Brasil: Dilma en Rolls-Royce

Por Francisco R. Figueroa / 27 octubre 2010

Parece seguro que el primero de enero de 2011 Dilma Rousseff paseará por la Explanada de los Ministerios de Brasilia en un Rolls-Royce descapotable convertida en la primera jefa de Estado de Brasil.

La segunda vuelta de las presidenciales se celebrará el próximo domingo, 31 de octubre, con casi 136 millones de electores convocados a escoger entre Dilma Rousseff, de 62 años, una antigua guerrillera urbana y ministra con fama de eficiente y dura, y José Serra, de 68 años, un curtido político de centro que brilló en sus etapas como ministro, alcalde y gobernador. Los sondeos pronostican que Rousseff sacará a Serra entre 10 y 12 puntos de ventaja (56% contra 44% en el último sondeo) o de diez a doce millones de votos, sin margen para la sorpresa.

El Día de Año Nuevo esta descendiente de emigrantes búlgaros hará el desfile triunfal por la Explanada de los Ministerios en la inauguración de su mandato. Será conducida en un Rolls-Royce modelo Silver Wraith de 1952, primero al Congreso Nacional y después al Palacio del Planalto, sede de la presidencia, convertida en el 37º jefe de Estado que ha tenido Brasil, dos de ellos emperadores.

Quien vaya ese día al volante del Rolls-Royce parecerá un circunspecto chófer, pero bien pudiera ser Luis Inácio Lula da Silva, el moderno Pigmalión que ha transformado a una adusta y laboriosa burócrata primero en ministra, después en su brazo derecho y más tarde en su heredera.

Si no hubiera sido por la firme determinación del presidente Lula para imponerla como candidata, su incansable actividad durante la larga campaña electoral y el fervor que sienten por él ocho de cada diez brasileros, seguramente Dilma Rousseff habría acabado su vida pública ese mismo primer día del año 2011 convertida en ex ministra del saliente gobierno.

Los escándalos de corrupción en el entorno de Rousseff, la polémica sobre el aborto, su alegado agnosticismo, los «honorables bandidos» que tiene entre sus aliados políticos, las acusaciones de su rival de mentir, su alegada vena estatista y las burlas sobre que ella apenas es la muñeca del ventrílocuo o alguien que sólo servirá para guardarle el sillón a Lula hasta las próximas elecciones no ha sido más que arañazos en el caparazón de la tortuga.

Todos los ataques contra ella sirvieron apenas para evitar la anunciada rutilante victoria en la primera vuelta celebrada el pasado día 3, aunque quizás eso se debió más al imprevisto ascenso de la tercera candidata presidencial en discordia, la ecologista Marina Silva, una ex ministra de Lula que salió del Ejecutivo brasileño enfadada con el mandatario y peleada con Rousseff, que entonces era la jefa del Gabinete.

En el mano a mano final no ha habido oportunidad para Serra, cuya vida política, después de dos intentos de conquistar la presidencia, el primero en 2002, queda extinguida para dar el relevo a nuevos liderazgo en el Partido de la Social-Democracia Brasilera (PSDB) que desde tiempo están pidiendo paso, fundamentalmente el «mineiro» Aécio Neves, que ha sido diputado, gobernador, senador y presidente del Congreso y forma parte de una saga política cuya figura más notable fue su abuelo Tancredo.

Aunque no tiene ni de lejos el talante ni el carisma de Lula, Dilma Rousseff seguirá la estela de gobierno de su mentor que tan buenos resultados le ha dado a Brasil, con tasas chinas de crecimiento económico, una sensible mejora de los niveles de vida y creación abundante de empleo. Es suficientemente lista para no andar haciendo experimentos y cauta para no tratar de emular a su artífice, por ejemplo, en política exterior.

Sus maneras impositivas pueden hacerle caer en un enfrentamiento con el Partido de los Trabajadores (PT), que le aceptó como candidata sin rechistar pero que siempre la verá como una recién llegada. Rousseff no estuvo en el grupo fundacional del PT, en 1980, ni en la primera hora de la luchas sindicales contra la dictadura y por la democracia, ni participó en los tres intentos por llevar a Lula a la presidencia. Se afilió tardíamente en 1999 y por una conveniencia personal, continuista para ella, como funcionaria en el gobierno regional de Río Grande del Sur.

El fervor popular que hay en Brasil por Lula le ha sido entregadoa cuenta a Dilma Rousseff, como un bono, por un pedido personal del muy amado mandatario saliente. Pero está por ver si ella es capaz de ganarse a las grandes mayorías de las clases bajas de donde proceden su gran caudal de votos. Ella no es vista como uno de ellos, a semejanza de Lula.

Habrá que estar atentos a las relaciones futuras de Dilma Rousseff con Lula, a la espera de ver si ella querrá romper el cordón umbilical con su progenitor político para emprender un vuelo propio o permanecerá tutelada a su sombra en ese papel de marioneta que la tribuían sus rivales.

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