Brasil: Lula Rousseff

Las elecciones presidenciales brasileñas tienen una candidata que bien podía llamarse Lula Rousseff. Ella es producto de un dedazo como aquellos golpes de mano que en los tiempos del «PRI-reinato» daban los presidentes mexicanos para designar a su sucesor. A Dilma Rousseff sólo le falta el ritual de su elección a la búlgara en el inminente congreso del sumiso Partido de los Trabajadores (PT) para convertirse formalmente en candidata a disputar la sucesión de Lula en los comicios del 3 de octubre próximo. Es la primera vez que el PT desde su fundación hace 30 años presentará un candidato presidencial distinto a Lula.

Dilma Vana Rousseff Linhares, de 62 años, descendiente de un comunista búlgaro, ex guerrillera, víctima de la dictadura, que la torturó, y ministra de la Casa Civil de la presidencia brasileña, es decir, la jefa del gabinete, probablemente no hubiera pasado sin Lula de alta funcionaria de un gobierno regional, en su caso el de Rio Grande do Sul. Desde junio de 2005 ha sido la sombra de Lula en el Palacio del Planalto. De modo que Rousseff hará la campaña electoral hombro con hombro con su Pigmalión político o como si ambos fueran hermanos de leche. Rousseff es hoy la imagen que refleja el espejo donde Lula se mira. El ex presidente socialdemócrata Fernando Enrique Cardoso (1995-2002) afirma malignamente que ella es «la muñeca de un ventrílocuo llamado Lula».

El presidente brasileño está poniendo cada vez más carne en la parrilla a favor de Dilminha, como comienza a ser conocida la candidata por la costumbre brasileña de usar el nombre propio y el gusto nacional por los diminutivos. Su único objetivo confesado para lo que le resta de gestión es convertir a Rousseff en su sucesora. Para eso sin duda exhibirá todos los muchos logros de su gobierno y su éxito personal de vida, desde la miseria absoluta a la primera magistratura de una nación pujante con ínfulas de potencia. Ya ha dicho que Rousseff es uno de los «grandes responsables» de los éxitos que está cosechando Brasil, que siempre estuvo a su lado en la hora de las decisiones y que es una persona con una capacidad de trabajo «fantástica», con «inteligencia y visión estratégica como pocos en Brasil».

De otro modo no tendría opción a la victoria una persona que es candidata por la voluntad de Lula y posiblemente porque el actual mandatario brasileño también quiere pasar a la historia como el gobernante que hizo la proeza de sentar una mujer en el sillón presidencial del mayor país latinoamericano, que ha sido ocupado hasta hoy por 35 varones. Rousseff ya está siendo defendida como mujer de los supuestos ataques sexistas de sus adversarios, particularmente de los «tucanes» del Partido Socialdemócrata Brasilero (PSDB), su principal rival, así como por «terrorista» echándole en cara su pasado como activista de la izquierda revolucionaria, en la guerrilla que combatió la dictadura militar en los años setentas del siglo pasado. En el PSDB malmeten calificando a Rousseff de «dura», «autoritaria», «arrogante» y «dogmática», una mujer -arguyen- con el corazón más a la izquierda que Lula y más partidaria de la intervención del Estado en la economía.

Lula debe haber sacado lecciones importantes de los recientes comicios chilenos. Una, que la presidenta socialista, Michelle Bachelet, no pudo transformar su enorme popularidad en votos para el candidato oficialista, Eduardo Frei, que fue derrotado por el opositor Sebastián Piñera. A Lula, que tiene un índice de aprobación (82%) tan espectacular como el de Bachelet, le puede pasar lo mismo en el caso de Rousseff.

Una segunda lección lleva a prácticas de baja catadura democrática, como el ventajismo habitual en el régimen de presidente venezolano, Hugo Chávez, quien, por cierto, apuesta por Rousseff. Pero la pulcritud democrática de los chilenos evitó que Bachelet pusiera a favor de Frei el peso del aparato estatal más allá de lo prudente. ¿Jugará Lula tan limpio? Parece dudoso, entre otras cosas porque tiene la ardua tarea de llevar a Rousseff prácticamente desde el cero al infinito. Ella por si misma no llegaría lejos. A medida que los brasileños la van viendo de la mano de Lula, Rousseff crece en las encuestas, que en enero le daban una intención de voto del 28% y un rechazo semejante.

Frei partió con mucha ventaja respecto a Rousseff. Él es un elemento habitual de la política chilena. Fue presidente de la República (1994-2000) y su homónimo padre también (1964-1970), además de notable dirigente democristiano, conspirador contra la Unidad Popular y víctima de la dictadura pinochetista, que lo asesinó. En cambio Rousseff es una perfecta desconocida en Brasil, una funcionaria pública que nunca ha disputado un cargo de elección popular y que ha actuado bajo el escritorio de Lula como eficiente gestora del poder. Lula cree que si se sobrepuso a la tortura, y recientemente a un cáncer linfático, muy bien podrá superara el desafío electoral.

Así las cosas, por intermedio de Rousseff, Lula volverá a medirse en las urnas con José Serra, de 67 años, virtual candidato de la socialdemocracia y del ex presidente Cardoso, a quien venció en dos vueltas en los comicios de 2002. Estas próximas elecciones están llamadas a ser un plebiscito sobre quien fue mejor presidente. Lula o Cardoso. El propio Lula lo admite: «creo que en la cabeza del pueblo está presente la comparación entre ambos tipos de gobierno (…) que la prioridad de uno era el mercado (…) con sumisión al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial (…) mientras nosotros fortalecemos el Estado (…) abrimos los palacios al pueblo».

Francisco R. Figueroa