Cuba: esperanza, espera y decepción

El presidente Raúl Castro ha hecho una serie de anuncios que significan la postergación de sus tímidas, pero esperanzadoras, reformas en Cuba, debido a los efectos de la crisis global. El trance en que se ve el mundo es consecuencia de los excesos del libre mercado cuando la situación cubana hunde sus raíces en la conmoción causada por la crisis del comunismo y el desmoronamiento del bloque soviético así como tiene que ver con la contumaz impericia de los dirigentes de La Habana, su irresponsabilidad perseverante y el envanecimiento y el fundamentalismo de Fidel Castro. Es el peso muerto de ese régimen anquilosado, esclerótico y exánime, que ahora cumple cincuenta años, lo que mantiene postrada a Cuba. El régimen castrista es el origen de la cuestión y la crisis capitalista le sirve de nueva coartada.

Las reformas –Raúl dice– no han sido engavetadas y se irán aplicando «sin apresuramiento ni exceso de idealismo». Le faltó decir que «y con la venia de Fidel» o «después de que mi hermano se muera». La reestructuración general del Gobierno quedó también aplazada. La contrarreforma de Raúl tendrá, pues, que esperar más en medio de la decepción del pueblo, que siguió a la espera tras los primeros anuncios a raíz de tu toma de posesión en febrero pasado. Porque la verdad es que hasta ahora las principales iniciativas de Raúl y otras que, según se afirmaba, tenía en mente –entre ellas la libertad de entrada y salida del país para todos los cubanos– han sido frenadas una tras otra por el líder providencial de la isla desde su ignoto retiro de enfermo, desde donde mantiene maniatado a su hermano menor. El general Raúl Castro es, en efecto, el Presidente de la República. Pero Fidel Castro continúa siendo el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista. Y no se pude olvidar que en Cuba el Partido Comunista está legalmente por encima de todas las demás instituciones. Además, Fidel continúa siendo venerado como Comandante en Jefe. De manera que a Raúl le queda la decoración, el protocolo y poco más, con casi ningún margen de maniobra.

Se trata ahora, dice Raúl, de «ajustar los sueños a las verdaderas posibilidades», que realmente vienen determinadas por la voluntad de su hermano Fidel. Antes de cualquier reforma sustancial, mucho más allá del simbólico permiso para pernoctar en hoteles o la autorización de compra de ciertos enseres electrodomésticos para gente que mayormente carece de posibles, habrá que celebrar el Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba, que tendrá que pronunciarse sobre cualquier cambio. Se dice que ese congreso tendrá lugar el mes de octubre, pero hasta la fecha no lo han convocado. Tampoco han comenzado los preparativos ni las reuniones provinciales, de las bases y de las organizaciones políticas y de masas. De modo que los observadores tienen sus dudas. Si para cuando se celebre ese congreso siguiera vivo Fidel seguramente pondrá todo su enorme peso ideológico para que nadie cambie sustancialmente. No parece probable que al final de su vida el obstinado Fidel vaya a dar su brazo a torcer ni nadie se atreva a contradecirle.

En su discurso de fin de año en la Asamblea Nacional, Raúl dijo de alguna manera que Cuba no puede quedar a merced de Venezuela en temas económicos. El régimen de Hugo Chávez, según fuentes en Cuba, proporciona a La Habana una ayuda que anualmente asciende a 6.000 millones de dólares una cantidad muy importante comparada con los 5.000 millones de dólares en los buenos tiempos le proporcionaba a Castro la Unión Soviética. No se sabe cuanto peso habrá tenido en esa afirmación los sentimientos de Raúl hacia Chávez. Es de sobra conocido que al hijo putativo de Fidel, el tío putativo Raúl no lo quiere, lo le cae bien.

En ese discurso Raúl propuso recetas que obligarán a los cubanos y sus dirigentes a ajustarse el cinturón, a quienes les quede cinturón y cintura para aguantar.

Francisco R. Figueroa
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