Brasil: matrimonio de conveniencia

7 octubre 2013


Ando detrás de que mis amigos de Brasil me iluminen sobre el sorpresivo casamiento de Marina Silva y Eduardo Campos.

Ella se ha echado en los brazos de él una vez impedida de concurrir a las presidenciales de 2014 con sus propio partido, cuya legalización fue rechazada por la justicia electoral.

Él, jefe del Partido Socialista Brasilero (PSB), fue un notable porteador de las andas de los presidentes Lula da Silva y Dilma Rousseff, dentro de la llamada «base aliada» del gobierno, un revoltijo de oportunistas, pillos, mercenarios y unos cuantos bienintencionados.

Incluso formó parte como ministro del gabinete de Lula, en el que coincidió con ella. Es más, fue ayudado por Lula a ganar dos veces la gobernación del estado natal de ambos: Pernambuco.

Pero Campos retiró oportunamente el hombro de las parihuelas de Dilma y lanzó su candidatura a las presidenciales de octubre del año que viene.

Por su parte, Marina aspiraba también.

Ella ya fue candidata en 2010, cuando logró un apreciable 20% de los votos o veinte millones de sufragios. Ahora era la principal rival de Dilma, que busca la reelección. Disponía de la segunda mayor intención de voto y se ha abrazado a Campos, cuarto colocado en la carrera presidencial.

Ella salió indemne del Ejecutivo de Lula, pero peleada con el mandatario y su entonces poderosa jefe del Gabinete: precisamente Dilma, por la falta de consecuencia entre las promesas políticas y los actos de gobierno.

Marina es muy bien vista por las redes y los movimientos sociales; y también apreciada por los indignados brasileros, que son legión.

A él su trayectoria le retrata como un político tradicional que anduvo del brazo de algunos notorios canallas de la política brasilera. Incluso por familia: su abuelo era el viejo caudillo socialista pernambucano Miguel Arraes. Hombre con fama de decente, por cierto, aparte de víctima de la dictadura militar.

Es verdad que la política hace extraño compañeros de viaje. Y también de cama.

No veo que tienen en común Marina Silva y Eduardo Campos. La unión de dos candidatos hace la fuerza. Me vale. Por lo pronto sobre la mesa electoral de juego la postura de Campos se ha quintuplicado.

Entiendo asimismo que la novedad pueda atraer al electorado frívolo que vibra con la moda; entiendo también que este coito contranatural que tanto ha excitado a Campos haya podido dejar desplumado a los tucanes, como son conocidos los del Partido de la Socialdemocracia Brasilera (PSDB), tradicional adversario del PT en elecciones, desde hace veinte años.

Hasta entiendo que Lula y Dilma se hayan deprimido porque en lugar de despellejar al acostumbrado tucán en las próximas elecciones tenga quizás como principal rival a dos polluelos de su corral convertidos en gavilanes.

Los primeros picotazos ya están dados: identificar a la pareja Lula/Dilma con la vieja y caduca manera de hacer política y al lulismo como chavismo a la brasilera con arroz y farofa.

Podemos presumir que Campos y Marina necesitan más y más aliados para poder desbancar del poder a los lulistas. Si pudiera ser, tendrían que formar un gran frente contra Lula, que sigue siendo el gran elector.

Entre otras cosas, tendrían quizás que seducir a los tucanes del PSDB, sobre todo al otro nietísimo de la política nacional, Aécio Neves, y trazar alianzas non sanctas con algunos poderosos caudillos regionales.

Y sobre todo prepararse para enfrentar a la tropa de elite de Lula, a los «PT Navy Seals» que ya aprestan armas.
 
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