Guerra de nervios, por ahora

¿Cuánta gasolina más puede ser echada al viejo y recalentado conflicto colombo-venezolano hasta que explote? Los presidentes Hugo Chávez, sobre todo, y Álvaro Uribe llevan años atizando la discordia. Hasta ahora el rédito político interno que han tenido es indudable. Como los dos caudillos parecen decididos a eternizarse en el poder, ¿tendrán que llegar a las manos cuando el diccionario se les quede chico?

Hoy parece bastante difícil, aunque no impensable, que ocurra otra de esas reconciliaciones presidenciales suyas tan recurrentes. De hacer caso a Chávez, la ruptura de relaciones con Colombia –sobre la que instruyó en directo por televisión a su Canciller, Nicolás Maduro– sería inminente debido a las bases militares que Estados Unidos usará en el vecino país, con lo que la gresca de vecinos se convertiría en un rompimiento con daños incalculables y daría al traste por anticipado la cumbre extraordinaria que tienen previsto celebrar los mandatarios de América del Sur este viernes en Bariloche. Chávez habla tanto y tan seguido de una situación de bélica con Colombia que un día de estos va a acabar declarando la guerra por televisión en una de sus frecuentes peroratas.

Una guerra entre Colombia y Venezuela forma parte del primer escenario que manejan los estados mayores de ambos países, tema prioritario de estudio en las academias miliares posiblemente desde que la inaguantable rivalidad entre unos y otros acabó con la secesión de la Gran Colombia bolivariana en 1830. Es notoria en el nacionalismo venezolano su sólida base anticolombiana, su animadversión por el vecino, la sensación de superioridad que respira. Venezuela no tiene a la vista otro enemigo que Colombia pues del conflicto territorial con Guayana por el Esequibo nadie parece acordarse, aunque siga ahí como un apéndice fantasmagórico en los mapas oficiales. Las Fuerzas Armadas que dirige Chávez no tienen por ningún lado más objetivo que Colombia. Esa es, pues, su razón de existencia y el único posible enemigo del que hay que defender el solar patrio pues no hay asomo de litigios en el selvático flanco sur con Brasil. Colombia y Venezuela tienen viejos pleitos territoriales que no han salido a relucir –de razones posiblemente calculadas– en la actual escalada verbal que las enfrenta. Si asomara la reivindicación colombiana sobre el Golfo de Venezuela –un reservorio enorme de petróleo y gas–, o la pretensión venezolana sobre la Guajira y los Llanos Orientales colombianos, que la Constitución de Venezuela reconoce como parte del territorio nacional, entonces se estaría más cerca de una guerra. Esas reclamaciones territoriales están aparcadas desde que en 1987 los dos países estuvieron cerca de una guerra que ambos se apresuraron en evitar.

Chávez es un fanfarrón, pero no parece tonto para iniciar un conflicto armado que podría constarle el puesto, salvo que fuera a la desesperada –como hicieron los militares argentinos de la dictadura cuando desencadenaron la Guerra de las Malvinas contra Gran Bretaña– o se volviera loco de remate. Él es un militronche y conoce al dedillo la situación castrense de los dos países. Tampoco se le reconocen dotes de gran estratega ni de valiente soldado. La única vez en su vida que entró en combate real fue con ocasión de la cruenta intentona golpista de 1992 que capitaneó. Acabó refugiándose en un museo de Caracas sin poder conquistar un palacio presidencia malamente guarnecido y con el jefe de Estado huido. Se rindió mientras los demás jefes de aquella asonada conquistaban sus objetivos en distintas zonas del país. Con ocasión de su breve derrocamiento en 2002 tampoco, según sus biógrafos, su comportamiento pidiendo perdón y confesión estuvo a la altura de un gran soldado. De modo que las Fuerzas Armadas venezolanas parecen carecer de un líder para la guerra. Si faltara Chávez Venezuela quedaría bastante tiempo entumecida, pero si desapareciera Uribe la institucionalizada Colombia seguiría andando. Las Fuerzas Armadas venezolanas no tienen la menor experiencia de combate, a diferencia de las colombianas que llevan medio siglo curtidas en una interminable guerra interna contra las guerrillas, el narcotráfico y los parapoliciales. Colombia dispone de un Ejército curtido y bien entrenado, con el triple de efectivos que el venezolano. Cuenta con apoyo de Estados Unido. Mientras Venezuela tiene un Ejército fuertemente politizado y polarizado, como la propia sociedad nacional, en Colombia se observa unidad. En caso de guerra entre los dos países Venezuela podría disponer del apoyo de las narcoguerrillas colombianas, a las que ha reconocido formalmente como «fuerzas beligerantes», y de Ecuador, que tiene un modesto Ejército y está reñido con Colombia por el ataque en su territorio a un campamento de las Farc supuestamente consentido por el Gobierno de Quito. Es cierto que alentado por los elevados precios del petróleo Chávez se ha lanzado en los últimos años a una carretera armamentista (cazabombarderos, helicópteros y fusile rusos y ahora submarinos) y que su capacidad ofensiva podría ser superior a la de Colombia, que sobre el papel no podría utilizar en un conflicto exterior el armamento que recibe de Estados Unidos.

Una guerra imposibilitaría el comercio bilateral, tan vital para Venezuela sobre todo en el suministro de alimentos. Ese comercio importantísimo asciende unos 7.000 millones de dólares al año. Venezuela tardaría bastante en encontrar suministradores alternativos en Argentina o Brasil, país éste con el que mantiene serios problemas por retrasos de pagos de importaciones de más de ocho meses. Una guerra sería capaz de paralizar la industria petrolera venezolana, que con sus más de 2.500.000 barriles diarios de producción, de los que el 60% va a Estados Unidos, es el gran sostén de la Nación y, por tanto, del régimen de Chávez. El mercado no apuesta en una guerra entre Venezuela y Colombia, ni el del petróleo ni el de los bonos pues estos días sigue habiendo apetito por los papales venezolanos, que han dado unas ganancias de casi el 60% en lo que va de año. El mercado parece está acostumbrado a que Chávez cuando no está nacionalizando a algo se está enfrentando verbalmente a Colombia o a Estados Unidos o ambas naciones al mismo tiempo. Los sensibles sensores de Wall Street no escuchan tambores de guerra.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com