe de Estado sin el Ejército?

Pero Correa ha insistido machaconamente en que ha habido una intentona golpista contra él. «Esto fue un intento de golpe de Estado», repitió. «Este ha sido el día más triste de mi vida y el día más triste de este Gobierno, por la infamia de los conspiradores de siempre», machacó reconociendo sin tapujos que de esta situación él ha salido fortalecido.

Es más, el gobernante, en un discurso ante una muchedumbre enardecida frente al palacio presidencial en Quito, acusó como cabecilla golpista a uno de sus antecesores en la presidencia de Ecuador y tenaz rival político, el ex coronel Lucio Gutiérrez, quién de inmediato lo negó y retrucó recordando que fue Correa quien intervino en su derrocamiento, en abril de 2005, en la llamada «rebelión de los forajidos». Gutiérrez había participado en el golpe que depuso en enero de 2000 a Jamil Mahuad. Entre golpistas anda, pues, el juego.

Durante un día de perros, los amotinados tomaron cuarteles y otras instalaciones, cerraron vías de comunicación; hubo saqueos, pillajes y caos por doquier.

Ingresado en un hospital, Correa estuvo cercado allí casi diez horas, hasta que lo sacó indemne una tropa de élite de la propia Policía en un confuso rescate en el que nadie sabe quienes eran los buenos y cuales los malos, con francotiradores sin control y un uniformando que caía malherido (murió luego) desde el vehículo todoterreno que llevaba a Correa.

Los enfrenamientos entre el Ejército y la Policía, con turbas a favor y en contra implicadas, causó cerca de 80 heridos y al menos dos policías muertos. Y todo ahora a mayor gloria de Rafael Correa.

El gobernante promete que no habrá perdón ni olvidó. Tendrá que depurar la Policía, expurgarla de aquellos, que según dijo, han dejado a Ecuador expuesto ante los ojos del mundo como una republica de opereta.

El primero que alzó la voz contra «el golpe de Estado« fue el presidente Hugo Chávez, a quien el intento de derrocamiento de abril de 2002 le fortaleció hasta el extremo que le permitió gobernar de manera autoritaria y arbitraria, con la oposición domeñada prácticamente hasta el revés electoral del pasado domingo.

Habló también del pueblo al rescate de Correa que podía ser masacrado, de una nueva dentellada da las bestias fascistas, que obedecen al amo de Washington, contra los gobiernos socialistas como el suyo o el de Ecuador, de la conspiración permanente de Estados Unidos y de lo mismo que pasó en Venezuela.

Las naciones suramericanas han aceptado la tesis de la intentona golpista y reaccionaron en consecuencia. En un pronunciamiento, los presidentes de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), reunidos de urgencia en Buenos Aires, solicitaron hoy juicio y castigo a los responsables de «la asonada golpista» en Ecuador y repudiaron el «intento de golpe de Estado y el posterior secuestro del presidente Rafael Correa». «Si dejamos pasar a los gorilas, el gorilaje se puede imponer en el continente», sentenció el peruano Alan García.

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Venezuela: ¿Chávez en la cuerda floja?

Francisco R. Figueroa / 28 septiembre 2010

Lo más llamativo de las elecciones legislativas celebradas en Venezuela el domingo pasado no es cuántos diputados ha obtenido cada cual, sino que esos comicios han dejado posiblemente al fogoso caudillo Hugo Chávez bailando en la cuerda floja para las presidenciales del 2012.

La pérdida de la estabilidad del Chávez viene determinada por la cantidad de votos directos, no por las porciones de la nueva Asamblea Nacional (el parlamento unicameral venezolano) obtenidas por el chavismo (98 diputados) y la oposición (65), siendo los dos restantes hasta completar los 165 escaños para el partido Patria Para Todos (PPT), una disidencia del oficialismo que se ha estrellado en estas elecciones y, sin embargo, podría darle vida al comandante de paracaidistas que desde hace casi 12 años dirige el país.

Sean 5,42 millones de votos los obtenidos por Chávez y 5,32 millones por la oposición ― como el presidente dice ― o el 52% (contra el 48%) que se atribuyen los rivales del mandatario venezolano, lo cierto es que la diferencia ― a favor o en contra ― debe producirle una gran inquietud de cara a la reelección que buscará en diciembre de 2012, para la que dice que ya está «calentando motores», dentro de un ambicioso plan de perpetuarse en el poder, hasta que cuerpo aguante (pide a Dios «vida y salud») y de, ser posible, proyectarse más allá de la muerte, en una ― dice ― sucesora, quizás a la norcoreana. Posiblemente sueñe para eso con su hija preferida, María Gabriela, hoy con 30 años.

Esos cien mil votos de ventaja que se ha atribuido Chávez apenas significan el 0,56% del total de electores venezolanos inscritos y un 0,9% de los ciudadanos que en las elecciones del domingo ejercieron su derecho al sufragio. Poca cosa y más si continúa la tendencia ― como viendo ocurriendo desde 2006 ― de pérdida progresiva de liderazgo del gobernante, acelerada en los últimos tiempos a causa de la crisis económica que tiene al país sumido en la recesión y la carestía; la escalofriante violencia, con 19.000 homicidios al año; el racionamiento de la electricidad, el escándalo de los alimentos podridos, la corrupción inmensa, el desbarajuste administrativo, los despropósitos de gobierno, la cubanización, la pugna permanente con la prensa insumisa, etc.

