Cuba: la Parca llama a la puerta

La Parca ha proyectado su sombra enjuta sobre los hermanos Castro. La muerte de quien al menos nominalmente era considerado el «tercer hombre» del régimen cubano deja la certeza al cincuenta por ciento de que uno de los otros dos será el siguiente. La incertidumbre está en el cuándo y cual de ellos irá al pudridero detrás de Juan Almeida.

Era comandante de la revolución, héroe de la patria y el negro más encumbrado del castrismo. Almeida fue compositor, poeta y albañil hasta que se enroló con Fidel. Tenía una hija [Beatriz] disidente en Estados Unidos y otro [Juan Juan] —aquel cuyo nacimiento Fidel anunció al mundo durante un discurso desde la Plaza de la Revolución— está procesado por tratar de fugarse de la isla. Parece que la revolución ha engendrado bastantes hijos inconstantes. Con 82 años de edad, Almeida estaba entre Fidel [83] y Raúl [78], por quienes siempre tuvo una fidelidad perruna. Pero poder real parece que nunca tuvo y, como dice un buen conocer de Cuba, ni siquiera fue capaz de ayudar a su hijo efermo a dejar de la isla.

Ahora entre los históricos del régimen cubano ya solo queda, exceptuados los Castro, un único sobreviviente del fracasado asalto al cuartel de Moncada [1953] y de los 82 expedicionarios del yate Granma [1956]: Ramiro Valdés [77], sin contar a Guillermo García, considerado la primera incorporación al ejército rebelde tras aquel amaraje, más que desembarco, de los pasajeros del mítico barco, que estuvo a punto de dar al traste, antes de comenzar, con la revolución en el desolado manglar de Los Cayuelos. La vieja guardia cubana se reduce ahora a un puñado de ancianos, el más mozo con 67 años.

Justo ha ocurrido esta muerte cuando la isla de los viejitos se llena de conjeturas sobre un eventual retorno de Fidel al timón del gobierno, al cabo de tres largos años de enfermedad y de casi diecinueve meses con Raúl de presidente, supuestamente concluida su rehabilitación, después de que las últimas imágenes lo mostraran con un mejor aspecto y ya sin esos chándales que lució como pijama de enfermo y prematuras mortajas.

Que el anciano dictador antillano vuelva al ejercicio del Gobierno —el poder nunca lo ha perdido ni lo abandonará en vida— se antoja improbable. No lo necesita. Todo indica que sobrevive mejor solo como oráculo y manteniendo las riendas del Partido Comunista, el superlativo poder cubano. También hay que tomar en consideración aquella promesa suya de cuando traspasó el gobierno a Raúl sobre que «no aspiraría ni aceptaría el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe». Claro que todo es reversible, menos la muerte.

Si no apresuran por hacer un relevo generacional para garantizar la continuidad del régimen podría ocurrir una acefalía peligrosa. En ese sentido, quizás la muerte de Almeida haga recapacitar a los Castro sobre la conveniencia de celebrar el VI Congreso del Partido Comunista para llevar a cabo la renovación de cuadros insinuada por Raúl hace poco más de un mes, cuando anunció un nuevo aplazamiento de dicha convención.

Si no se hiciera un rejuvenecimiento en la cúpula del régimen, la desaparecieran los hermanos Castro uno tras otro en un lapso corto de tiempo dejaría la continuidad en manos de la actual gerontocracia. Parece razonable pensar que no tendrían opciones por estar con las fuerzas menguadas los dos José Ramones —Machado [78] y Balaguer [77]—, ambos médicos, o los dos comandantes Ramiro Valdés [77], el más temible todos ellos, y Guillermo García [81].

Seguramente tendrían más opciones en el reparto del Gobierno —o a la disputa por él— los generales, los Julios -Colomé Ibarra [70] y Casas Regueiro [73]- junto a Leopoldo Cintra [68] y Ulises Rosales del Toro [67]. También porque siendo militares uno de ellos parecería más propenso a unir las fuerzas armadas cubanas para el sostenimiento del régimen castrista, aunque seguramente sería por poco tiempo.

El régimen comunista cubano parece llamado a perdurar poco más de lo que aguanten los Castro, como cualquier gobierno personalista. Por más que se siga tratando de pintarla bonito, aquello siempre ha sido una satrapía que hoy se sotiene porque el pueblo está herido de hambre, maltrecho y ofuscada por cincuenta años de castrismo y mucho más de dictadura.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com