Cristina en horas bajas

La presidenta Cristina Fernández parece ir, de la mano de su marido, Néstor Kirchner, de desastre en desastre, como refleja la vertiginosa caída del favor popular del 58% al 24% en seis meses escasos que lleva al timón de Argentina.

Ningún otro presidente argentino desde que acabó la dictadura hace 25 años ha recibido en tan poco tiempo tantas críticas ni acumulado tantos conflictos en tantos frentes a la vez, según graficaba la situación una influyente publicación digital suramericana.

El desgaste debe ser compartido porque en Argentina tanto manda, manda tanto, Néstor como Cristina. El poder es allí un bien ganancial desde que él transfirió a ella el bastón de mando, en diciembre último, o quizás desde el mismo instante en que ambos decidieron convertir en asunto de familia la presidencia de la Nación.

Los hechos demuestran que el esposo, que formalmente es el jefe del Partido Justicialista (peronista), mantiene todo su poder en el Ejecutivo. Es el poder «K». En realidad el gobierno de Argentina es un «ménage à trois»: ella (Cristina Fernández), él (Néstor Kirchner) y el jefe del Gabinete ministerial, Alberto Fernández, una especie de mayordomo fiel. Está también el piquetero Luis D’Elía, que hace la colada repartiendo improperios y mamporros. Se gobierna por decreto, con poderes delegados por el legislativo, y en medio de un griterío.

El deterioro de la señora Kirchner se ha agudizado en los dos meses y medio último, en la áspera y descontrolada batalla que libra con los cuatro gremios de empresarios del campo (que suman cerca de 300.000 afiliados) por una subida de impuestos a las exportaciones de granos. Esta batalla ha puesto de relieve el papel decisivo del señor Kirchner en apoyo de la señora Kirchner. El oficialismo tilda las protestas de «desestabilizadoras» y «golpistas» con el ánimo de destituir a la presidenta, a sus impulsores de ser miembros de «la oligarquía» y a la prensa que la apoya de «profetas del odio».

Contribuye negativamente en esa crisis la intransigencia de ambos Kirchner, su mal genio y las maneras de los dos de entender el poder en términos de fuerza y seguir una estrategia del combate frontal a quienes osan oponérseles.

La situación es muy grave en un país que es lo que es gracias a la agricultura. Argentina es el primer exportador mundial de girasol, el segundo de maíz, el tercero de soja y el cuarto de trigo, y ocupa también puestos de relevancia en el comercio de derivados de estos granos.

La crisis le costó el cargo al ministro de Economía, Martín Losteau. A su sucesor, otro Fernández (Carlos), algunos lo ven quemado tras solo un mes en el cargo. La situación ha sido calificada como la crisis más innecesaria e inexplicable de la historia argentina.

Los Kirchner se muestran decididos a hincar de rodillas a los empresarios rurales, a que el campo muerda el polvo de la derrota, aseguran los comentaristas. El estilo de ambos parecer ser consecuencia de la consigna «Perón si, Stalín no» acuñado por los disidentes justicialismo de kirchnerismo, que acusan así de stalinismo al mismísimo señor Kirchner.

La presidenta es famosa por sus arrebatos de cólera y por sus gritos. Desdeña a la prensa, menosprecia a la oposición, es obsesiva y arbitraria, dicen quienes la conocen, según se lee en los periódicos argentinos. Propensa al autobombo, maneja a su gusto las estadísticas y parece que las maquilla tanto como a ella misma. Su marido decapitó el instituto nacional de estadística porque daba datos que a él no le convenían. Los Kirchner basan sus «éxitos» en unas estadísticas manipuladas, alegan sus críticos.

Dicen instituciones privadas que la inflación es el doble o el triple de lo que sostienen los institutos que Cristina Fernández maneja. La Iglesia católica, por ejemplo, critica las cifras oficiales sobre «disminución significativa» de la pobreza. Aseguran los curas que afecta a uno de cada tres argentinos, que hay regiones donde los pobres son una legión del 60% y que cada vez más gente acude a pedir comida a Cáritas. Las cuentas de unos y otros no difieren en poco: se trata nada menos que de tres millones de pobres.

El empleo en la economía sumergida está cerca del 40% de la población activa y la balanza comercial se retrae con una caída del superávit del 30% en abril respeto a un año atrás. En cuanto a la inflación, hay estudios que pronostica que este año puede superar el 20%. Mientras, Argentina es el único país del mundo donde el dólar aumenta de valor y el gobierno, tratando de mantener su precio, quema sumas astronómicas de unas reservas que recientemente marcaron un récord superior a los 50.000 millones de dólares, pero que están menguando aceleradamente. ¿Dónde va a acabar esa coyuntura con crecimiento económico sostenido del 8% anual que tanto robusteció a Néstor Kirchner?

A ello se suma una crisis energética por falta de planificación durante el gobierno del señor Kirchner y también por el desaliento de las inversiones. Los perfiles de esa crisis comienza a definirse de manera dramática con el comienza de la temporada austral del frío. Las restricciones en el servicio de gas natural han sido aumentadas cuando el país sufre estos días una ola de frío polar.

Francisco R. Figueroa
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