En las últimas elecciones presidenciales, las de 2006, Chávez logró 7,3 millones de votos (un 63%) y la oposición 4,3 millones (37%). Aunque entonces hubo mayor participación (74,7%) que el domingo (66,5%), Chávez ha perdido efectivamente un inmenso caudal de casi dos millones de votos como consecuencia de su gran desgaste. Téngase en cuenta que los comicios del domingo pasado no fueron unas simples elecciones legislativas puesto que el propio gobernante había dado expresamente a la consulta popular un carácter plebiscitario sobre su persona, su gestión y su revolución. Salió trasquilado.

Chávez afirma que hay en marcha una campaña para convencer al mundo de que la oposición ganó, con la idea de crear matrices de opinión por parte de «la burguesía apátrida y subordinada al imperialismo». Desde La Habana su principal aliado y mentor, Fidel Castro, atiza el fuego para calentar a los revolucionarios tibios arguyendo que «Estados Unidos quiere apoderarse del petróleo» de Chávez y que Washington solo cuenta en Venezuela «con fragmentos de partidos (los 22 que integran la opositora Mesa de la Unidad Democrática) hilvanados por el miedo a la revolución y groseras apetencias materiales». El apetitito de Chávez de eternizarse en el poder sería así puramente algo espiritual.

En sus primeras reacciones, Chávez ― como no podía ser de otro modo ― ha restado importancia al logro de la oposición y se ha mostrado con ella desafiante: «vengan a por mí» (él sabe que gana en la confrontación) o «convoquen un referéndum para revocarme el mandato», mientras se regodeaba por el casi 60% de escaños ganados por el bloque chavista y por el hecho de haber triunfado en 56 de las 87 circunscripciones electorales que hay en el país y en 18 de sus 24 estados.

Chávez se proponía demoler a la oposición y conquistar en estas elecciones los dos tercios de la cámara (110 diputados) para continuar sin mayores sobresaltos con esa revolución que inició hace casi doce años y va camino de convertirse en el cuento de nunca acabar, con el país infectado por toda clase de males. Por tanto, Chávez ha sufrido un traspié significativo, un revés de mayores proporciones de las que ahora se alcanzan a vislumbrar. Dadas las pretensiones de Chávez de continuar legislando a su antojo, este triunfo bien puede ser calificada de pírrico; incluso alguien puede devolverle la soez expresión que él uso cuando perdió el referéndum de 2007 y calificó el triunfo de sus oponentes de «una victoria de mierda».

La supremacía del chavismo en la nueva Asamblea Nacional se debe mayormente a un reparto mañoso de curules, no equitativo, pergeñado recientemente por el chavismo en una nueva ley electoral que prima las circunscripciones más despoblados en las que el mandatario arrastra más votantes. El reparto es tan desigual que en Caracas, por ejemplo, con un virtual empate a votos el chavismo se lleva seis de los siete escaños en disputa. Hay zonas donde un diputado es elegido con veinte mil votos y en otras necesita cuatro cientos mil. Es decir, un traje cortado de arriba a bajo a la medida exacta de cada parte del esqueleto del caudillo venezolano para que siga manejando Venezuela.

Con 98 diputados, Chávez se ha quedado sin la fuerza de la apisonadora, pero está a un escaño de alcanzar los tres quintos de la asamblea que precisa para obtener del legislativo la facultad delegada de gobernar por decreto (la llamada Ley Habilitante), como ha hecho en conjunto durante tres de los cinco años de la legislatura que ahora acaba. Sin embargo lo tiene fácil: basta que consiga la vuelta al redil chavista de al menos uno de los dos diputados de Patria Para Todos, o de ambos, a fuerza de ideas o a golpe de billete.

A un gobernante como, por ejemplo, el español José Luis Rodríguez Zapatero, el resultado de las elecciones legislativas venezolanas lo dejaría extasiado, pero para Chávez, habituado a ejercer el poder de manera omnímoda y hasta caprichosa y a que el parlamento en sus manos sea un títere, representa un serio contratiempo a medio plazo que repercutirá en las presidenciales de 2012, según la idea generalizada entre los analistas.

Nadie descarta la puesta en marcha de estratagemas para tratar de consolidar su posición, incluso usando la Asamblea Nacional saliente, en la que Chávez dispone de mayoría abrumadora (salvo una disidencia de 16 diputados, equivalente a sólo el 10% de la cámara) pues la oposición boicoteó los comicios legislativos de hace cinco años. Esa Asamblea tiene aún tres meses por delante para legislar a mayor gloria de Hugo Chávez, y a su servicio.

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Hugo Chávez se va quedando sin amigos

Francisco R. Figueroa / 25 septiembre 2010

La muerte en un bombardeo del jefe militar de las FARC, el «Mono Jojoy» (Víctor Julio Suárez), de 57 años, restó otro amigo al «duce» venezolano, Hugo Chávez, cuya relación activa y solícita con las guerrillas colombianas parece demostrada, aunque ahora mira hacia otro lado en su papel electorero de hombre de paz.

En su momento, si el Estado colombiano lo permite, se verá qué hay en las tripas de las computadoras halladas en la guarida del «Mono Jojoy» y si hay información que apunta a Chávez como hace dos años las computadoras de «Raúl Reyes» (Luis Edgar Devia) mostraron sus relaciones peligrosas con las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), una organización que el mundo democrático considera terrorista y el mandatario venezolano luchadores por la libertad y contra el imperialismo.

