Bases yanquis: Chávez va perdiendo

La primera batalla de la enconada guerra verbal deflagrada a causa de las bases militares colombianas que Estados Unidos se propone usar ha sido perdida por el bando chavista. El fuego graneado por sorpresa del venezolano Hugo Chávez durante la cumbre presidencial de América del Sur, celebrada el lunes pasado en Quito, fue secundado solo a medias por sus aliados ideológicos del pacto bolivariano, el boliviano Evo Morales y el ecuatoriano Rafael Correa. Los demás procuraron evitar el enfrentamiento con Barack Obama y trataron de poner cordura en un debate aparentemente disparatado.

América del Sur se mantuvo incapaz de adoptar una posición común sobre la utilización por Estados Unidos de esas siete bases colombianas, motivo por el que Chávez lleva días haciendo sonar tambores de guerra. Los ocho de los doce mandatarios que se reunieron en la capital de Ecuador con motivo de la tercera cumbre de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la segunda toma de posesión del presidente Correa defirieron su pronunciamiento a una nueva conferencia de jefes de Estado sin fecha fija, posiblemente en Bariloche (Argentina), según lo que pueda quedar acordado en una reunión ministerial previa dispuesta para el día 24 próximo.

Pese a la vehemente insistencia de Chávez en sus fantasías de guerra de que hay en la región un ambiente bélico y que esas bases son la cabeza de playa de un posible ataque yanqui a Venezuela en pos de sus ingentes recursos petroleros, el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva bajó el tono de la improvisada discusión desatada en el último minuto el mandatario venezolano fuera de agenda. Lula habló de la necesidad de convocar a Obama cara a cara a que clarifique el asunto y los planes de su administración para América Latina. La mayoría estuvo de acuerdo. El presidente estadounidense había dado explicaciones anticipadas que parecieron haber satisfecho a varios de los presentes en la reunión, celebrada en el histórico convento de san Agustín.

En la ciudad mexicana de Monterrey, donde conferenciaba con su colega de México, Felipe Calderón, y el primer ministro de Canadá, Stephen Harper, Obama criticó sin nombrarlo a Chávez por su doble rasero. Obama censuró la «hipocresía» de quienes por un lado piden que los yanquis salgan de América Latina y por otro reprochan a Washington falta de acción en la crisis de Honduras abierta por la destitución del presidente Manuel Zelaya. Calderón apostilló que esa situación es, en efecto, paradójica y Harper remachó que si él fuera estadounidense estaría «harto de tanta hipocresía de esos tipos que exigen que intervenga en Honduras, pero que condenan la cooperación con Colombia, que se lleva a cabo por razones legítimas contra el narcotráfico», en clara referencia a Chávez y sus aliados.

En la cumbre de Quito, la argentina Cristina Fernández –aunque se hizo un lío al endilgar a Estados Unidos tanto el origen de la crisis global como el de Gripe A– acabo desmarcándose de Chávez cuando pidió evitar los discursos «exaltados», «estridentes» y «flamígeros». Pero se mostró lisonjera con el venezolano al asegurar que se está creando en América del Sur «una situación de beligerancia inédita e inaceptable». Fernández convocó a sus colegas suramericanos un conferencia monográfica sobre el tema de las bases, con la necesaria presencia del colombiano Álvaro Uribe, quien no acudió a Quito para huir de una posible encerrona chavista en terreno hostil habida cuenta también de que las relaciones bilaterales están rotas por iniciativa de Correa como consecuencia del ataque, el año pasado, por soldados colombianos al campamento en Ecuador –presumiblemente consentido por el gobierno de Quito- del entonces «número dos» de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Raúl Reyes, que murió allí mismo. Colombia ha manifestado su disposición a hablar con sus pares suramericanas, pero no solo de las bases sino también del creciente armamentismo en la región, particularmente el de Venezuela y Brasil–, del tráfico de armas para los narcotraficantes y los terroristas, y de otros acuerdos militares que naciones suramericanas mantienen con potencias extranjeras, como Brasil con Francia.

Perdió, pues, en Quito el bloque chavista porque fue imposible imponer la voluntad de Chávez, Morales y Correa de que la cumbre expresara la «preocupación y rechazo» de los mandatarios a la presencia estadounidense en Colombia, para cuyo planteamiento en la conferencia Bolivia hizo de peón de Chávez. No hubo «la condena ejemplar» que la izquierda latinoamericana vaticinaba. Tampoco se produjo la expulsión de Colombia de la Unasur como pretendía Chávez. La irritación inicial mostrada por países como Brasil y Argentina, pareció diluida después de que el presidente Obama hubiera garantizado, en vísperas de la cumbre de Quito, que no ha autorizado un nuevo acuerdo militar con Colombia y que se trata sencillamente en usar siete bases para actuaciones exclusivamente en Colombia contra la guerrilla y el narcotráfico, de acuerdo a un antiguo convenio bilateral de sobra conocido. Se trata de ampliar la cooperación existente y no de instalar bases para uso exclusivo en las que Estados Unidos siente sus reales. El Departamento de Estado había hablado paralelamente de un «plan positivo» para América Latina consistente en promover la prosperidad, la lucha contra el narcotráfico, la justicia y la igualdad de oportunidades. Fueron importantes las razones que en el mismo sentido recibieron Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay personalmente del presidente Uribe, que hizo una gira ex profeso. Por ahora ha primado el principio del respeto a una decisión soberana de Colombia de acuerdo a sus intereses internos. A nadie en América Latina, excepto el eje chavista, incluida Cuba, le interesa el enfrentamiento con Estados Unidos y menos ahora que con la llega al poder de Obama parece que se ha abierto un nuevo tiempo en las relaciones hemisféricas que, como propone Brasil, hay que aprovechar par evitar el regreso a los errores del pasado.

Francisco R. Figueroa
Franciscorfigueroa@hotmail.com