¿Reconocimiento a las FARC?

El presidente Hugo Chávez ha reconocido a las dos organizaciones insurgentes de Colombia y propuesto al mundo que retire a ambas la consideración de terrorista para ser tratadas como ejércitos combatientes, como fuerzas beligerantes en guerra con el gobierno del presidente Álvaro Uribe.

Pretende Chávez que las Fuerzas Armadas de Colombia (FARC) y también el Ejército de Liberación Nacional (ELN) se conviertan en movimientos alzados legítimamente, con capacidad de relaciones internacionales, de lo que se deriva que la situación colombiana pase a ser tratada en derecho internacional como una guerra civil en la que cualquier país puede tomar bando.

Ocurre que ambas organizaciones, enquistadas en la vida colombiana desde hace decenios, mantiene un accionar que les ha convertido en terroristas al practicar infinidad de delitos contra la población civil: secuestro, extorsión, atentados, levas de niños y tráfico de drogas, más allá de su vieja pretensión de cambiar por las armas el orden político en el país.

Para Estados Unidos y la Unión Europea, entre otros, las FARC es un grupo terrorista, exactamente igual que Al Qaeda o la ETA. Sin embargo, Chávez asegura que tanto las FARC como el ELN son «fuerzas insurgentes» y «verdaderos ejércitos que ocupan un espacio en Colombia». Son grupos beligerantes que tienen «un proyecto político bolivariano», es decir, son sus correligionarios. Las FARC también han insistido en la necesidad de su reconocimiento en un comunicado que emitieron tras la reciente liberación de las políticas colombianas Clara Leticia Rojas y Consuelo González de Perdomo.

Chávez hizo ese planteamiento ante la Asamblea Nacional venezolana, en medio de fuertes aplausos, apenas 24 horas después de la liberación ambas mujeres a quienes las FARC mantuvieron cautivas, en la jungla y en condiciones lamentables, casi seis años a una y cerca de seis años y medio a la otra. La liberación de Rojas y González parecía implicar que la próxima pieza en el tablero de la crisis colombiana le correspondía moverla al presidente Uribe. Pero se adelanto Chávez con habitual audacia.

El presidente de Venezuela sigue jugando muy fuerte al papel de padrino de las guerrillas colombianas que desempeña desde mediados del año pasado. Ahora, como dice el ministro colombiano de Defensa, Juan Manuel Santos, Chávez se ha destapado por completo.

Colombia y su gobierno democrático han puesto el grito en el cielo. Maldito –puede decir Bogotá- el día en que Uribe aceptó a Chávez como negociador para obtener el canje de medio centenar de rehenes secuestrados por medio millar de guerrilleros presos de su gobierno. Cuando en noviembre le retiró esa condición era tarde. Chávez corría desbocado, firme en su propósito de intervenir decisivamente en la política colombiana. Ahora clama por el reconocimiento internacional de la guerrilla dentro de un supuesto plan de panificación de Colombia que sólo él conoce.

Al liberar a Rojas y González algunos pueden haber pensado que las FARC mostraron su rostro humano. Sin embargo, quizás hayan enseñado sus entrañas canallas pues la propia liberación de ambas recuerda que mantienen a otros 700 cautivos en penosísimas condiciones en las selvas colombianas. Ambas han recordado al mundo el terrible drama de los cautivos en poder de las FARC y con sus testimonios posiblemente hayan contribuido a que la propuesta de Chávez haya sido acogida en el mundo con bastante frialdad.

La condición de fuerza beligerante implica reconocimiento político y jurídico. Siendo así cualquiera país puede, por ejemplo, tomar partido por las FARC, tener relaciones normales con ella, suministrarle armas y apoyo logístico, intercambiar representantes, conceder asilo a sus miembros, etc. En Colombia se han escuchado voces al unísono opuestas a la propuesta de Chávez por inmoral, chantajista e intervencionista. La circunstancia de que las FARC pidieran el estatus de fuerza beligerante y al poco Chávez saliera a reconocerlas como tales supone para los observadores una nueva prueba de que seguramente están actuando de común acuerdo. Ni siquiera se había atrevido a hacer una proposición de esa naturaleza el cubano Fidel Castro.

Francisco R. Figueroa
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