En vísperas electorales en Venezuela por los comicios legislativos de este domingo, Chávez se ha limitado a lamentar cautelosamente la muerte de un ser humano, al tiempo que hacía votos por la paz en Colombia, en contraste con sus alharacas por las muertes, en marzo de 2008, primero de «Raúl Reyes», el «número dos» de las FARC abatido en otro bombardeo fulminante de las Fuerzas Armadas colombianas, y luego de su máximo cabecilla, «Tirofijo» (Pedro Antonio Marín), de un ataque al corazón o de cáncer.

La «Operación Sodoma», de tan significativo nombre, ha causado la muerte al «Mono Jojoy» en su madriguera en La Macarena, un bunker en medio de la selva en el departamento del Meta, junto a una veintena de guerrilleros, incluida posiblemente la holandesa Tanja Nijmeijer. Ha sido una perfecta operación de inteligencia militar, un ataque fulminante y el más contundente golpe asestado por el Estado colombiano a las FARC, en pleno corazón, en sus más de 45 años de existencia. Para Colombia, según ha dicho su presidente, Juan Manuel Santos, la muerte del «Mono Jojoy» equivale a que el mundo se hubiera librado de Osama Bin Laden.

A estas alturas hay pocas dudas sobre la intensidad de las relaciones de Chávez con las FARC. Campamentos, campos de entrenamiento o descanso y otros santuarios tolerados en Venezuela; facilidades para el tránsito de armas y drogas, entrega de armamento y dinero; apoyo político como el reconocimiento de legítima «fuerza beligerante» e «insurgente» y un «verdadero Ejército»; declaraciones de respeto «al proyecto bolivariano» de los terroristas y otros elogios, apoyos explícitos y manifestaciones de deseo en el éxito su lucha; auxilio alegadamente «humanitario» y hospitalizaciones de heridos; reabastecimiento, terroristas que adquieren la nacionalidad venezolana, monumentos a los caído como «Tirofijo» en una plaza de Caracas, etc. El «Mono Jojoy» le correspondía en el afecto a Chávez, alias «Ángel» para las FARC, y le «entusiasmaba la revolución chavista».

Algunos analistas han interpretado que tras la reanudación, el mes pasado, de las relaciones diplomáticas entre Caracas y Bogota con salida del poder de Álvaro Uribe, Chávez ha comenzando a distanciarse de las FARC, con la petición que les hizo de abandonar la lucha armada y liberar a todos sus rehenes. Sin embargo, hay quienes consideran que se trata de una posición táctica del gobernante venezolano, de una estrategia coyuntural, una conveniencia supeditada a los fuertes vaivenes internos.

Las computadoras encontradas en el campamento en la frontera con Ecuador donde murió «Raúl Reyes» mostraron información sobre armas, dinero y otras complicidades entre el grupo terrorista y el Gobierno de Chávez. En la guarida del «Mono Jojoy« han aparecido 15 ordenadores, 14 discos duros externos y 94 «pen driver»(memorias USB) que contienen infinitamente más información valiosa sobre las actividades de las FARC y sus amigos y cómplices. Colombia filtró información contenida en las computadoras de «Raúl Reyes» relacionada con Hugo Chávez, para dejar en evidencia al gobernante venezolano, con quien había un serio enfrentamiento. Chávez se había metido hasta los corvejones en los asuntos colombianos. También trascendió en aquella ocasión información de las relaciones de las FARC con el Ecuador de Rafael Correa, sin duda para justificar, entre otras cosas, también la necesidad del ataque en territorio ecuatoriano al campamento guerrillero. Sin embargo, apenas se filtró información sobre las relaciones con las FARC de miembro del brasileño Partido de los Trabajadores (PT) del presidente Luiz Inácio Lula da Silva y de gente importantísima de su gobierno. ¿Qué ocurrirá con lo hallado en los computadores del «Mono Jojoy»? Se sospecha que hay diez veces información más valiosa que en las de «Raúl Reyes». Si se encuentra datos relacionada con Venezuela (apuesto que los hay), va a depender de la actitud que tenga en los próximos meses Hugo Chávez. Desde luego, el presidente Juan Manuel Santos no va a buscar el enfrentamiento gratuito.

La actitud de Chávez en los próximos meses estará relacionada con el resultado de las elecciones legislativas de mañana y la campaña en la que prácticamente ya está metido en busca de la reelección en 2012. En los comicios de mañana busca una mayoría absoluta de parlamentarios que le permita legalizar sus acciones de gobierno, incluidos desmanes y proyectos delirantes, y también seguir gobernando mayormente por decreto con facultades legislativas delegadas por la Asamblea Nacional, como ha hecho mayormente durante la pasada legislatura. La oposición trata de evitar que Chávez no logre esa mayoría suficiente que le permitiría profundizar su «revolución» o, a juicio de sus rivales, el fenomenal desastre económico, social y político que es hoy Venezuela.

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Brasil: sonado escándalo de corrupción enturbia a Rousseff

Francisco R. Figueroa / 18 septiembre 2010

Un sonado escándalo de corrupción servido a los postres de la campaña electoral brasilera desluce la cantada victoria de Dilma Rousseff y echa otro borrón en la trayectoria del presidente Luiz Inácio Lula da Silva.

Las elecciones presidenciales en Brasil han quedado afectadas por un factor brusco, inesperado e insospechado llamado Erenice Guerra y sus hijos coimeros. Esta mujer era de tanta confianza y tan fuerte su amistad con Rousseff que fue nada menos que la sucesora en la jefatura del Gabinete brasileño de quien seguramente sucederá a Lula en la jefatura del Estado.

