Juanes entre Washington y La Habana

Si en verdad el cantante colombiano Juan Esteban Aristizábal Vásquez «Juanes» lucha por un mundo mejor, con ocasión de su polémico concierto que junto a un grupo de amigos dará en La Habana dispone de una oportunidad única para demostrarlo.

Antes de cantar, el 20 de septiembre próximo, en la Plaza de la Revolución, el emblemático escenario de los grandes eventos del castrismo, Juanes debiera mostrarse claro respecto a si ese concierto forma parte de las iniciativas para allanar el camino entre Washington y La Habana iniciadas cuando el presidente Barack Obama abrió el trato con la isla y anunció un nuevo tiempo en los vínculos de Washington con su agraviado «patio trasero».

Siendo Juanes un personaje tan influyente en América Latina parece que debiera tomar precauciones con lo que hace y dice porque un concierto en La Habana no es un asunto baladí. No es lo mismo cantar en La Habana que en Madrid, aunque él diga que sí. En Cuba las buenas intenciones se desquician y acaban teniendo otro sentido.

Con independencia de lo que ha manifestado el sector más incorregible del exilio cubano, el concierto de Juanes puede ser útil en este nuevo tiempo siempre y cuando el cantante colombiano y sus compañeros de cartel puedan evitar que sea instrumentalizado por el régimen dictatorial de los hermanos Castro y menos en los actuales tiempos de penurias extremas que viven los cubanos. La prevista actuación junto a Juanes de artistas adeptos al régimen castrista como Silvio Rodríguez provoca muy malas vibraciones políticas.

«No soy comunista ni estoy alineado con el régimen cubano ni voy a cantarle a Castro», ha explicado Juanes a modo de desmarque de la dictadura y ante las críticas, insultos, agresiones y hasta amenazas de muerte surgidas contra él de la comunidad cubana de Estados Unidos.

El Departamento de Estado estadounidense se ha pronunciado a favor de intercambios culturales como ese concierto o las próximas actuaciones en Cuba de la Filarmónica de Nueva York, que el año pasado tocó en Pyongyang, el corazón del tenebroso imperio del mal norcoreano. El inicio de relaciones de Estados Unidos con La China maoísta fue posible por unos sencillos partidos de ping-pong disputados en 1971. ¿Por qué, entonces, un concierto de Juanes ahora no puede tener efectos benéficos en la distensión entre Washington y La Habana? Salvo por la persistencia en el error de Fidel Castro sea mayor que la de Mao Zedong. Entre ambos, en tozudez seguramente gana Fidel.

Antes de poner manos a la obra, en mayo pasado, Juanes se reunió con la secretaria de Estado, Hillary Clinton, otros funcionarios del Gobierno y miembros del Congreso federal en busca de apoyo a la realización del concierto en La Habana. En junio Juanes recabó en La Habana la aprobación oficial de Cuba, que ya entonces imprimió al concierto un sesgo oficialista al dar a entender que el cantante colombiano pretendía manifestar «la solidaridad, el amor y el cariño» por Cuba.

Si el evento sigue adelante es porque cuenta con el beneplácito de la administración de Obama y si, además, Juanes está decidido, a falta de patrocinadores, a correr con los 300.000 dólares de gastos del concierto es porque hay mucho en juego. Mucho más que los derechos por las ventas de la grabación del histórico concierto y mucho más que cosas tan loables pero etéreas como la «paz sin fronteras», el lema de este tipo de eventos.

¿Qué tanto? De momento están claros los intereses políticos. Más allá de las proclamas de paz, amor, tolerancia y esperanza que hace Juanes aparece la idea de un acercamiento y entendimiento entre los dos países, aspectos destacados coincidentemente por el grupo de obispos de la Iglesia Católica en Estados Unidos, encabezado por el cardenal de Boston, Sean O'Malleu, que acaba de estar en Cuba. «Creo que reforzar los lazos culturales, artísticos y educativos es un preludio a los lazos diplomáticos y comerciales. Siempre pasa así», ha declarado por su parte el gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, de visita a La Habana.

