Al infierno con los dictadores

Cuando en 1971 murió el dictador haitiano François Duvalier un periódico chileno publicó la noticia bajo un llamativo titular: «Derechito al infierno se fue Papa Doc». Tenía 64 años.

Después de Papa Doc parece que la existencia de los grandes dictadores latinoamericanos se ha prolongado mucho más de lo que duró Duvalier, aunque todos han penado en vida, quizás con la única excepción del cubano Fidel Castro, que desde la operación de estómago a la que fue sometido en julio pasado agoniza en La Habana en una nube de algodón, en medio del secretismo.

El paraguayo Alfredo Stroessner murió de un choque séptico en agosto pasado con casi 94 años de edad. Estaba exiliado en Brasilia, donde consumió su senectud durante 17 años de forma triste y opaca, él que durante 35 años había sido señor de horca y cuchillo, semental de la patria por antonomasia y cabeza de un régimen tan corrupto como oprobioso.

Con excepción de Castro, Stroessner es el dictador que más tiempo gobernó en el siglo XX un país latinoamericano. Accedió al poder en 1954 tras un golpe de Estado. En 1989 su consuegro, el ya fallecido general Andrés Rodríguez, se alzó contra él e hizo válida la máxima de que «el que a hierro mata, a hierro muere»

El general argentino Jorge Videla, de 81 años, consume su vejez en la más absoluta oscuridad, en arresto domiciliario en Buenos Aires desde 1998, acusado de crímenes de lesa humanidad por todas las infinitas tropelías que cometía la dictadura militar argentina, de la que fue la cabeza entre 1976 y 1981.

Detenido en 1984 y condenado a cadena perpetua en 1985, fue indultado en 1990 por Carlos Menem, el patilludo caudillo peronista y riojano. Ese indulto fue anulado en septiembre pasado por la justicia argentina, poniendo las cosas en su sitio.

El general de caballería João Figueiredo, el último de los militares que se turnaron en el gobierno de Brasil de 1964 hasta 1985, penó en el ejercicio de la presidencia.

Su aborrecimiento con los civiles y su desagrado con el poder fueron notables y quedaron claro en dos frases célebres: «Prefiero el olor de los caballos al del pueblo» y «lo que realmente me gusta es la toque de corneta y el cuartel».

Sufrió como presidente de Brasil, hasta el punto de que pronto se enfermó del corazón. Un día de marzo de 1985 se fue dando un sonoro portazo al grito de «¡Olvídenme!». Murió en 1999, a los 81 años.

El único consuelo del general Figueiredo parece que fueron los desahogos periódicos, en bañador, con el fotógrafo Orlando Brito, a quien un día se encontró por casualidad en la playa de São Conrado, en Río de Janeiro, y acabó convertido en el depositario de todas sus amarguras.

El chileno Augusto Pinochet ha estado por última vez cara a cara con la muerte este domingo pasado. Apegado como es a las supersticiones, quizás se aferra a la vida por el vaticinio que le hizo un monje de que vivirá más de cien años.

Pinochet, que había tomado por asalto el poder en 1973 con mucha saña, entró en un infierno personal en 1988, cuando creyó que la nación chilena refrendaría en un plebiscito su ansía de eternizarse en la presidencia. Pero el 55 % votó en su contra.

En 1990 devolvió el poder a los civiles para colocarse en una posición intocable, por encima del bien y del mal, hasta que en octubre 1998 fue arrestado, por orden del juez español Baltasar Garzón, en una clínica de Londres, donde convalecía de una operación de hernia.

Para este general todopoderoso, autoritario, orgulloso, engreído, altanero y soberbio, ese fue un calvario que duró hasta que, por alegadas razones de salud, sobre las que pesan muchas dudas, el gobierno británico le permitió regresar finalmente a Chile en marzo del 2000.

En silla de ruedas, Pinochet era la viva imagen del dolor y la aflicción. Pero apenas arribó a Santiago, echó pie a tierra con tanto vigor que el mundo se impresionó. Un corresponsal inglés narró la escena como si de un milagro bíblico se tratara.

Con 91 años de edad, Pinochet parece haber sido ahora objeto de otra supuesta maravilla de la naturaleza

El domingo pasado llegó al Hospital Militar de Santiago con una aguda crisis cardiaca, con el corazón infartado y un edema pulmonar. Los médicos no daban un céntimo por su vida. Incluso se le dio la extremaunción.

Pero el martes, Pinochet se levantó y anduvo, como Lázaro de su tumba, igual que cuando en marzo del 2000 llegó a la capital chilena procedente de Inglaterra.

Partidarios del ex dictador han hablado de «milagro» y su hija Lucia de que en la recuperación hubo «una razón divina». Hay quien ha calificado a Pinochet de “soldado de Dios».

El propio Pinochet le confesó al cardenal Francisco Javier Errázuriz que la mano de Dios ha estado detrás de su recuperación.

«Dios aún no me quiere llevar», afirmó Pinochet. Después comulgó y rezó con su confesor, el cura católico Iván Wells.

Si existiera un Dios, a imagen y semejanza del que creen los píos católicos chilenos partidarios de Pinochet, parece poco probable que acepte en su reino al autor de una dictadura que causó más de tres mil muertes, que secuestró, torturó, confinó y exilió con saña y que causó una infinidad de sufrimiento y de dolor en Chile. Igual que en Paraguay Stroessner, en argentina Videla y sus conmilitones y en Brasil los generales que se sublevaron en 1964 contra un gobierno elegido por voto popular.

Wells, el confesor, ha contado que un monje le vaticinó a Pinochet que viviría «más de cien años». Pinochet posiblemente se lo creyera.

El antiguo dictador chileno es muy supersticioso y siempre ha presumido de su habilidad para librarse de la muerte, que le atenazó la garganta por lo menos seis veces a lo largo de su vida, algunas en accidentes, otras por atentados y esta última por enfermedad. Incluso siendo un niño de siete años se libró, contras las leyes de la naturaleza, de que le cortaran una pierna.

Muchas personas en Chile han hablado de una nueva «burla» de Pinochet, usando su alegada precaria salud como pretexto para driblar el cerco judicial al que está sometido desde 1998. Había una orden de detención contra él cuando le sobrevino el infarto. Los médicos que lo han atendido han afirmado que ellos no se habrían prestado a una farsa.

Definitivamente el infierno de Augusto José Ramón Pinochet Ugarte parece ser cosa de este mundo.
Francisco R. Figueroa
6/12/2006