¿Puede perder Chávez las elecciones?

Francisco R. Figueroa / 17 septiembre 2010

Venezuela anda enredada de nuevo con las urnas con la oposición amalgamada contra Hugo Chávez, a ver cuánto poder logran arrebatarle en las elecciones legislativas del próximo 26 de septiembre y si ha surtido algún efecto la afirmación de Fidel Castro de que el modelo cubano, que copia el caudillo de Caracas, no le vale ya ni a ellos en la isla.

Parece improbable que el «duce» venezolano se quede en estas elecciones sin el control de la Asamblea Nacional, que la oposición dura, unida en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), y los disidentes chavista de Patria Para Todos, reforzados con activistas de nuevo cuño, logren evitar la supremacía de las tres formaciones del bloque oficialista, principalmente del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) de Chávez.

La meta del chavismo es lograr las dos terceras partes de la Asamblea Nacional que le otorgaría mayoría absoluta y autonomía legislativa, dentro de un proyecto continuista que tiene, en principio, como meta confesada 2031, cuando Chávez tendría 77 años. Las leyes electorales fueron amañadas en diciembre pasado para que eso ocurra, para ver si Chávez ― afanado en ser presidente eterno ― logra su propósito de abandonar el poder quizás de viejo y, como él dice, cuando lo lleven en silla de ruedas.

Además, está seriamente en duda que si pierde las elecciones respete las reglas del juego alguien como Chávez acostumbrado a pisotear la Constitución y las leyes, que tiene bajo sumisión perruna a todos los resortes de poder, incluida la autoridad electoral, que actúa desde año al margen del orden internacional y que está acostumbrado a ponerse el mundo por montera. Cuando perdió poder en las últimas elecciones locales, neutralizó a los cargos electos de la oposición convirtiendo sus competencias en quimeras.

La oposición carece actualmente de representación parlamentaria ― salvo por algunos pocos disidentes del chavismo ― ya que boicoteó las anteriores elecciones legislativas, celebradas en diciembre de 2005, alegando falta de garantías.

La sociedad venezolana se divide en tres partes. La mayor (alrededor del 40%) son los indecisos ― los «ni ni», ni chavistas ni antichavistas ― capaces de inclinar la balanza electoral y llamados a catalizar la futura superación de los fuertes antagonismos. Los chavista son cerca de un 30% y las antichavista de un 25%. Ambos se detestan encarnizadamente.

La Mesa de la Unidad Democrática, que congrega a más de una treintena de organizaciones políticas, es favorita en las regiones mayores, mientras que el chavismo lo es en las menores. Aunque las encuestas de intención de voto arrojan resultados muy dispares, sería posible que entre la Mesa y Patria Para Todos obtengan más votos que el chavismo. Pero eso no se reflejaría en la composición de la nueva Asamblea Nacional debido a las modificaciones al reparto territorial de curules introducidas ex profeso por Chávez para primar las circunscripciones rurales, en las que él tiene más adeptos.

La reforma a la ley del sufragio, de diciembre del año pasado, otorga a la formación política que consiga la mitad mas uno de los votos más del 70% de los escaños. De modo que así un diputado vale 20.000 votos en la Venezuela profunda y 400.000 en las regiones más densamente pobladas. En total, las entidades con mayor población, que congregan a más de 11 millones de votantes, elegirán 80 diputados, mientras que las restantes, con 6,5 millones de electores, escogerán a 82 representantes.

De hecho, las elecciones están planeadas como un virtual plebiscito (uno más) sobre Chávez, cuya presidencia avasallante en la campaña electoral opaca a los candidatos oficialistas y los convierte en simples figurantes. «Estos son mis candidatos. Votar por ellos es votar por Chávez», reitera el mandatario venezolano. El presidente usa sin escrúpulos cuantos recursos tiene el Estado contra unos adversarios a los que desprecia, insulta y acusa simplistamente de que si ganan en las elecciones darán un golpe de Estado. No quiere que su poder se vea de ningún modo menoscabado. Su actuación sobrepasa la legalidad. El Estado es un gigantesco aparato de propaganda.

La oposición machaca con el eslogan «Chávez, tás ponchao», en alusión al desgaste que sufre Chávez y la supuesta inminencia de su salida del poder. «Ponchao» es una expresión con varios sentido: «eliminado», en aplicación del término beisbolero, o «estar out», lo que quiere decir, botado, echado, suspendido. Los carteles marcan en rojo «chao» como expresión de despedida al caudillo nacido en Sabaneta.

No hay debate de ideas. O se votará por Chávez o se votará contra Chávez. «O los liquidamos, o ellos nos liquidan», dicen los voceros de Chávez. Aunque el mandatario se encuentra en una posición vulnerable, no está tan quemado como sus adversarios proclaman. Conserva un 45% del favor popular y mantiene seducidas ― una relación pasional ― a las clases menos favorecidas. Uno de cada tres venezolanos lo ve como líder providencial capaz de resolver los graves problemas del país ― aunque lleve 12 años sin haberlo hecho ― y le profesa adhesión incondicional.

Las elevadísimas tasas de criminalidad, propias de una nación en guerra, con más de 16.000 homicidio al año; los desmanes, la ineficacia y la corrupción entre las huestes oficialistas; los múltiples errores de gobierno, el mesianismo errático del líder, el liberticidio permanente, la persecución y el encarcelamiento de connotados rivales; la recesión, la carestía, la crisis eléctrica, los atentados a la propiedad privada, el desestímulo permanente a la inversión, la caída de la estratégica producción petrolera y la percepción de alrededor de dos de cada tres venezolanos de que la situación está mal y pondrá empeorar parecen convertir a Chávez en una presa fácil.

Pero no es tarea sencillo, aunque después de casi 12 años en el poder, comienza a ser responsabilizado ― una 54% lo señala directamente ― por los problemas que afligen a la nación. Le costará mucho votos, pero no tantos como para poner en riesgo su proyecto político personalista. La victoria de Chávez posiblemente sea precaria, pero, como señala un analista venezolano, arreglará la situación con cañonazos de dinero. Mientras haya petrodólares.

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