Hasta marzo pasado, cuando Rousseff renunció como ministra de la Casa Civil ― el despacho oficial más importante de Brasil después del presidencial y equivalente a la jefatura del Gabinete ― para meterse de lleno en la campaña electoral, la abogada de 51 años Erenice Guerra era su brazo derecho y heredera natural, de modo que la sustituyó. Erenice Guerra es una creatura de Dilma Rousseff, lo mismo que ésta lo es de Lula.

A dos semanas de las elecciones, Guerra ha debido renunciar por los escándalos de tráfico de influencias y extorsión de sus hijos. Es posible que el jaleo salpique a Rousseff, aunque no hasta el punto de que pierda la presidencia.

Por cálculo electoral Lula se ha librado de Erenice Guerra tratando de controlar los daños, antes de que la metralla alcanzara a la mujer que él escogió para que ocupe su lugar y que con su enorme popularidad y carisma personal convirtió en pocos meses de una virtual desconocida para el gran público en un fenómeno electoral al que los sondeos han llegado a atribuir un potencial próximo al 60% de los votos validos en la primera vuelta. La preocupación se ha traducido en que por vez primera durante su mandato Lula haya suspendido su participación en la Asamblea General de la ONU, donde siempre refulgía.

Se investiga si dentro de sus fechorías los hijos coimeros de Erenice Guerra, desde su posición de privilegio, también pidieron dinero tanto para ellos como para la campaña electoral de Rousseff. La mamá no era ajena al asunto pues habría actuado a favor de sus hijos al menos para que se concretara una de las operaciones.

Se sabe que el negociado se inició siendo Rousseff jefa de Gabinete, época en la que uno de los «damnificados» dice que alertó por e-mail al despacho oficial de la extorsión a que estaba siendo sometido.

Guerra afirma que se siente «atacada en su honra» y «ultrajada por las mentiras». Se asegura que la dimisión de la jefa de Gabinete de Lula ha sido una «decisión personal» y «para probar su inocencia fuera del Gobierno». Pero está claro quien dio la orden.

Un asesor de Guerra también tuvo que renunciar y uno de los hijos (Israel) fue despedido por el Gobierno del Distrito Federal (Brasilia), donde era un empleado fantasma con un salario de primera. La misma administración aprovechó para echar también a un hermano de Erenice llamado Euricélio. Ambos hombres fueron contratados por favores políticos y los dos están bajo sospecha de haber participado en millonarios chanchullos y arreglos en perjuicio de la administración del Distrito Federal.

Dilma Rousseff está convencido de que el escándalo no perjudicará sus aspiraciones presidenciales y aseguró que ella no está envuelta en el «affaire». ¿Es posiblemente que Rousseff no conociera a su buena amiga Erenice Guerra, que trabajaba íntimamente a su lado desde los tiempos del ministerio de Minas y Energía y cuya carrera impulsó? ¿Miró para otro lado o la dejó hacer? ¿Erenice Guerra no sabía qué hacían sus hijos, un ahijado también implicado y hasta su propio hermano? ¿Rousseff y Guerra son dos ineptas a quienes se pueden engañar fácilmente? Lo peor, como ha señalado una analistas brasileña, es que una de ellas está llamada a convertirse en la presidente de Brasil. La otra, dada los antecedentes y la cercanía entre ambas, es posible que hubiera ocupado un cargo importante en el equipo de gobierno de Rousseff.

Por lo pronto, como ha afirmado «The Times», el escándalo de corrupción del clan de los Guerra ha quitado el brillo a la posible sucesora (Rousseff) de una superestrella como Lula y ensombrecer el inicio de su mandato.

Son acusaciones que recuerdan otros caso de corrupción que mancharon la jefatura del Gabinete y al partido de los Trabajadores (PT), como el que costó en 2004 el puesto a José Dirceu, hasta entonces el hombre fuerte de Lula, a quien precisamente sucedió Rousseff, que entonces era ministra de Energía y Minas.

Las denuncias son consecuencias de investigaciones periodísticas de «Folha de São Paulo», quizás el mejor diario brasileño, y de «Veja», posiblemente el semanario más prestigioso.

La oposición brasileña se ha animado con el escándalo y ve la posibilidad de que Rousseff tenga que disputar una segunda vuelta contra el socialdemócrata, José Serra, un candidato que ha demostrado ser bastante flaco. Algunos se frotan las manos pensando que Lula resolvió un problema en su gobierno, pero ha podido crear un problema a su candidata y protegida. Parece que la enorme en brecha entre Rousseff y Serra en la intención de voto ha comenzando a disminuir. En el Brasil profundo, donde Lula es idolatrado y tiene un aprobación cercana asombrosamente a la unanimidad, este escándalo importa poco y, por tanto, no debe causar mayores perturbaciones en la tendencia del voto.

El último sondeo, publicado este sábado y hecho en medio de la difusión de las noticias del escándalo, pero antes de la dimisión de Erenice Guerra, otorga a Dilma Rousseff una intención de voto del 51% y a Serra, su principal rival, el 25%. Descontados los nulos y en blanco, Rousseff tendría esa preceptiva mayoría de votos, en su caso de un 58%, para que se convierta en la primera mujer en la presidencia de Brasil.

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¿Puede perder Chávez las elecciones?

Francisco R. Figueroa / 17 septiembre 2010

Venezuela anda enredada de nuevo con las urnas con la oposición amalgamada contra Hugo Chávez, a ver cuánto poder logran arrebatarle en las elecciones legislativas del próximo 26 de septiembre y si ha surtido algún efecto la afirmación de Fidel Castro de que el modelo cubano, que copia el caudillo de Caracas, no le vale ya ni a ellos en la isla.

