Cuba: la historia los triturará

Desde la «revolución perdida» retratada en un artículo en El País por el escritor e historiador español Antonio Elorza, a aquella conversación telefónica con un familiar de un veterano combatiente de Sierra Maestra que se quejaba la pasada Navidad con la metáfora de que «Cuba está muerta, pero nadie acaba de enterrarla», según el relato del poeta exiliado Raúl Rivero en El Mundo; a las estadísticas recogidas en The Miami Herald por el periodista argentino Andrés Oppenhaimar para sostener que a los cincuenta años de la entrada de los barbudos en La Habana el régimen castrista «no tiene mucho que mostrar».

Son cincuenta años de oprobiosa dictadura comunista, medio siglo de un régimen opresivo que ha ido de «victoria en victoria» hasta el desastre final. Cincuenta años de tiranía y comunismo, con «los horizontes emborronados y el pueblo en la miseria», como dijo Luis María Ansón en sus cartas domingueras (dirigió una a Raúl Castro) en El Mundo. Un aniversario sin gloria, una revolución en ruinas, la más larga dictadura que ha conocido un pueblo latinoamericano, un país sometido a los arbitrios de un personaje delirante, desatinado, como Fidel Castro y otro opaco como es su hermano y heredero Raúl.

«La dictadura cubana ha mejorado algunos indicadores sociales, pero otros países latinoamericanos han hecho lo mismo sin sacrificar libertades básicas y a un costo muchísimo menor en sufrimiento humano», afirmó Oppenheimer. Elorza habló del fracaso de aquella «hermosa revolución» que deslumbró a medio mundo, su rápido viraje a la dictadura, a las ejecuciones, a la cárcel incluso para revolucionarios disconformes como Huber Matos; la tela de araña policial que envolvió desde temprana hora al pueblo cubano, la supresión de la prensa libre, la ineficacia en economía del régimen, el cesarismo populista de Fidel asentado sobre la represión permanente. «Medio siglo después de la entrada de los barbudos en La Habana, ahí seguimos», afirma.

Casi las dos terceras partes de las tierras de cultivo de la isla se mantienen baldías, mientras la gente pasa necesidades. El 85% de los alimentos se importan, la mayor parte de Estados Unidos, pese al embargo, que es una medida caduca, desafortunada y desacertada. El salario medio mensual es de 15 euros y las pensiones de 8. Hay cartilla de racionamiento, que no alcanza para cubrir ni la mitad de las necesidades básicas. De las 33 naciones de América Latina y el Caribe, Cuba se ubica en el vigésimo tercer lugar en nivel de desarrollo humano, según cifras de la ONU. De sus once millones de habitantes solo 17.000 tienen acceso a Internet, 12.000 al teléfono móvil y un 9% al teléfono fijo. Tienen también menos computadores, autos o televisores que sus vecinos latinoamericanos. Por supuesto que los cubanos no tienen acceso a emisoras libres de radio y televisión ni a los canales por cable o satélite. Sus niveles de alfabetización o mortalidad infantil son similares a los de Trinidad y Tobago o Chile. Cuba carece de reservas de divisas, está económicamente atenazado y sus ciudadanos llevan una vida sombría.

Puede afirmarse que el proyecto de transformación social iniciado hace cincuenta años por Fidel Castro ha sido un fiasco. Lejos de aportar prosperidad y bienestar al pueblo, lo único que han traído estos años ha sido miseria, fragmentación de la familia cubana, exilio, atraso y aislamiento internacional, concluía un análisis en el diario madrileño ABC. «Después de cincuenta años de penurias, hambre, golpizas y candados, la sociedad cubana está enferma, crispada y muy dividida», sostuvo Raúl Rivero, ex prisionero de los Castro, en artículo «Socialismo o muerte, valga la redundancia». Tras medio siglo de dictadura castrista, Rivero dice que el cuadro en cuba es «el de una sociedad enferma, crispada, pobre y dividida. Una nación sin pan, sin sueños, sin libertad y como un barco al pairo (…) Cuba no ha muerto (…) Está paralizada. Asiste al velorio del Frankestein del socialismo tropical, espantoso en su media rueda».

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com