Cuba «es un país de 11 millones de personas que está aislado por razones políticas, históricas. Y eso no puede seguir así», ha explicado Juanes. Valdrá la pena su celebración si el concierto puede construir aunque solo sea otro puente imaginario entre ambas orillas del estrecho de la Florida o transporte por unas horas a los cubanos fuera de su durísima cotidianidad, aunque finalmente no resulte útil para aliviar las tensiones entre Cuba y Estados Unidos.

Para celebrar un concierto así en La Habana se necesita, sobre todo, la anuencia del Gobierno castrista, por mucho que el director artístico del evento, Amaury Pérez Vidal, otro cantante partidario del régimen incluido en el cartel, se esfuerce por rodear el evento de normalidad y lo despolitice. Nada en Cuba queda libre al azar y menos un acto así, con esos protagonistas, con la polvareda que trae, capaz de congregar a más de medio millón de personas, en su inmensa mayoría jóvenes, en los 70.000 metros cuadrados de la Plaza de la Revolución y que concita la atención de medio mundo. Toda la carne que se ha puesto en la parrilla no se va a cocinar sin condimentos.

Los Castro deben tenerlo todo atado y bien atado. Impedirán que se celebre el concierto si ven el menor riesgo de que sirva de válvula de escape o se produzcan amagos de contestación o se escuchen reclamos sobre libertades civiles, presos políticos o el derecho a salir de la isla, aunque los organizadores crean que ya no hay marcha atrás.

Juanes ha anticipado que este es «el momento preciso para comenzar algo» con Cuba, que no especifica, pero que, según explica, no hubiera sido posible cuando George W. Bush era el inquilino de la Casa Blanca. «Seguro que con Bush no estuviéramos hablando de esto, pero con Obama en la presidencia creo que es diferente», ha declaro Juanes, con lo que puso más matices políticos al concierto.

Está por ver –como algunos exaltados anticastristas temen– si el cantante colombiano peca de ingenuo o termina haciendo el caldo gordo a la dictadura cubana junto con sus compañeros de reparto, entre los que aparecen, entre otros, el hispano-ítalo-panameño-colombiano Miguel Bosé y la puertorriqueña Olga Tañón, o sirve a la noble causa de llevar una luz de esperanza a los jóvenes cubanos.

Otros artistas latinoamericanos han sospesado esos y otros riesgos y se han negado a acompañar a Juanes a La Habana. Gloria Estefan opina que Juanes actúa de buena fe y como persona libre. Pero reconoce que ella no sería autorizada a cantar en Cuba. Como tampoco ha sido bien vista la pretendida presencia en el concierto del grupo cubano disidente «Porno para Ricardo» que lidera Gorki Águila, quien desde hace tres meses vive en México y para quien Juanes es una persona bien intencionada, pero ingenua. En Cuba «solo toleran a artistas del tralará, que cantan canciones de amor, a los que se expresan en inglés y quienes aún creen en la patraña del comunismo», ha declarado el músico, cuyas canciones –como «El coma-andante» o «El general»– son absolutamente lacerantes para Fidel y Raúl Castro.

Sería un gran sorpresa ver a Juanes, Bosé o Tañón lanzar desde el tablado de su actuación en la Plaza de la Revolución un mensaje a favor de la democracia y las libertades en Cuba. Y no es que eso no sea necesario, pero no lo harán.

Aunque lo pretendan Juanes y sus amigos, aunque no aparezcan detrás de la tarima ningún de los símbolos políticos que hay en la Plaza de la Revolución -incluida la silueta de Ernesto «Ché» Guevara sobre la fachada del Ministerio del Interior o el Monumento a José Martí o el Palacio de la Revolución- y aunque no se griten consignas políticas éste no será el concierto «blanco» que algunos cándidos aseguran.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com