Viva el pueblo cubano

La sociedad cubana «se desmorona» tras «décadas de abandono» bajo el «despotismo personal» y «opresivo» de los «dictadores» Fidel y Raúl Castro. La economía de la isla «está en ruinas» y resulta «de lo más hipócrita» permitir la compra de enseres domésticos básicos cuando «prácticamente ningún cubano tiene dinero para adquirirlos». En Cuba «no hay libertades políticas ni de empresa», ni tampoco «voluntad de cambios verdaderos». Los presos políticos «sufren en los calabozos de la dictadura». Los «gestos» del general Raúl Castro resultan «una broma cruel» a costa del sufrido pueblo cubano, cuya vida «no cambiará fundamentalmente» hasta que mude su actual régimen de gobierno. Esa mudanza «es inevitable» y «llegará el gran día» en que los cubanos elijan a sus líderes «votando en comicios libres e imparciales». «El mundo tiene en la mira al régimen cubano».

Quien dice todo eso, a juicio de mucha gente, tiene razón, aunque se llame George Walker Bush, ocupe la presidencia de Estados Unidos, sea considerado un fundamentalista de derechas, acoja y proteja a disidentes y exiliados que La Habana tilda de terroristas, mercenarios y cipayos, tenga una credibilidad raquítica y en una época determinada de su vida le hubiera dado, al parecer desmesuradamente, a la frasca. Lo dijo Bush el otro día en la proclamación del Día de la Solidaridad con el Pueblo Cubano, instituido por él en homenaje a quienes «sufren en Cuba», a sus presos políticos en particular, y para favorecer la causa de las libertades en la isla.

El octogenario Fidel –«flaco, lúcido y sabio», al decir de su pupilo boliviano Evo Morales, el último de sus visitantes conocidos— ha bramado desde el ostracismo que lo de Bush son «mentiras groseras». Del «cerco de hambre y bloqueo a la isla», que dura decenios, Bush ni habló, reprocha Fidel en la última de sus «reflexiones» desde la convalecencia. Echa en cara a Bush, de nuevo, «los bombardeos, las torturas y las muertes absurdas» en Iraq al tiempo que atiza con argumentos médicos sobre el supuesto «daño permanente» que veinte años de alcoholismo le causaron al presidente estadounidense. Pero calla sobre la situación política, social y económica interna o se escuda otra vez en «el apóstol» José Martí, su émulo, y, como siempre, blande el sobado embargo estadounidense contra la isla, considerado su gran coartada ideológica.

Barack Obama, el aspirante demócrata a candidato presidencial y aparente preferido de los hermanos Castro, se acaba de mostrar a favor de facilitar, si alcanza el poder, los viajes a la Isla y las remesas de dinero porque «ayudarán en la lucha por la libertad», pero mantendrá el embargo. También está dispuesto a hablar con Raúl Castro. El embargo es algo muy complejo de levantar porque el desmontaje de la tupida maraña de normas y disposiciones que lo regulan obliga a tal cantidad de cabildeos y pago de favores que políticamente resulta más cómodo a está a cualquier administración estadounidense, dice un experto. Voceros del gobierno de Estados Unidos ya ha dicho que buscar un acercamiento con La Habana o hablar con sus líderes, como predica Obama, equivale a «fortalecer al régimen» de los hermanos Castro, a darle «una legitimidad que no merecen». El aspirante republicano, John McCain, por el contrario, es partidario de la política del gran garrote contra los Castro. Nada de contemporizar hasta que los presos políticos no sean excarcelados, haya libertades civiles y se celebren elecciones multipartidarias. El presidente Franklin Roosevelt -arguye McCain- no habló con Adolf Hitler; Ronald Reagan tampoco lo hizo con los rusos hasta que Mijail Gorbachov estuvo dispuesto a cambiar la situación interna en la hoy extinta URSS.

El régimen cubano acaba de emplazar a Bush a que responda de las acusaciones hechas contra sus representantes en la oficina de la Sección de Intereses de EE.UU. en La Habana -la SINA-, incluido el jefe de la misma, Michael Parmly, involucrados en el transporte de dinero, entre Miami y la isla, para disidentes internos, una actividad -argumentan- «violatoria en materia de relaciones diplomáticas». Antes, la televisión oficial cubana, en el programa más ortodoxo, la Mesa Redonda, había mostrado mensajes electrónicos del correo personales -«análisis de correspondencia» dijeron- de «la mula» Parmly y de disidentes, denominados durante el programa «cipayos, mercenarios, criminales y terroristas», para demostrar lo que el régimen de La Habana llama la «oscura» y «alevosa» trama de trasiego de dinero. Al tiempo que hacia la revelación, el régimen cubano dejaba claro que tiene totalmente controlado Internet en la isla. Y todo en nombre del pobre pueblo cubano y la sacrosanta «seguridad nacional» tantas veces invocadas en América Latina por los regímenes dictatoriales para privar a los pueblos de las libertades y como justificativo de las aberrantes violaciones de los derechos humanos.

Francisco R. Figueroa
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