Males de la chaveta

Hugo Chávez juega al superhéroe de Latinoamérica, como el Chapulín Colorado. «No contaban con mi astucia», dice también el presidente venezolano mientras impone de nuevo la enmienda para su reelección indefinida. Política marrullera, prestidigitación ideológica, mitomanía revolucionaria y heroísmo de hojalata. Con arengas patrioteras y soflamas revolucionarias se disfraza una ambición obsesiva de poder. ¡Tiemblen, tiemblen pitiyanquis, vendepatrias, oligarcas que ahí tienen otro caudillo mandón como tantos que ha conocido Latinoamérica!

Hace unos días se cumplió otro aniversario de la muerte de viejo, en 1935, del mayo tirano que ha tenido Venezuela: Juan Vicente Gómez, tras 27 años de ignominia . Curiosamente nació y murió en los mismos días que Simón Bolívar. Según Chávez, Bolívar pudo ser asesinado vilmente. Los historiadores dicen que hablar de ese asesinato es de locos. ¡El Libertador murió tísico! Pero Chávez está dispuesto a descubrir a los asesinos, que identifica con los enemigos de la patria, con Estados Unidos, sus adversarios colombianos y la oligarquía venezolana. «Curiosamente los enemigos que Chávez atribuye a Bolívar son sus propios enemigos», apunta la prensa. «Rompan los mármoles de la patria, abran el sacrosanto sepulcro del Panteón Nacional y veamos, porque tengo dudas». Si el comandante duda… Exégetas del Libertador y alabanceros de Chávez afirman que Bolívar fue asesinado porque pretendía implantar una revolución. Ni más ni menos. Hay una manipulación grosera de la historia por parte del chavismo. Chávez adultera la historia.

¿Podrá Chávez demostrar algo? ¡Pero si sus policías son incapaces de solucionar los cuantiosos crímenes que hay en el país!, aseguran sus adversarios. Esa violencia social convierte cada semana a Caracas en un valle de sangre. Crece y crece. Una chacina. Los proyectos sociales de Chávez, diez años después, no logran nada contra la violencia que campea. Los barrios adentro se pueblan de deudos. Los periódicos contaron durante el fin de semana de las últimas elecciones regionales 44 homicidios en Caracas, con todos los policías y militares de la república en pie de guerra. ¿Cuántos ocurren durante los demás fines de semana cuando la seguridad es bien menor? ¿Sesenta? ¿Setenta?

Ahora, cuando Chávez festeja sus diez primeros años en el poder, se cumple el centenario del inicio de la satrapía de Gómez, que coincidentemente era otro militronche personalista, astuto, listo y ladrón. Algunos militares, dicen historiadores, ven en Chávez la reencarnación de Gómez, el que instituyó las Fuerzas Armadas. Gómez trató también de mantener una fachada constitucional y democrática, enmendó la Carta Magna según sus intereses y era el benefactor de la patria, el Benemérito. Puestos en cargos públicos – ¡oh coincidencias! – sus familiares se aprovecharon del botín de la patria. Igual dicen que pasa en la llamada República de Barinas. En sus primeros años Gómez promovió la concordia nacional, mientras Chávez atiza desde siempre la discordia.

El pueblo venezolano rechazó en 2007 una reforma constitucional que posibilitaba la reelección presidencial indefinida, es decir la temida implantación de un régimen autoritario duradero, quizás un vitaliciado. Chávez vuelve ahora a imponerla con un desprecio supino por la voluntad popular expresada en aquel referéndum y pide a la gente que lo secunde. Dicen que cuatro millones y medio han firmado dándole su apoyo. La Asamblea Nacional es mayoritariamente obsequiosa y dispuesta a la aclamación. Los que tienen un puesto público y los que viven de las prebendas han debido firmar. ¡Qué remedio! Los hay que siguen al líder a pie juntillas, con obediencia ciega. «¡Síganme los buenos!», gritaría el Chapulín. Sin darle tregua al país ni para las ayacas y las gaitas de Navidad, una Venezuela al borde de la extenuación política tienes otra consulta electoral en puertas, para febrero, sobre la continuidad de Chávez. «Ya le dijimos que no. ¿Es que quiere ser rey?», claman sus adversarios. Quizás un soberano de Barataria.

Una multitud ciega grita al «Uh, ah, Chávez no se va» y cosas tan pintorescas como «estamos logrando la plena felicidad». «Todos mis movimientos están fríamente calculados», diría el Chapulín. Cómo para salir corriendo. ¿Qué se puede pensar de un gobernante que dice que está dispuesto a quedarse en el cargo hasta el 2019, el 2021 o «cuando Dios y el pueblo manden»? «El poder y el delirio», responde el pensador Enrique Krauze en un libro muy atractivo. Aquello parece un país con gobernante y gobernados envilecidos, con el Estado totalmente echado a perder y al servicio discrecional del proyecto chavista. ¿Cuánto duraría Chávez sin petróleo o con este derrumbe del precio del barril?

Los dos lustros que lleva Chávez mandando no ha sido una década prodigiosa. Más bien lo contrario. Su revolución mesiánica parece una cáscara vacía y a la deriva. En el país ha habido el cambio de la clase corrupta de la «conchupancia» de la Cuarta República por otra, la «boliburguesía» de la revolución chavista mucho más degradada. El escocés etiqueta azul y los coches Hummer son sus señas de identidad. Corrupción a raudales, la peor de Iberoamérica, en la Quinta República, esa que nació bajo el signo de la honestidad. Chávez dilapida la riqueza nacional que proporciona el petróleo en su aventura de poder personal, fuera y dentro del país.

Bolívar advertía contra los gobernantes que se eternizaban en el poder. Gómez fue uno de ellos. Chávez lo pretende. ¿A cual de ellos se parece más a Chávez? Quizás a Robert Mugabe, su admirado «guerrero de la libertad», quien en su demencia senil se aferra al poder de un país hechos añicos gritando «Zimbabue es mío». Como afirmaba Octavio Paz, «la Revolución comienza como promesa, se disipa en agitaciones frenéticas y se congela en dictaduras sangrientas…».

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com