Brasil: los trovadores de la libertad quieren restablecer la censura

Me ha dejado anonadado la iniciativa de un grupo de artistas brasileños, entre ellos Roberto Carlos, Caetano Veloso y Chico Buarque, a favor de la prohibición de las biografías que no sean autorizadas por el biografiado o sus herederos. La polémica es allí morrocotuda.

«Todo ciudadano tiene el derecho de no querer se biografiado, como tiene derecho a no ser fotografiado o filmado», clama Chico Buarque, el portavoz más furibundo de los radicales del movimiento. Por su lado, el también cantante Djavan asegura que «editores y biógrafos ganan fortunas mientras para los biografiados queda el sufrimiento y la indignación». Hay entrevistas en los medios, declaraciones encontradas, debates en la televisión. Todo al rojo vivo.

El Código Civil brasileño dispone que la divulgación de escritos sobre una personas puede ser prohibida si afectan la honra, la buena fama o la respetabilidad, o fueran destinados a fines comerciales.

De hecho, la justicia brasileña ordenó retirar de las librerías, en 2007, una biografía del cantante Roberto Carlos escrita por Paulo Cesar de Araújo tras quince años de investigaciones.

El intérprete de «El gato que esta triste y azul» o «Un millón de amigos» no cuestionó el contenido de esa biografía. Sencillamente alegó ante la justicia su derecho a la intimidad, y que el escritor le había robado su propia historia. De manera que pidió indemnización y dos años de cárcel para el biógrafo.

Hay un pedido formal de la asociación nacional de editores de libros para que esa disposición del Código Civil, dos artículos en concreto, sea declarada inconstitucional. El Supremo Tribunal Federal ha convocado una audiencia sobre el asunto.

Si el cantautor Buarque y sus obstinados aliados llevaran razón habría que prohibir los libros de historia. No creo que Paul Preston tuviera que pedir permiso a lo herederos del último dictador español para escribir su valiosa biografía del general Franco; ni RobertCrassweller o Bernard Dieredich a los del sátrapa dominicano Rafael Trujillo (quién solía asesinar a sus cronistas); ni Hugh Thomas a los descendientes de Moctezuma; ni Tad Szulc, Volker Skierka o Serge Raffy directamente al dictador cubano Fidel Castro. No hablemos de los biógrafos de Adolf Hitler o Josif Stalin. Secillamente, esos autores, como muchos otros, abordaron con sentido histórico temas demostradamente de interesó de infinidad de personas.

Es un auténtico despropósito lo que pretenden Buarque, Caetano Veloso y sus perínclitos colegas, la mayoría personajes de la cultura popular brasilera que la gente tenía por progresistas, por lo que se significaron a favor de las libertades en la época negra de la dictadura militar (1964-85).

Por ese camino la prensa solo podría difundir sobre los personajes públicos la información que los mismos autorizaran. Siendo así, no serían viables la mitad del contenido de los medios de comunicación. Ni siquiera este escrito sobre ellos.

De modo que lo que pretenden estos trovadores brasileros equivale llanamente al retorno de la censura. Parece que se han embarcado muy alegremente en un movimiento que les está dando muchos dolores de cabeza y también la pérdida de su credibilidad y de sus credenciales democráticas.

Paradójicamente, una de las canciones que hizo célebre a Chico Buarque durante la dictadura militar fue su himno «Prohibido prohibir» contra la censura y a favor de la libertad de expresión. Otra fue «Hola, libertad». Y muchas más.

Por ello mi amigo Orlando Brito, uno de los mayores fotoperiodistas de Brasil, colocó en su muro de Facebook un texto que no tiene desperdicio, que me he permitido traducir por lo ilustrativo que es:

 «Impresionante, sorprendente, decepcionante, incompresible y deplorable la postura de esos tipitos que, en verdad, se pretenden sacar partido. Me refiero a los «artistas» interesados en promover el retorno de la censura al país. Incluso parece que no vivieron en los tiempos bravos en que las libertades estaban muy restringidas. Perdieron la perspectiva de su propia historia, o se olvidaron de ella. En verdad, a estas altura, es posible que nunca tuvieran noción de sus propia relevancia y significado. Pensándolo bien, alguno de ellos nunca hicieron propiamente poesía, sino ripios. Una cosa es la literatura y otro el juego de palabras. Algunos de ellos, ensoberbecidos en sus egos, se creen excelsos, incomparablemente sabios. ¿Será así? Sabios no, sabidillos. Caramba, he perdido a uno de los pocos ídolos que me quedaban y que cantaba en sus melodías la revuelta de millones de brasileros silenciados por la censura. Repugnante».