Parece improbable que el «duce» venezolano se quede en estas elecciones sin el control de la Asamblea Nacional, que la oposición dura, unida en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), y los disidentes chavista de Patria Para Todos, reforzados con activistas de nuevo cuño, logren evitar la supremacía de las tres formaciones del bloque oficialista, principalmente del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) de Chávez.

La meta del chavismo es lograr las dos terceras partes de la Asamblea Nacional que le otorgaría mayoría absoluta y autonomía legislativa, dentro de un proyecto continuista que tiene, en principio, como meta confesada 2031, cuando Chávez tendría 77 años. Las leyes electorales fueron amañadas en diciembre pasado para que eso ocurra, para ver si Chávez ― afanado en ser presidente eterno ― logra su propósito de abandonar el poder quizás de viejo y, como él dice, cuando lo lleven en silla de ruedas.

Además, está seriamente en duda que si pierde las elecciones respete las reglas del juego alguien como Chávez acostumbrado a pisotear la Constitución y las leyes, que tiene bajo sumisión perruna a todos los resortes de poder, incluida la autoridad electoral, que actúa desde año al margen del orden internacional y que está acostumbrado a ponerse el mundo por montera. Cuando perdió poder en las últimas elecciones locales, neutralizó a los cargos electos de la oposición convirtiendo sus competencias en quimeras.

La oposición carece actualmente de representación parlamentaria ― salvo por algunos pocos disidentes del chavismo ― ya que boicoteó las anteriores elecciones legislativas, celebradas en diciembre de 2005, alegando falta de garantías.

La sociedad venezolana se divide en tres partes. La mayor (alrededor del 40%) son los indecisos ― los «ni ni», ni chavistas ni antichavistas ― capaces de inclinar la balanza electoral y llamados a catalizar la futura superación de los fuertes antagonismos. Los chavista son cerca de un 30% y las antichavista de un 25%. Ambos se detestan encarnizadamente.

La Mesa de la Unidad Democrática, que congrega a más de una treintena de organizaciones políticas, es favorita en las regiones mayores, mientras que el chavismo lo es en las menores. Aunque las encuestas de intención de voto arrojan resultados muy dispares, sería posible que entre la Mesa y Patria Para Todos obtengan más votos que el chavismo. Pero eso no se reflejaría en la composición de la nueva Asamblea Nacional debido a las modificaciones al reparto territorial de curules introducidas ex profeso por Chávez para primar las circunscripciones rurales, en las que él tiene más adeptos.

La reforma a la ley del sufragio, de diciembre del año pasado, otorga a la formación política que consiga la mitad mas uno de los votos más del 70% de los escaños. De modo que así un diputado vale 20.000 votos en la Venezuela profunda y 400.000 en las regiones más densamente pobladas. En total, las entidades con mayor población, que congregan a más de 11 millones de votantes, elegirán 80 diputados, mientras que las restantes, con 6,5 millones de electores, escogerán a 82 representantes.

De hecho, las elecciones están planeadas como un virtual plebiscito (uno más) sobre Chávez, cuya presidencia avasallante en la campaña electoral opaca a los candidatos oficialistas y los convierte en simples figurantes. «Estos son mis candidatos. Votar por ellos es votar por Chávez», reitera el mandatario venezolano. El presidente usa sin escrúpulos cuantos recursos tiene el Estado contra unos adversarios a los que desprecia, insulta y acusa simplistamente de que si ganan en las elecciones darán un golpe de Estado. No quiere que su poder se vea de ningún modo menoscabado. Su actuación sobrepasa la legalidad. El Estado es un gigantesco aparato de propaganda.

La oposición machaca con el eslogan «Chávez, tás ponchao», en alusión al desgaste que sufre Chávez y la supuesta inminencia de su salida del poder. «Ponchao» es una expresión con varios sentido: «eliminado», en aplicación del término beisbolero, o «estar out», lo que quiere decir, botado, echado, suspendido. Los carteles marcan en rojo «chao» como expresión de despedida al caudillo nacido en Sabaneta.

No hay debate de ideas. O se votará por Chávez o se votará contra Chávez. «O los liquidamos, o ellos nos liquidan», dicen los voceros de Chávez. Aunque el mandatario se encuentra en una posición vulnerable, no está tan quemado como sus adversarios proclaman. Conserva un 45% del favor popular y mantiene seducidas ― una relación pasional ― a las clases menos favorecidas. Uno de cada tres venezolanos lo ve como líder providencial capaz de resolver los graves problemas del país ― aunque lleve 12 años sin haberlo hecho ― y le profesa adhesión incondicional.

Las elevadísimas tasas de criminalidad, propias de una nación en guerra, con más de 16.000 homicidio al año; los desmanes, la ineficacia y la corrupción entre las huestes oficialistas; los múltiples errores de gobierno, el mesianismo errático del líder, el liberticidio permanente, la persecución y el encarcelamiento de connotados rivales; la recesión, la carestía, la crisis eléctrica, los atentados a la propiedad privada, el desestímulo permanente a la inversión, la caída de la estratégica producción petrolera y la percepción de alrededor de dos de cada tres venezolanos de que la situación está mal y pondrá empeorar parecen convertir a Chávez en una presa fácil.

Pero no es tarea sencillo, aunque después de casi 12 años en el poder, comienza a ser responsabilizado ― una 54% lo señala directamente ― por los problemas que afligen a la nación. Le costará mucho votos, pero no tantos como para poner en riesgo su proyecto político personalista. La victoria de Chávez posiblemente sea precaria, pero, como señala un analista venezolano, arreglará la situación con cañonazos de dinero. Mientras haya petrodólares.

