En memoria de Emmanuel

El encuentro al cabo de tanto tiempo de la política colombiana Clara Rojas con Emmanuel, su hijo de casi cuatro año, las circunstancias de su nacimiento, la dramática separación de la madre, las piripecias vividas y las penalidades pasadas por ambos, exponen con crudeza la abyección de las FARC, el grupo armado para el que Hugo Chávez pide, con cierta candidez y cartas en la manga, reconocimiento nacional e internacional como actor beligerante en el proceso político colombiano.

En su programa dominical «Aló, presidente», que transmite la radio y televisión públicas de Venezuela, Chávez tocó este domingo —día en que se reencontraron Clara y Emmanuel— la misma tecla que el jueves anterior cuando, en la Asamblea Nacional venezolana, pidió a Colombia, América Latina y el resto del mundo la consideración para las FARC de ejército regular y no más como organización terrorista. Fue un nuevo estiletazo de Chávez en el hígado político de Uribe en su afán de intervenir cada vez más en la política neogranadina, en la que se ha entrometido, sin respetar el principio de la injerencia, invocando su «inmenso amor» por Colombia, pero con el objetivo de establecer una alternativa afín capaz de alcanzar el poder en el país más emblemático para la internacionalización de su proyecto revolucionario bolivariano.

Zaherido por las críticas y ante el escaso eco que ha tenido esa propuesta a favor de las FARC, Chávez ha tenido que dar explicaciones en dicho programa sobre que él no apoya a la guerrilla colombiana ni es su abogado y que no está de acuerdo con el secuestro ni con la vía armada. Pero Chávez no condena las atrocidades de las FARC, como tampoco hace en general la izquierda latinoamericana y europea.

Lejos de condenar esas acciones, Chávez justifica a las guerrillas y les da alas. Ahora afirma que si las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) fueran reconocidos como fuerzas beligerantes, como organizaciones insurgentes que ocupan territorio y son una opción política respetable, el conflicto civil colombiano pasaría regirse por la Convención de Ginebra con lo que no podrían hacer ni mantener más rehenes y la población civil no quedaría tan expuesta como ahora a los ataques indiscriminados. Arguye que siendo así se estaría en el camino de lograr la paz para Colombia, pues el enconado problema no tiene solución militar, y abriéndole las puertas de la libertad a los rehenes de la guerrilla. Se trata de más de 700 personas que padecen un cautiverio atroz en condiciones tan infrahumanas como han sufrido Clara Rojas y Consuelo González de Perdomo, que ha recordado esos horrores tras recobrar la libertad, recién el jueves último. Entre ellos hay políticos como la antigua candidata presidencial franco-colombiana Ingrid Betancourt, militares, policías, hacendados y hasta tres estadounidenses que trabajaban en Colombia como contratistas militares del Pentágono.

Si quisieran mostrar una voluntad de cambio, de poner hitos en el camino de la paz, las FARC debieran comenzar por liberar sin condiciones a todos sus cautivos, dejar de lado la extorsión, salir del narcotráfico, olvidarse de las levas infantiles y respetar los derechos humanos. Una vez que eso ocurra sería el momento de negociar con el Gobierno de Colombia las condiciones de su reinserción en la vida política, con los perdones o amnistías, las compensaciones o ayudas que fueran precisas para librar al país de una pesadilla que va camino de cumplir medio siglo. La declaratoria internacional de fuerza beligerante lo único que haría sería darle legalidad internacional a una guerra civil en que cualquier podría tomar partido con armas, dineros o apoyos políticos, o todo al mismo tiempo, agravando la situación que se pretende solucionar. Tampoco vale que haga de padrino único de las guerrillas colombianos alguien como Chávez, un militronche con un pasado golpista y violento sobre quien existen serias dudas de que sea un demócrata a carta cabal y pesa su condición de líder revolucionario de inspiración castrista.

Francisco R. Figueroa
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