Brasil: el lulismo se impone

Las elecciones presidenciales brasileñas del 3 octubre próximo, que ya están en las calles, van a tener a Luiz Inácio Lula da Silva como protagonista, aunque solo sea candidato a gobernante jubilado. Lula va a ser el gran elector, primero porque ha impuesto a la candidata oficialista y después porque ha dejado claro que hará cuanto esté a su alcance para que ella gane.

Lula ha impuesto su voluntad personal al Partido de los Trabajadores (PT), que ha hecho tabla rasa de la democracia interna para oficializar a la indicada, Dilma Rousseff, como candidata presidencial, en un congreso a la búlgara celebrado en Brasilia.

De hecho, el otrora reivindicativo PT es un partido dócil al poder, es decir, a Lula. El PT – fundado hace 30 años por sindicalistas, trotskistas, socialistas, antiimperialistas y cristianos de la teología de la liberación, entre otros – ha sufrido en estos siete años que lleva Lula en el poder un «aggiornamento» al dejar en la cuneta – o en la disidencia – los postulados fundacionales para convertirse primero en ortodoxo y después en lulista.

El presidente brasileño ha asegurado esta misma semana en una entrevista periodística que no ha escogido a Rousseff, su jefa de gabinete, como jarrón chino ni como figura de transición hasta que él pueda nuevamente volver a ser candidato en 2014, porque cree que ella tiene resuello para dos mandatos.

Lula descartó que él vaya a ser el poder en la sombra si Rousseff conquista el Palacio de Planalto. «A rey muerto, rey puesto», sentenció, al tiempo que prometió que cuando acabe su mandato, dentro de diez meses, se convertirá en un fanático apoyando desde el graderío. Por supuesto que Lula da por descontada la victoria de Rousseff sobre el socialdemócrata José Serra, a quien él derrotó en las presidenciales de 2002.

¿Dónde basa Lula las posibilidades de triunfo de Rousseff? Posiblemente en el lulismo, esa corriente formada por millones de personas de las clases sociales bajas que se han beneficiado de los programas de Lula contra la pobreza y del significativo aumento del salario mínimo durante sus dos períodos presidenciales.

Esas personas no son de izquierdas; tampoco tienen una conciencia política clara. Aspiran a que se mantenga estable el actual estado de cosas. Según los estudios sociales, temen a cualquier conflicto político y, por supuesto, al cambio, a la vez que son partidarios de un Estado fuerte, protector y redistribuido de la renta nacional como el que, dirigido por Lula, mejoró sensiblemente su calidad de vida.

¿Populismo? ¿Asistencialismo? ¿Caudillismo? ¿Clientelismo? ¿Justicia social? Lo cierto es que una buena parte de los sectores brasileños de baja renta, que pueden representar la mitad del electorado, son lulistas. Se trata de un aprisco electoral gigantesco. Gracias sobre todo a ellos el presidente brasileño mantiene un nivel de aprobación de entorno al 80%, una popularidad desmesurada.

No se puede olvidar que Lula procede de esos sectores, a los que ha convertido en costumbre hablarle directamente. A todos los conquistó Lula durante su primer mandato porque antes no votaban al PT, que se nutría mayormente en las clases medias y los obreros de las urbes.

Lula procede de la pobreza más absoluta y sin más ilustración que un curso de formación profesional como tornero es visto por muchísimas personas como el mejor presidente entre la caterva de mariscales, almirantes, generales, latifundistas, oligarcas, juristas y doctores que le precedieron.

Todo esto posiblemente haga pensar a Lula, poseedor de una intuición política prodigiosa, en una larga era en el poder del PT.

En el Congreso del PT – que consagró a Rousseff por aclamación – todo estuvo montado para asociar la imagen de ella con la de Lula y su Gobierno, desde el telón de fondo con el retrato de ambos, y así será hasta las elecciones previstas para el 3 de octubre. La consigna es «con Dilma por el camino que Lula nos enseñó».

No hubo disimulos ni el discurso de Lula pidiendo el apoyo incondicional para Rousseff ni en el de ella aceptando la candidatura.

Lula quedó claro que Rousseff era «su» candidata personal y su obra más importante. De ahora en adelante, afirmó, su «prioridad de vida» hasta las elecciones es convertirla en presidenta. Alabó su figura de mujer, su capacidad y rigor en el trabajo, su condición humana, su coraje político, su tozudez y su valentía cuando a los 20 años arriesgó su vida frente a la dictadura. Estuvo presa tres años y fue torturada.

Rousseff estuvo a la altura de los elogios en un discurso leído, largamente entrenado. Dijo que continuará por la senda luminosa de Lula, «de un líder de quien me siento orgullosa, (…) que «con extraordinaria fuerza condujo la presidencia», (…) de un gran brasilero, (…) «el primer compañero», (…) «un gran maestro que nos enseñó el camino» (…) «de las transformaciones sociales profundas en un clima de paz, respecto y fortalecimiento de la democracia» (…) y recordó a los millones de personas que las políticas públicas de Lula sacaron de la miseria, es decir, el amplio feudo lulista capaz de convertirle en la primera mujer en la presidencia de Brasil.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com