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Alea jacta est en Brasil: Dilma ganó

Francisco R. Figueroa / 25 agosto 2010

La suerte está echada en Brasil: las elecciones tienen ganador. A cinco semanas de su celebración sólo resta saber cuántos votos sacará Dilma Rousseff, la candidata de Luiz Inácio Lula da Silva, para convertirse en la primera mujer que ocupe la presidencia de Brasil después de 37 varones, incluidos dos monarcas.

Las empresas brasileras de encuestas, reputadas por su certera puntería, anticipan que vencerá ampliamente esta ex guerrillera, ex jefa del Gabinete de Lula y ex ministra de Minas y Energía que carecía hasta ahora de experiencia electoral. Es más, esos mismos sondeos apuntan que Dilma Rousseff puede obtener el 3 de octubre próximo más de la mitad de los votos válidos haciendo innecesaria una segunda vuelta.

Entra en los cálculos que Rousseff obtenga en la primera ronda una votación abrumadora en torno al 60%, un respaldo popular directo en las urnas jamás logrado por un mandatario brasileño, ni siquiera su popular mentor y guía, quien necesitó disputar dos rondas electorales, tanto en 2002 como en 2006, para derrotar a sus rivales.

Demasiado para una novicia que a sus 62 años nunca antes disputó unas elecciones y que hasta hace menos de dos años era una eficiente y mandona colaboradora del presidente en el distante Palacio del Planalto, el corazón del poder en Brasilia, pero escasamente conocida del gran público. No han hecho mella en el electorado los embates contra ella de sus rivales por su inexperiencia, falta de capacidad de liderazgo, incluso dentro del oficialista Partido de los Trabajadores (PT), sumisión a Lula e, incluso, por ser mujer.

Claro, Rousseff va íntimamente de la mano de Lula y subida en la ola de la popularidad del presidente, quien disfruta de la aprobación de cuatro de cada cinco brasileños y apenas tiene un rechazo marginal del 4%. Ella es vista como la continuadora de la exitosa obra de gobierno de su pigmalión, especialmente por las clases menos favorecidas, que consideran a Lula un padre y ahora están encantadas por haber hallado una madre.

El respaldo popular a Rousseff crece día tras día, mientras cae el de su principal rival, el socialdemócrata José Serra, a quien Lula derrotó en 2002 y que ha repetido candidatura ocho años después. Serra se muestra como un candidato manido y tedioso, que ha tenido que arrimarse a la luz que irradia Lula tratando de evitar el eclipse de su propia candidatura.

El varapalo electoral que va a recibir Serra tendría que hacer reaccionar al Partido de la Socialdemocracia Brasilera (PSDB) y su militancia, los famosos tucanes. Serra se ha demostrado como un pésimo candidato, lo mismo que fue en 2006 Geraldo Alckmin. Ambos representan una realidad, la de São Paulo, donde encabezaron administraciones regionales y municipales en un estado equiparable en poderío económico a una nación como Argentina, pero percibido como muy distante por buena parte del resto del país.

El PSDB tendrá que renovarse o resignarse a morir cuando apenas tiene 22 años de vida porque ya no puede seguir viviendo de la herencia de su líder histórico, Fernando Henrique Cardoso. Para estas elecciones el PSDB relegó a Aécio Neves (50 años), continuador de una saga de políticos iniciada por sus abuelos, especialmente el materno, Tancredo Neves, y un político que ha demostrado su buena estrella como diputado durante cuatro legislaturas, como presidente de la cámara baja y más tarde como gobernador reelecto de Minas Gerais, segundo estado en importancia del país tras São Paulo. Neves era el candidato natural a la presidencia del PSDB para estas elecciones, pero trataron de relegarlo a la condición de aspirante a la vicepresidencia. Ahora queda como el depositario de las esencias y gran esperanza de los tucanes para los comicios de 2014.

Las encuestas apuntan otro resultado cierto: el Partido de los Trabajadores (PT), de Lula, seguirá como segunda fuerza parlamentaria, lo que dejará a Rousseff a merced de los saurios del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB). Este partido continuará como la primera fuerza política del país en número de diputados, de senadores y de gobernadores de los estados, que serán escogidos en los mismos comicios generales del 3 de octubre.

Por vez primera, el PMDB, que ha sido el principal sostén de Lula durante las dos últimas legislaturas como fuerza aliada, ha ido a estas elecciones en coalición con el PT, por lo que exigirá mayores cuotas de poder, que ahora son imposibles de calcular, pero sin duda serán importantes dada su voracidad insaciable.

El PMDB fue el gran baluarte de la democracia durante la dictadura (1964-85), pero con el tiempo y las disidencias degeneró en una formación política oportunista, asociada a la corrupción política, al pago de favores, al nepotismo y toda clase de prácticas podridas.

Es cuanto menos curioso que siendo la primera fuerza del país, por delante del PT y del PSDB, nunca después de las primeras elecciones de la era democrática haya presentado un candidato a la presidencia de la Repúlica y prefiriera medrar a la sombra sosteniendo a mandatario de turno, sobre todo en los años de Lula.

¿Será Rousseff presa fácil ante las fauces de unas barracudas políticas ansiosas de poder y dinero como el ex gobernante José Sarney (1985-90), el destituido presidente del senado Renán Calheiros o Michael Temer, el candidato a vicepresidente? Para evitarlo tiene a su favor la esgrima política aprendida en los años pasados junto a Lula, quien no andará muy lejos de ella y seguramente seguirá tutelándola dentro de su pretensión de seguir en candelero para optar de nuevo a la presidencia dentro de cuatro años. Salvo que la polluela mandona Rousseff sorprenda, desarrolle alas firmes, despegue con vuelo propio y quiera ella misma ser reelegida.

