«Fidel: se murió Pinochet»

[una ficción antillana]

Domingo 10 de diciembre por la tarde. El vicepresidente del Consejo de Estado, Carlos Lage, entra a la habitación más secreta de Cuba. Lage es uno los pocos jerifaltes del régimen con acceso al agonizante líder supremo. Los otros tenían asueto dominical. Iba a cumplirse cuatro meses y medio desde la operación y todo el mundo andaba un poco harto.

— Comandante, vengo a decirte…

Un «¡Chsss!» enérgico emitido por la aeromoza venezolana de guardia cortó en secó a Lage y lo dejó parado en la puerta de aquel cuarto.

Fidel Castro levantó sin energía la mano derecha en un gesto indolente de «vade retro». La izquierda la tenía inmóvil, pegada a la sábana blanca y taladrada por el víal por donde le inyectaban vida.

El comandante fulminó a Lage con una mirada. Tenía los ojos vidriosos. Lage pensó que sería de tanto mirar la gigantesca pantalla de plasma en la que las aeromozas mandadas por Hugo Chávez le ponían películas, que se recibían en la valija de la embajada ante la ONU.

Lage no quería creer que al comandante se le hubiesen puesto los ojos de los muertos. Cada día el caguairán se parece más y más a la imagen que él tenia del hidalgo Alonso Quijano, el de la triste figura. Pero eso ya lo había advertido Chávez, cuando estuvo a verle en La Habana en septiembre último: «Está igualito a Don Quijote, pero sin locura. Ya no es Don Quijote de la Mancha, sino Don Quijote de La Habana. Ha nacido Don Quijote de La Habana».

Lage se pasó una mano por la calvicie y se dispuso a salir del cuarto. Antes se dio tiempo para echarle una buena ojeada a la aeromoza. Chávez había mandado tres, rubias de pelo, claras de piel y ojos, y con un par de buenas piernas, como le gustan las mujeres al viejo caballo cubano. Vio sobre una mesita, junto a un pinta uñas, unas tenacitas de manicura y una cajita de rímel que estaban encima de la revista «Playboy» que tanto le gusta a Fidel, el estuche del DVD de «007 Casino Royale». El comandante estaba sin duda disfrutando con la última hazaña de James Bond.

Lage tuvo que esperar más de una hora larga en la antesala a que acabara la película y la aeromoza bolivariana le franqueara el paso al santuario.

— ¿Cuál era tu asunto, Lagecito?

— Informarte, comandante, de que Pinochet se ha muerto.

— Ah, era eso. ¿Y qué edad tenía?

— Noventa y uno.

— Bueno, yo aún ni he cumplido los ochenta, de modo que en el peor de los casos, Lagecito, me faltarían doce. El problema será para entonces Raúl. Tu ya sabes, compañero, a Raúl no se le puede dejar solo. Ya ha visto la de huevadas que ha dicho en estos pocos días.

Los lentes de Lage se habían empañado, posiblemente por el contraste entre el calor de afuera y el aire acondicionado en aquella secreta habitación. Miró al caguairán, que a su vez no quitaba sus ojo vidriosos del cuerpo de la aeromoza venezolana.

Era verdad, el caballo no había cumplido todavía los ochenta. Oskar, el niñito de «El tambor de hojalata» había decidido no crecer, pero no dejaba de cumplir sus años, pensó Lage. Sin embargo, Fidel había decidido estirar los setentinueve como si fueran de chicle. El 13 de agosto pasado, día de su nacimiento, decidió dejar el cumpleaños para el 2 de diciembre, con la idea de hacerlo coincidir con el cincuentenario del yate «Granma». Mientras, dijo, iría recuperando la salud. Pero cuando llegó el día del «Granma», se quedó en la habitación secreta, viendo películas con las azafatas venezolanas. De modo que aún tenía pendiente ese cumpleaños. Setentinueve, nomás.

— ¿Y dónde se nos murió el hombre?

— En su cama, comandante, en una cama de hospital como esa en la que tú estás —respondió el vicepresidente

— Entérate bien, Lagecito: James Bond nunca, oígalo bien, ¡nunca muere! —respondió el comandante y volvió sus ojos vidriosos hacia las piernas de la aeromoza.

— Anda Monneypeny —dijo el caguairán a aquella suculenta venezolana—, pon «De Rusia con amor», por los buenos viejos tiempos. Y adiós, Legecito. Se me cuide.

Francisco R. Figueroa
12/12/2006
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