Lección de anatomía política de Aznar

La fundación que preside José María Aznar y el propio ex primer ministro derechista español acaban de dar una lección de anatomía política bajo el solemne título de «Informe Estratégico sobre la situación y el futuro de América Latina», con el claro objetivo de combatir a regímenes como los de Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales o Rafael Correa.

El informe emana de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), que también tiene un nombre doctoral, y fue presentado en público, en Madrid, por Aznar, quien se propone pasear bajo el brazo ese documento por diferentes capitales latinoamericanas, de aquí a poco.

Desde que dejó el poder, hace tres años, Aznar juega al de guía espiritual de los conservadores y depositario de las esencias de unas pretendidas ideas liberales, de centro-derecha, que sus rivales de izquierda no dudan en calificar derechismo del más rancio, cada día que pasa con más vigor.

La fundación de Aznar confiesa que quiere aportar ideas para el futuro latinoamericano y lo primero que aconseja es evitar el camino por donde van, sobre todo, Chávez, Morales y Correa –a los que no nombra– cuando advierte de la inconveniencia del «populismo revolucionario, las ideas caducas, el neoestatismo, el militarismo nacionalista y el indigenismo racista». Al tiempo, condena a la hoguera lo que el líder venezolano bautizó como «socialismo siglo XXI», la ideología de perfiles inciertos que nortea su revolución. Aznar y la FAES dicen que ven «con preocupación que esas ideas vuelven a renacer, incluso con el aval de procesos electorales», en clara alusión a los recientes triunfos en los comicios presidenciales de gobernantes izquierdistas como Morales, Corrrea o el nicaragüense Daniel Ortega porque hace implícitamente la salvedad de líderes que, como el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva o la chilena Michelle Bachelet –a quienes tampoco mencionó por sus nombres–, «legítimamente desarrollan sus programas políticos con un escrupuloso respeto al normal juego democrático».

Afirma también que el populismo «utiliza la desesperación de los más desfavorecidos y los más vulnerables para perpetuarse en el poder, engaña con el espejismo de un falso atajo hacia la prosperidad y el bienestar y lleva, a la pobreza y la marginación». Aznar imbuye a sus correligionarios latinoamericanos de ideas para que «derroten democráticamente» el proyecto político que Chávez irradia por el Continente americano.

Esa propuesta de «derrota democrática» supone un paso delante de quien, como Aznar, ha estado señalado como alentador del golpe de Estado que desalojó a Chávez del poder durante 47 horas, en abril del 2002. En esa época Aznar aún era el Presidente del Gobierno de España. Diferentes testimonios señalan la intervención en aquellos hechos del Gobierno de Aznar, junto el de George W. Bush: conspiraciones, idas y venidas de políticos entre Caracas, Madrid y Washington en los días previos; alegadas componendas empresariales para repartirse el petróleo venezolano; trajín de los embajadores español (Manuel Viturro) y estadounidense (Charles Shapiro) en Caracas para consolidar en el poder a los golpistas; conversación teléfonica del propio Aznar con el presidente de facto, Pedro Carmona; declaración y lanzamiento de un comunicado desde la presidencia de la Unión Europea, que desempeñaba España, manifestando “confianza en el gobierno de transición en cuanto al respeto de los valores y las instituciones democráticas”, sin consultar con los demás socios comunitarios; y las iniciativas con Estados Unidos para arrancar un pronunciamiento latinoamericano favorable al nuevo gobierno, que resultó en un tiro por la culata por la actuación de México y Chile, cuyas cancillerías lograron una declaración de apoyo al orden constitucional en Venezuela. Como dijo el entonces Canciller mexicano, Jorge Castañeda, “España y Estados Unidos metieron la pata».

El «socialismo del siglo XXI» es, según la tesis de Aznar y la FAES, «heredero del que en el siglo XX «generó miseria y opresión». En este punto se alude a Cuba, a cuyo régimen califican de «tiranía». Aznar dijo en su discurso de presentación del informe que «en Cuba un régimen totalitario, siniestro aún en su decrepitud, continúa negando la libertad y los derechos a los cubanos». Las relaciones entre Aznar y Castro fueron de mal en peor desde el momento en que se conocieron en 1996, en Santiago de Chile, en la Cumbre Iberoamericana de aquel año, ocasión en la que el gobernante español instó al dirigente cubano a promover cambios democráticos. El intento de amistarles apenas se tradujo en la anécdota de un intercambio de corbatas entre ambos. Durante el gobierno de Aznar las relaciones con La Habana fueron peor que malas. Castro ha despotricado alto y copiosamente contra Aznar, a quien ha llamado, entre otras cosas, «payaso», «bandido», «cobarde», «caballerito», «führercito de ideas nazi-fascistas» y «la chancleta de Franco».

Dice Aznar que más allá de Cuba «la América Latina libre y democrática vive hoy bajo la sombra aciaga de otro viejo conocido: un adversario de la libertad que ahora se viste de populismo». Agrega que quienes en América Latina siguen el camino que se «aleja de las sociedades abiertas, libres y prósperas» van rumbo a desastre. Arremete contra lo que llama «indigenismo radical» e «indigenismo racista» porque «siembran la división y agudizan los problemas» y en Estados ya de por sí frágiles «dificulta y daña la integración nacional».

Propone Aznar que América Latina «estreche aún más sus lazos con Estados Unidos», país que, en su concepto, debe ser «un socio fundamental para garantizar el proceso de la región, su anclaje en el mundo democrático y pueden actuar como un garante activo de la libertad y los derechos fundamentales».

Aznar se muestra convencido de que Estados Unidos ha aprendido de «los errores del pasado», aunque nada dice qué han aprendido él o su Partido Popular, en el sentido de que los ochos años que detentaron el poder en España, muy al estilo del Departamento de Estado, pusieron la política exterior al servicio de los intereses de las empresas españolas asentadas en América Latina por sobre los vínculos políticos, culturales e históricos de más de quinientos años de antigüedad. Eso ocurrió con motivo del golpe contra Chávez, pero también en la crisis argentina del 2000 y, ese mismo año, con ocasión de la fraudulenta reelección de Alberto Fujimori como presidente de Perú, crisis que acabó con su renuncia por fax camino a su exilio en Japón, o ignorando por completo a Lula da Silva en la campaña que a fines del 2002 le llevó al poder en Brasil, en unos comicios de resultados tan cantados que solo los políticamente ciegos no veían.

Según afirma Aznar, Estados Unidos «haría bien en aceptar el papel de líder regional» en América. Pero la cuestión es que la mayor parte de los gobiernos que actualmente hay en América Latina –incluídos los citados, pero también a Brasil y Argentina, entre otros– y, según encuestas, gran parte de la sociedad latinoamericana no aceptan ase liderazgo, como se ha puesto de manifiesto con ocasión de la reciente gira de Bush. La última vez antes de esa gira que Bush se había acordado de América Latina fue para implicarla en la invasión a Irak, hace cuatro años. En aquella ocasión, Aznar hizo de emisario de Bush para ganar voluntades latinoamericanas a la causa de la guerra.

Francisco R. Figueroa

1 comentario:

Martín Bolívar dijo...

Es decir que José María Aznar es un absorbe calcetines, como se dice en Argentina con elegancia, del presidente estadounidense George Bush. Debería ser un poco nacionalista, de una manera sana, y defender a España de verdad y no a los intereses de un país extranjero como los Estados Unidos.