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Tiro certero al chavimo en Fuerte Tiuna

Francisco R. Figueroa / 19 agosto 2010

Increíble, pero cierto: según el «duce» venezolano, Hugo Chávez, la aterradora violencia delincuencial que desangra y amedrenta a su país tiene que ver con la lucha de clases y, en consecuencia, ayuda a su «revolución». Responsabiliza de esa matanza a los gobiernos anteriores, aunque él lleve más de once años en el poder. En todo ese tiempo la barbarie criminal se ha cuadruplicado hasta acumular más 120.000 homicidios. Él caudillo tapa el sol con el dedo imponiendo ahora la cesura a la prensa para que no informen sobre esa tragedia.

Con todos los graves problemas que sufre el país, el de la violencia criminal es el que más inquieta a los venezolanos. No en vano. El Gobierno oculta las cifras de la violencia, sin duda para evitar una mayor reprobación, pero los medios de comunicación que se atreven a plantarle cara a Chávez han informado de que de los 4.500 homicidios que se registraban cuando el actual mandatario llegó al poder en febrero de 1999, una cifras que ya entonces causaba pavor, se ha pasado a más de 16.000 homicidios por año, con Caracas convertida en la capital más brutal del mundo y los jóvenes entre 15 y 29 años como víctimas más frecuentes. Hay en Venezuela millones de armas sin control, para una guerra de bandidos que parece fuera de control.

La mortandad representan como si entre el 1º de enero de 2009 y el 31 de diciembre de 2010 Chávez hubiera visto aniquilada por el hampa su localidad natal: Sabaneta o el príncipe Alberto de Mónaco la suya. La cifra anual sextuplica los muertos en el 11-S estadounidense y multiplica por diez el número de militares extranjeros que caídos en la interminable guerra de Afganistán. Los homicidios durante los 11 años de chavismo, 123.000 según algunos estudios, pueden superar a las víctimas de la Guerra de Bosnia.

Chávez no se ocupa del hampa. Mira para otro lado frente a esa hidra de siete cabezas que amedrenta a todos menos a los gerifaltes del régimen, seguros tras su guardaespaldas de las fuerzas policiales y militares. Jamás en sus interminables y cansinas peroratas por televisión y radio, en las que habla hasta del sexo de los ángeles con esa verborrea venenosa tan personal, se había referido al asunto, como su fuera una cosa de otra galaxia. Ahora, forzado por las circunstancias, ha hablado del tema para afirmar que divulgando los datos de la violencia los periódicos tratan de sabotear su «revolución», que los culpables son «el capitalismo y la burguesía» y que los bandidos que causan la matanza «son los mismos niños de la calle», dejados a la mano de dios por los gobiernos anteriores, que había cuando él llegó a la presidencia. No ha explicado porqué en esos once años largos la «revolución» no supo ganar a esos jóvenes para causas nobles, darles educación y trabajo, incluirlos socialmente, sino que han degenerado en pistoleros de gatillo fácil capaces de matar por las cosas más nimias.

El tema de la violencia parecía adormecido el viernes 13 cuando despertó en sobresalto con el tiro que acertó a una beisbolista honkonguensa en el complejo militar más importante de Venezuela, el Fuerte Tiuna, en Caracas, mientras jugaba un partido internacional. Ese mimo día, en un hecho desconectado, el diario «El Nacional» publicaba en primera página una terrible foto, inactual pero inédita, de cadáveres amontonados en la morgue de Caracas, con la idea de denunciar el grave deterioro de la seguridad, que posportavoces chavistas estaban tratando de ocultar, incluso burlándose y denigrando a quines estaban propagando la información.

El incidente motivó la suspensión del VI Campeonato Mundial Femenino de Béisbol, el traslado de la sede de Caracas a Maracay y el inmediato abandono de Venezuela del equipo de Hong Kong, encabezado por la jugadora que había quedado herida por una bala perdida salida de un ranchito próximo al complejo militar. Durante el fin semana, Chávez metió la cabeza debajo del ala y suspendió su programa «Aló, presidente». ¿Qué podía decir cuando las balas están llegando al corazón del poder militar venezolano, donde en mayo hubo un asalto a mano armada para robar la paga de unos obreros?

Las cifras de muertos, a las que se suman miles y miles de otros actos delictivos, confirman que Caracas es aquel valle de sangre del que en la década de los 90 del siglo pasado hablaba en un libro el periodista Earle Herrera, hoy diputado chavista, cuando los homicidios eran muchísimo menores. En aquella época anterior a Chávez, Herrera pudo informar sobre la violencia sin que actuara contra él la Fiscalía, como ha hecho ahora a imponer la censura a todos los medios escritos, asfixiando aún más la libertad en el país, al prohibir la publicación de imágenes e información sobre el crimen ―la «crónica roja», en una palabra―, con el peregrino argumento del daño que causa a los niños, entre los que sin duda hay poquísimos lectores de periódicos.

La censura, obviamente, no resuelve el problema, pero puede evitar mayores daños a la ya deteriorada imagen del sátrapa venezolano y su régimen ante las elecciones parlamentarias del 26 de septiembre próximo en las que el régimen autoritario se la juega. La seguridad es uno de los muchos flancos débiles de Chávez, junto con la carestía, la recesión económica, el desabastecimiento y desbarajuste de un Estado cada vez mayor por las frecuentes nacionalizaciones y más corrupto e ineficiente a medida que crece. © DEL AUTOR

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La transustanciación de Lula

Francisco R. Figueroa / 16 agosto 2010

A siete semanas de las elecciones presidenciales brasileñas los observadores tienen claro que Luiz Inácio Lula da Silva se ha transustanciado.

