Chávez: ardid o cambio

El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, acaba de dar una sorprendente muestra de moderación, un talante nuevo que desconcierta.

«No podemos dejarnos arrastrar por las corrientes extremistas. Nosotros no somos extremistas ni podemos serlo. Tenemos que buscar alianzas con la clase media e incluso con la burguesía. No podemos plantearnos tesis que han fracaso en el mundo», ha dicho el caudillo bolivariano, que aparece sensiblemente debilitado.

Esas declaraciones, en las que también defendió la propiedad privada, contrastan con las de ahora hace un año, cuando en su última juramentación presidencial Chávez se mostró como un radical comandante revolucionario listo a forjar un cubanismo a la venezolana.

Chávez ha anunciado, al mismo tiempo, una remodelación importante de su gabinete ministerial al cabo de tan sólo un año de gestión. Los cambios parecen estar determinados por el varapalo que supuso para Chávez la pérdida del referéndum constitucional de hace un mes, las sombras que hay sobre su figura en el mundo, el «síndrome Emmanuel» que padece, los desatinos económicos en el 2007 y la necesidad de ganar como sea las próximas elecciones regionales y municipales, sobre todo.

En ese referéndum, celebrado el 2 de diciembre último, se malograron los planes de Chávez de perpetuarse en el cargo, de acaparar poderes propios de dictadores y de poner al servicio de su proyecto revolucionario comunistoide los recursos de la nación. La culpa de la derrota la tuvo, sin duda, el propio Chávez, pero sacrifica como chivo expiatorio al vicepresidente Ejecutivo, el médico psiquiatra Jorge Rodríguez, su brazo derecho y gallo de pelea, a quien ha sustituido por el oscuro coronel retirado Ramón Carrizales, un militar sin pasado golpista que está desde el 2004 en el gabinete ministerial.

En el 2007 la inflación y otras variables de al Economía se le fueron de las manos al Gobierno. De ahí que haya destituido al ministro de Finanzas, Rodrigo Cabezas, a quien sustituye el gerente del estatal Banco de Desarrollo, Rafael Isea. EL IPC ha crecido en Venezuela el doble del 12% que el Gobierno previó. Y con la carestía y la desconfianza empresarial en el modelo chavista cundió el desabastecimiento. El país tiene necesidad de activar el aparato productivo. De ahí, quizás, la necesidad de esa alianza con «la burguesía» que ahora preconiza Chávez. A esto se suma el notable incremento de las importaciones (160% en tres años), aunque minimizadas por el importantísimo aumento que los ingresos petroleros han tenido (75%); el incremento considerable del gasto público y un muy recalentado sistema de control del cambios y precios. En el área económica del Gobierno también cambia el cerebro de la Planificación que será el teórico del socialismo Haiman El Troudi Douwa, un humilde académico de provincias, paisano de Chávez, que ahora vive con holgura Caracas y que, a diferencia del jefe del Estado, se opone a la estatalización de la banca. Mudan asímismo los titulares de los ministerios de Industrias Básicas y Minería, y de Alimentación.

Como consecuencia del empeoramiento notable de una inseguridad ciudadana y una violencia civil ya de por sí grandes en el país cayó el ministro del Interior y Justicia, el ex capitán golpista Pedro Carreño, cargo al que retorna el capitán de navío Ramón Rodríguez Chacín, que acaba de ser representante personal de Chávez en la rocambolesca frustrada liberación de rehenes del movimiento terrorista Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). En este episodio Chávez actuó como si las Farc fuera realmente un actor legítimos en el escenario político colombiano y no una organización terrorista. Su separación por el presidente colombiano, Álvaro Uribe, como mediador por haberse extralimitado en sus funciones y desnaturalizado la negociación al haber actuado como virtual vocero de la guerrilla, su empecinamiento en llevar adelante por su cuenta la liberación de tres rehenes y el severo revés que supuso haber quedado enredado en las mentiras de la organización armada en el caso del pequeño Emmanuel, hicieron que Chávez saliera trasquilado en lugar de -como pretendía- robustecido en su dimensión internacional.

En fin, entre nuevos y enroques la remodelación afecta a más de la mitad del Gabinete venezolano. Ha sido remozadas trece de veinticuatro carteras. Chávez ya ha tenido 125 ministros en sus nueve años en la presidencia.

La nueva actitud de Chávez significa para unos un frenazo en la marcha hacia el socialismo, que está soltando lastre revolucionario y deshaciéndose de algunos radicales. Para otros, es simplemente una operación de maquillaje, un cambio de estilo para adaptarse a los nuevos tiempos.

No queda claro, pues, si el hombre fuerte venezolano ha sido moderado por la adversidad y reconvertido por las circunstancias —cosas harto improbables dada su abigarrada y exuberante personalidad— o sus declaraciones son una ardid, dar paso atrás para tomar impulso político. Por otro lado, el cambio de ministro pudiera ser poco representativo dado que éstos suelen actuar como meros ejecutores de los dictados del líder, simples secretarios en un sistema de poder personalizado en Hugo Chávez Frías, peones, en fin, sacrificables en el altar mayor de la revolución.

Francisco R. Figueroa
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