Gabo el leal

Probablemente el escritor colombiano Gabriel García Márquez sea el único amigo que tiene el comandante cubano Fidel Castro. Los demás en su entorno son familiares, subordinados o cómplices. En honor de una amistad que el caudillo antillano define como «vieja, sincera y entrañable», el colombiano ha publicado un leal artículo por el reciente 83 cumpleaños de Castro sin un asomo de crítica a la problemática situación cubana al cabo de medio siglo de revolución comunista.

Se conocieron en los albores de la revolución, cuando García Márquez se unió a la llamada «Operación Verdad» montada por Castro y trabajó en La Habana, donde vivió seis meses, en la recién fundada agencia Prensa Latina. Gabo, también octogenario, ha confesado que la suya con Castro es una amistad «muy personal y sostenida por un gran afecto» que empezó por la literatura. «Fidel Castro es un lector voraz, amante y conocedor muy serio de la buena literatura de todos los tiempos», agregó.

En varias oportunidades García Márquez ha sido aconsejado por Castro sobre sus libros. Según se cuenta, una vez le advirtió acerca de un error de cálculo en la velocidad del barco en «Relato de un náufrago», otra sobre la edad de un caballo en «El amor en los tiempos del cólera», mientras que en «Crónica de una muerte anunciada» fue sobre las especificaciones del fusil de cacería. Parece que esa amistad está amarrada por la enorme fascinación que, según su biógrafo Gerald Martin, García Márquez siente por el poder.

«En los años setentas fue un activista muy directo, un partidario de la revolución cubana y de sus aventuras africanas» (las intervenciones militares en Angola y Etiopía, fundamentalmente), agregaba Martín cuando promocionaba su libro «Gabriel García Márquez: A Life». Con el paso del tiempo las posiciones políticas del escritor colombiano se han convertido en «más defensivas», agregaba Martin, para quien el autor de «Cien años de soledad» defiende ahora la revolución cubana porque ve en ella «un símbolo de la independencia y la dignidad latinoamericanas».

El escritor «es amigo de Castro, pero no creo que sea partidario del sistema (cubano) porque nosotros visitamos el mundo comunista (las extintas Unión Soviética y Alemania del Este) y quedamos muy desconcertados» con el socialismo real, según dijo, por otro lado, su colega, compatriota y compadre Plinio Apuleyo Mendoza, quien atribuye a la amistad personal de Gabo con Fidel la libertad de «tres mil doscientos, al parecer» presos políticos, entre ellos disidentes del castrismo tan representativos como los escritores Heberto Padilla, Armando Valladares y Norberto Fuentes.

En alguna ocasión Gabo no ha sido fiel a su amigo Fidel. Por ejemplo cuando el escritor apoya entusiásticamente al venezolano Movimiento al Socialismo (MAS), al que donó en 1972 el importe (cien mil bolívares de la época que equivalía a 23.255 dólares) del Premio Rómulo Gallegos concedido por «Cien años de soledad» y más tarde los derechos de su libro de reportajes «Cuando era feliz e indocumentado». El MAS lo formaron en 1971 gente que rompió con el Partido Comunista de Venezuela (PCV), a los que Fidel Castro consideraba «traidores» en una brutal campaña mundial de insultos y calumnias» (así la recuerda Teodoro Petkoff) por haber abandonado la lucha armada que el líder cubano patrocinaba entonces en la Venezuela democrática. «La posición de Fidel Castro y la mía no tiene porqué coincidir siempre en todo», dice Plinio Apuleyo de Mendoza que le dijo su compadre Gabo. Juan Carlos Zapata, en un libro «Gabo nació en Caracas no en Arataca» afirma que si el escritor colombiano no ha endosado al presidente venezolano, Hugo Chávez, su afecto por Castro es porque ya está lo suficientemente mayorcito par dejarse confundir, a estas alturas de la historia, cuando resultado evidente el fracaso del modelo cubano. García Márquez continúa siendo buen amigo de Teodoro Petkoff, uno de los fundadores del MAS, partido con el que acabó rompiendo precisamente a causa del apoyo al proyecto de Chávez. «Lo que en sus memorias deje dicho Gabo sobre su relación con Fidel Castro tal vez constituya uno de los más apasionantes testimonios políticos del siglo veinte», asegura el ex guerrillero comunista y hoy director de periódico Petkoff.

Hace algún tiempo Plinio Apuleyo Mendoza manifestó su creencia de que si fuese posible un proceso de liberalización del régimen cubano, García Márquez podría jugar en ese sentido «un papel importante». «De hecho, él ha facilitado encuentros y diálogos de Castro con presidentes democráticos de América Latina buscando una apertura. ¿Ilusiones suyas? ¿Pasos hacia una nueva realidad? La respuesta sólo podrá darla el futuro», dijo. Pero el tiempo ha pasado sin que posiblemente Gabo se haya atrevido a plantearle a Fidel la necesidad de liberalizar su régimen político, sabedor de su tozudez, su determinación sólida y sus fortísimas convicciones. De otro lado, una propuesta semejante representaría una falta de respeto y decirle al amigo que su vida y su obra han sido un gran fiasco. Justo cuando García Márquez ha publicado el artículo encomiástico por el cumpleaños de Fidel, el régimen castrista —dirigido nominalmente por el general Raúl Castro—, está fuertemente empeñado en su propia supervivencia con la nación sumida en una situación social y económica extremadamente delicadas.

Afirma García Márquez en ese artículo –del que trasciende más la persona que el líder revolucionario– que «el mayor estímulo» en la vida de Fidel Castro «ha sido su emoción al riesgo». Quizás por eso mantiene permanentemente a Cuba en el filo de la navaja y en guardia frente a una invasión del «enemigo imperialista» que nunca se producirá. Afirma Gabo que Fidel tiene un discurso para cada interlocutor y que exige está permanente informado sobre todo y sobre todos. Tal vez por esa avidez insaciable de información la Seguridad del Estado haya desarrollado un sistema tan depurado para escudriñar la vida de los cubanos, hasta el punto de que en la Isla se hace realidad aquello de que no vuela un mosquito sin el permiso del gran líder. Si Fidel tuviera esa facultad para «vislumbrar la evolución de un hechos hasta sus consecuencias remotas» que le atribuye el escritor colombiano hace mucho tiempo que se hubiera visto así mismo y a su país postrado.

García Márquez demuestra veneración por Fidel cuando lo sitúa a la altura de Simón Bolívar y José Martí en esa visión que tiene de América Latina como «una comunidad integral y autónoma, capaz de mover el destino del mundo», cuando lo describe como un idealista «de costumbres austeras e ilusiones insaciables» y como un soñador convencido de que «los estímulos morales, más que los materiales, son capaces de cambiar el mundo y empujar la historia». Pero la imagen que el mundo tiene de Fidel Castro es la de un anciano aferrado a la vida, obstinado en una ideología fracasada, un charlatán contumaz, un dictador mandón que no permite más verdad que la suya ni más credo que el que él ha inventado, que por su dogmatismo a ultranza las personas enfrentan en la isla serias penurias, que no permite a la gente disponer de sus vidas ni todas esas cosas cotidianas, comunes y corrientes en libertad que para un cubano son quimeras.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com