Según la tradición de los cristianos romanos y ortodoxos, en la eucaristía, con la consagración, el pan se convierte en el cuerpo de Cristo y el vino en su sangre. Es la transustanciación, que tiene un semejante en la política brasileña.

Por esa magia que hace peculiar al antiguo tornero y adalid sindical que desde hace casi ocho años gobierna la mayor nación latinoamericana, Lula ―es decir, él mismo, venerado como dios padre por muchos de sus muchísimos fieles ― se ha transformado en Dilma Rousseff. Aunque cada uno de ellos conserva su propio organismo, a los ojos de los electores parecen la misma cosa.

«Ella es mi cuerpo y mi sangre», viene a decir Lula siempre que se muestra triunfal al lado de la candidata presidencial del oficialista Partido de los Trabajadores, a la que él escogió a dedo e impuso en febrero último sin encontrar la menor oposición interna en una formación política que mostró así una docilidad perruna que contraste con su rebeldía original, de los viejos buenos tiempos de la oposición y la época olvidada de las luchas sindicales.

Hasta entonces, la candidata era la primorosa jefa de Gabinete, cargo al que accedió tras un sonado caso de corrupción en el entorno de Lula, y antes, desde 2003, la eficiente ministra de Energía y Minas. Anteriormente su rastro se pierde en la maraña de la burocracia regional brasileña, específicamente en la de Rio Grande do Sul. En su juventud fue una activista contra la dictadura, pero sus managers no quieren que eso se recuerde para evitar que la ametrallen tratándole de terrorista.

En efecto, en su biografía oficial pesa toneladas el tiempo pasado al lado de Lula y se oculta un episodio que en el caso del mandatario uruguayo, José Mújica, es determinante de su existencia: haber sido guerrillero contra una temible dictadura militar suramericana.

La hoy candidata presidencial apenas fue un proyecto de guerrillera. Recibió entrenamiento militar, pero nunca pasó a mayores. Fue presa y torturada. Los estrategas de su campaña han proscrito el término guerrillera, para evitar que en estos tiempos de corrección política se confundan las cosas. Su biografía deja claro que ella «jamás participó en una acción armada» y reduce el tema a la naïf explicación de que pasó tres años en prisión por «el crimen de querer cambiar el mundo». A pesar de ese esfuerzo, hay gente en la clase media que habla de ella despectivamente como «esa ex guerrillera y asaltante de bancos».

Dilma Rousseff no oculta su condición de candidata de Lula como, por ejemplo, en Madrid la ministra española de Sanidad, Trinidad Jiménez, niega ser la candidata del primer ministro, José Luis Rodríguez Zapatero. Muy al contrario, la brasileña hace gala de ello. De hecho, si no fuera por Lula, Dilma Rousseff sería una candidata inverosímil, quimérica.

«Me siento orgullosa de mi relación con Lula. He sido su brazo derecho e izquierdo. No veo ningún problema por esa relación. Es algo positivo porque él es un gran líder, mundialmente reconocido», afirma con orgullo quien hasta hace menos de un año era en el Palacio de Planalto la sombra desconocida y la pundonorosa tecnócrata que encandilaba a Lula en sus jornadas interminables de trabajo y con su dominio absoluto de las situaciones.

Bajo la batuta de Lula, la popularidad de Rousseff ha crecido rápidamente desde la nada. En los cinco meses de precampaña ha sido inoculada en los corazones de los brasileños hasta aparecer hoy en las encuestas como la primera opción, con una intención de voto del 42%, diez puntos más que su principal rival, el socialdemócrata José Serra, que hasta hace bien poco era el favorito.

La aceptación popular de Rousseff debe ir a más a partir de este martes cuando comienza la campaña proselitista por televisión, medio del que seguramente depende el voto de la mayor parte del 54% de la población brasileña que solo se informa por ese medio de comunicación, del que dependen mucho de ellos por ser analfabetos o semianalfabetos.

Los especialistas en mercadotecnia electoral que trabajan para Rousseff graban machaconamente en la mente de los electores la idea de que ella es la continuadora de la obra exitosa de Lula, aunque la candidata busca no ser vista como una muñeca de ventrílocuo. Esos mismos estrategas no se atreven a dejarla que sea ella misma quizás por su inexperiencia en campañas ya que nunca antes disputó unas elecciones.

El apoyo de Lula es tan descarado que ya ha sido multado en media docena de ocasiones por la autoridad electoral, por haberse saltado las normas éticas que presiden la campaña. El egocéntrico y populista mandatario brasileño ha dejado a un lado los escrúpulos para poner a favor de su pupila todo el peso del aparato público y unas veces la compara con Mandela y otras eleva su sufrimiento bajo la tortura al nivel del de Jesucristo.

Lula sabe que millones de electores tienen una fe ciega en él y pretende endosar a Rousseff el voto de la inmensa legión de fieles que él tiene. El próximo 3 de octubre se verá. Si ningún candidato consigue la mitad más uno de los votos, los dos que más sufragios cosechen se volverán a ve las caras el 31 de ese mismo mes en una segunda vuelta. Sea cual fuere el resultado, Lula parece que seguirá en la brecha, dispuesto a aspirar de nuevo al cargo dentro de cuatro años. © EL AUTOR

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