Ni Zelaya ni Micheletti

La crisis en Honduras parece rumbo a su única salida, bajo la batuta de Estados Unidos, que pasa por la celebración de unas elecciones generales potables el 29 noviembre prescindiendo de los dos escollos que ahora hay: Manuel Zelaya y Roberto Micheletti. El problema será convencer al derrocado gobernante y a sus aliados, entre los cuales destacan Hugo Chávez, el mecenas, y Luiz Inácio Lula da Silva, su anfitrión.

Se trata de contentar a tirios y troyanos, dentro de la Constitución, preservando las instituciones democráticas y el Estado de derecho puesto que lo importante no son los intereses particulares de los dos pretendidos presidentes. Debe renunciar el «presidente interino» Micheletti a cambio de una canonjía, a lo mejore una curul vitalicia en el Congreso que lo haga intocable. Micheletti no debe oponerse. El «presidente derrocado» Zelaya sería restituido, pero temporalmente y con la alas recortadas. No sería juzgado por las violaciones a la Constitución que desembocaron hace tres meses en su derrocamiento y deportación. Tendría que renunciar para dar paso a un Gobierno de concertación que administraría el país hasta el traspaso del poder a quien resulte elegido presidente en las elecciones del 29 de noviembre. Todos los implicados serían beneficiados por una amnistía y recibirían alguna forma de compensación. Se ha hablado de asegurar el acuerdo con «cascos azules» de la ONU, pero resulta difícil esta operación con tan poco tiempo por delante.

Quedan importantes cabos sueltos con nombres y apellidos. Primero está el propio Zelaya, un personaje que últimamente desvaría en su campamento en la embajada de Brasil en Tegucigalpa. Está empecinamiento en ser presidente hasta el último día de su mandato. Tampoco está claro cómo podrá ser controlado Zelaya una vez repuesto en el poder y, obviamente, no hay garantías de que se deje. Ahí entrarían los cascos azules. Habría que convencer primero a sus amigos y consejeros para que lo convenzan de que no hay otra salida. El brasileño Lula da Silva pude ser fundamental en este punto. Después aparece el megalómano Chávez que, sirviéndose de sus aliados, puede entorpecer ese plan tanto por venir de Estados Unidos y la derecha empresarial hondureña como porque volatiza lo que ya él consideraba un satélite de su imperiete, su segunda pica en Centroamérica después de Nicaragua, a la espera de que pueda caer El Salvador del Frente Farabundo Martí en el redil bolivariano. Pero Chávez puede abandonar a un Zelaya sin futuro si ve que tiene —como parece— posibilidades de ganar las elecciones presidenciales el candidato de izquierda Carlos Reyes.

En los últimos días surgieron bastantes señales sobre ese proyecto de acuerdo dentro y fuera de Honduras, mientras la Organización de Estados Americanos (OEA) daba muestras de enflaquecimiento en su apoyo a Zelaya. En concreto en Estados Unidos, la ONU, las Fuerzas Armadas y los empresarios hondureños, y el propio Micheletti. Pero Zelaya ya ha manifestado públicamente su posición entre el bosque de declaraciones que hace a diario desde su refugio en la embajada brasileña en Tegucigalpa: «Ellos proponen otro golpe de Estado; sacar a Micheletti y poner otro presidente. Eso no es aceptable por un demócrata como yo», ha dicho. Él quiere si silla de vuelta, sin condiciones, de modo que sigue llamando a la insurrección.

En la OEA, Estados Unidos, Canadá, Bahamas, Costa Rica, Panamá, México y Perú no se muestra dispuestos a apoyar una resolución que condene los resultados de las elecciones sin Zelaya. Está claro que Zelaya no tiene el respaldo de Estados Unidos. De hecho solo lo tuvo en apariencia. «Washington no está inclinado hacia Zelaya; simplemente apoya la democracia, que es el pilar de nuestra política exterior», ha precisado el embajador en Honduras Hugo Llorens. Por su parte, el embajador en al OEA, Lewis Anselem, no disparataba cuando, el lunes pasado, calificó de «irresponsable e idiota» el retorno clandestino de Zelaya a Honduras y, sin nombra a Venezuela o Brasil, echaba la responsabilidad de la violencia presente y futura a quienes facilitaron el regreso. Al mismo tiempo se refería a Zelaya como la estrella de un disparatado viejo filme de Woody Allen, posiblemente «Bananas».

Francisco R. Figueroa
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