Brasil: candidatos enredados en la fe

Francisco R. Figueroa / 18 octubre 2010

Puede haber sorpresa en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas. Aunque las encuestas son aún favorables a la candidata oficialista Dilma Rousseff, su esperada victoria se puede malograr.

Consciente de que el candidato opositor, José Serra, acorta distancia hasta aparecer resoplando en la nunca de Rousseff, el mandatario saliente, Luiz Inácio Lula da Silva, ha tomado las riendas de la campaña electoral de su pupila, que pierde votos al tiempo que aumenta el rechazo hacia ella.

A principios de septiembre la protegida de Lula calzaba botas de siete leguas, como el Pulgarcito de Charles Perrault rumbo al palacio del rey. Lo que parecía un rutilante triunfo dio paso, el 3 de octubre, a una victoria insuficiente (por 47% a 33%), sin la preceptiva mayoría de la mitad más uno de los votos válidos, lo que obligó a la segunda vuelta en curso, que se disputa a cara de perro y cuyo desenlace ocurrirá el domingo 31 de octubre.

La candidata por la que Lula ha empeñado su prestigio y una popularidad envidiable cercana al 80% —ya que él está impedido constitucionalmente de aspirar a un tercer mandato—, falló en el asalto final al poder castigada sobre todo por un caso de corrupción en el entorno familiar de una protegida suya (Erenice Guerra) que le sucedió como ministra de la superpoderosa Casa Civil. Lula tuvo que despedirla para evitar males mayores. Nuevos flecos de ese affaire acaban de ver la luz en los medios de comunicación.

En este segundo round la ex guerrillera urbana Rousseff, de 62 años, se ha chamuscado en la ardiente discusión sobre el aborto, que tiene lugar en un país propenso a la moralina y más conservador de lo se deduciría de su lujuriosa fama.

Allí no se habla de otra cosa. El asunto se ha caldeado tanto que se llegó al reparto de estampitas de santos en los mítines para poner de manifiesto la fe en Dios de los candidatos, unas con la consigna «Jesús es la verdad y la justicia» firmadas por José Serra, quien ha sido señalado como candidato del Club Bilderberg, del Opus Dei, de la Masonería y hasta de la familia Rockefeller.

Rousseff quedó expuesta como abortista porque en 2007 hizo una declaración favorable a la flexibilización de la ley, y propensa al matrimonio gay. «Asesina de criaturas», la llamó la esposa de Serra, la sicóloga chilena y ex bailarina de ballet Mónica Allende, de 66 años. Los chats han echado humo con todo esto.

En un debate televisivo, que resultó sorprendentemente agresivo, Serra le echó en cara a Rousseff su incoherencia tanto sobre el aborto como por dudar de la existencia de Dios. Ella le mostró las uñas con una fiereza sorprendente, en contraste con los modales de terciopelo usados por ella durante toda la campaña, aunque tiene fama de mujer autoritaria, enérgica y dura.

Las conjeturas sobre la eventualidad de que la candidata oficialista legalice el aborto una vez en el poder ha levantado las iras de la grey católica en el país con mayor cantidad de bautizados del mundo y también de la evangélica, encabezadas por sus líderes más ultramontanos. A nadie parece importarte que Rousseff encarne el deseo de prolongación del periodo de vacas gordas que atraviesa Brasil y que continúe el éxito del «octenio prodigioso» de Lula.

Rousseff se ha declarado por activa y pasiva contraria al aborto y se ha comprometido a no flexibilizar la ley, que ahora solo permite la interrupción voluntaria del embarazo en casos de violación o peligro de vida para la gestante de acuerdo a un norma fue impulsada precisamente por Serra cuando era ministro de Salud en la presidencia de Fernando Henrique Cardoso, ese esplendido ex gobernante que tantos celos despierta en Lula.

«Dilma se hace ahora la santita y dice que está en contra del aborto, pero ya ha mudado tres veces de opinión», disparó el obispo Luiz Gonzaga Bergonzini. Lula ha hablado de «terrorismo» contra su ahijada política.

El episcopado católico está alborotado y dividido por las condenas expresas de algunos monseñores a la candidata de Lula y el reparto de panfletos contra ella en las puertas de las iglesias.

Rousseff, que no está considerada mujer piadosa, ha visitado por vez primera en su vida el principal santuario mariano de Brasil: Nuestra Señora Aparecida, y allí insinuó que su fe en la virgen le ayudó a superar el año pasado un cáncer en el sistema linfático. Serra hizo la peregrinación un día después, coincidiendo con la fiesta grande del 12 de octubre.

Serra, de 68 años, del Partido de la Social-Democracia Brasilera (PSDB), recibió de sus rivales fuego parejo. Quedó expuesto como esposo de una abortista. Según el testimonio de dos supuestas antiguas alumnas en la Universidad de Campinas, Mónica Allende les había contado en 1992 que abortó en los años setenta.

José Serra y Mónica Allende, una católica educada por monjas, se conocieron en 1966 en Santiago y se casaron un año después, durante el exilio de él de la dictadura militar brasilera instaurada en 1964. Serra fue uno de los pocos sobrevivientes que hubo entre los cientos de detenidos en ese campo de concentración en que fue convertido el Estadio Nacional de Santiago tras el golpe de Estado de 1974 que dirigió Augusto Pinochet. Estuvo exiliado 14 años entre Bolivia, Francia, Chile y Estados Unidos.

Se trata, según Serra, de una difamación equiparable a la que en 1989 sufrió en propia carne Lula, quien en la recta final de la campaña de las presidenciales de aquel año fue expuesto como inductor al aborto a una antigua amante suya llamada Miriam Cordeiro. La mujer fue «inducida» por el rival de Lula, el luego presidente de Brasil Fernando Collor de Mello, a decir eso por televisión, pero con el tiempo Miriam y la hija que tuvo de Lula, llamada Lurian, desmintieron el asunto.

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