Temblad, temblad, malditos

El antiguo coronel golpista y actual presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ha puesto en el punto de mira de su fusil revolucionario a las empresas transnacionales españolas al tiempo que sigue atacando con fuego graneado al rey Juan Carlos y al presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero.

Cuando parecía que reculaba, Chávez, en declaraciones hechas en el fragor de una campaña para un referéndum constitucional del 2 de diciembre, que ha convertido en un nuevo plebiscito sobre su persona, recrudeció el tono de los ataques que inició contra España en la pasada Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile, tras la gresca con Zapatero y el sonoro «¡¿Por qué no te callas?!» con que saltó Juan Carlos de Borbón, de quien Chávez espera ahora un pedido de excusas.

«Yo estoy sometiendo a una profunda revisión las relaciones políticas, diplomáticas y económicas con España. Eso significa que las empresas españolas van a tener que rendir más cuentas. Yo voy a meterles el ojo a ver qué es lo que están haciendo aquí todas las empresas españolas», dijo.

La amenaza afecta, entre otros, a los bancos Santander y BBVA, la petrolera Repsol, Telefónica, la aseguradora Mapfre y el Grupo Prisa, que tienen en Venezuela inversiones por más de 2.300 millones de dólares. También tienen intereses en Venezuela Sol Meliá, Iberdrola, Elecnor, Iberia, Air Europa, Hespería Hoteles y el Grupo Inditex a través de numerosas franquicias de tiendas Zara con empresarios locales.

Un día antes Chávez había advertido que las transnacionales españolas son prescindibles en Venezuela y que no dudará en actuar contra ellas. «No es imprescindible para nosotros la inversión española. No las necesitamos», sentenció. En otra ocasión anterior había amenazado con nacionalizar los bancos, como hizo con intereses petroleros, la electricidad y la telefonía fija. También ha amagado con subirles los impuestos.

Sostuvo que estrechará el cerco a las empresas porque el presidente Zapatero se alineó con el «cachorro del Imperio, al fascista» de José María Aznar, el ex primer ministro conservador español a quien volvió a acusar de haber apoyado el golpe de Estado que en el 2002 lo mantuvo destituido dos días. Chávez nunca habla de que España apoyó a la democracia en Venezuela cuando él trató de acabar con ella en 1992 mediante una cruenta intentona golpista contra un gobierno como el que presidía Carlos Andrés Pérez que, malo o bueno, era legítimo y había sido escogido con más del 50% de los votos. A Chávez no le gusta recordar su pasado como golpista o lo tapa despotricando contra quienes lo desalojaron temporalmente del poder en los sangrientos sucesos de 2002.

Persistió Chávez en que Juan Carlos I tenía que estar al tanto de las actuaciones de Aznar en aquellos sucesos porque era imposible el apoyo a un golpe si conocimiento real. Chávez parte de la idea equivocada de que en España, como en su país, la política exterior es dirigida por el jefe del Estado, cuando es una atribución del presidente del Gobierno.

«Cuando yo señalo a José María Aznar de fascista y genocida, estoy diciendo una verdad del tamaño de la Catedral de Barcelona» (…) «Lo triste de esto es que Zapatero haya salido a defender al fascista de Aznar. Dime con quién andas y te diré quién eres. Es como que yo en una reunión de presidentes salga a defender a Carlos Andrés Pérez si alguien lo agrede. Yo me callaría. (…) Se quiera dar a Aznar una patente de corso para andar por América Latina diciendo que en Venezuela hay una dictadura, sólo porque fue presidente electo por los españoles.», dijo.

Chávez se refiere a la campaña contra él en la que está envuelto Aznar, con quien hasta 2002 mantuvo fluidas relaciones, con 14 reuniones entre ambos. El ex presidente esgrime ahora un «Informe Estratégico sobre la situación y el futuro de América Latina», de la fundación conservadora FAES, hecho con el claro objetivo de combatir a regímenes como los de Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales o Rafael Correa, y que, entre otras cosas, advierte de la inconveniencia del «populismo revolucionario, las ideas caducas, el neoestatismo, el militarismo nacionalista y el indigenismo racista».

En las presentaciones que hace dicho informe en América Latina, Aznar suele zaherir a Chávez como exponente de una nueva especie totalitaria y en cada oportunidad que se le presente hostiliza con rudeza al líder revolucionario venezolano. Concretamente en Caracas la FAES de Aznar efectuaba un seminario ideológico para opositores a Chávez cuando estalló el incidente en la cumbre de Chile.

Los esfuerzos hechos por la diplomacia española para tratar de calmar a Chávez han resultado inútiles. Paños tibios a una crisis que puede írsele de las manos el ministro del Exterior, Miguel Ángel Moratinos. En los últimos días, aparte de las amenazas a las empresas y de los descalificativos foribundos vertidos contra el rey, Zapatero y Aznar, Chávez comparó al ex presidente con Hitler, alegó que Juan Carlos I había sido elegido por el dictador Francisco Franco, mientras que él lo había sido tres veces por el pueblo, y que el suyo, en la cumbre, había sido un grito desesperado; acusó al jefe del Gobierno de haber sucumbido al chantaje de la derecha y ser de convicciones frágiles, hizo amenazas a la colonia de 300.000 españoles en Venezuela y puso patas arriba el pasado histórico al hablar de «genocidio» y de «expolio» en la época colonial.

La previsión es que Chávez siga hablando por lo menos hasta que se celebre el referéndum pues confía en que ello de dará rédito en las urnas. En esencia la reforma constitucional que está siendo sometida a consulta tiene como objetivo reforzar aún más el poder personal de Chávez y anclar mejor su proyecto revolucionario procomunista. De ahí que tenga connotaciones de plebiscito. El temor es que Chávez, perseverante donde los haya, acabe lesionando seriamente los intereses españoles.

Francisco R. Figueroa
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