Nuevo golpe a la democracia en Nicaragua

Francisco R. Figueroa / 13 agosto 2010

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, y sus secuaces han perpetrado un nuevo asalto al poder, esta vez al Judicial, dentro de una estrategia desmañada pero exitosa para someter a todos las instituciones del Estado con la finalidad de perpetuarse en el mando, aunque la ley lo impida. A Nicaragua regresa el despotismo, una nueva dictadura que ilumina y financia el «duce» venezolano, Hugo Chávez.

Ortega y su esposa, Rosario Murillo ― ambos comparten de facto el gobierno de un país paupérrimo convertido en satrapía matrimonial ―, han copado la Corte Suprema sustituyendo arteramente a siete magistrados adversos al llamado «orteguismo» por otros, sus suplentes, que les son adeptos.

Han despreciado un arsenal de pronunciamientos sobre la ilegalidad del procedimiento, con el pretexto de volver a poner a funcionar el Supremo, que llevaba diez meses paralizado luego que Ortega prorrogó las funciones de varios magistrados por un decreto – el llamado «decretazo» – a todas luces inconstitucional.

Los magistrado destituidos mediante el último golpe de mano se oponían al patoso procedimiento mediante el que, desde el año pasado, se pretende suspender el artículo 147 de la Constitución que impide la reelección de un presidente y de Ortega por partida doble ya que ha ocupado la presidencia en dos ocasiones: 1985-1990 y el actual mandato para el período 2007-2012.

La oposición de esos magistrados, identificados con el liberalismo rival, era uno de los últimos obstáculos que tenía Ortega para su proyecto absolutista, después de haber obtenido en la Asamblea Nacional la fidelidad perruna de un grupo de diputados de oposición felones. Por tanto, el camino de la reforma constitucional por el poder legislativo, que debe ser tramitado entre este año y el próximo, parece despejado para santificar la reelección presidencial en provecho de Ortega.

Nicaragua es una nación sufrida. Aparte los desastres naturales como terremotos y huracanes que periódicamente le flagelan, la peor plaga es la perfidia y la corrupción de los gobernantes, que lo mantienen como uno de los países más pobres del planeta. Es la nación más grande y también la más atrasado de Centroamérica. De sus seis millones de habitantes, el 80% son pobres y dos de cada tres personas sobrevive con menos de un dólar por día, sin tener a su alcance el trabajo formal, la sanidad adecuada y educación digna, y ni siquiera el agua potable o el alcantarillado. La cuarta parte de la población ha emigrado y si no fuera por que remesan una cifra equivalente al 20% del PIB la nación habría sucumbido. Luego está «la ayuda» de Hugo Chávez, que equivale al 30% del presupuesto nacional.

Nicaragua fue tierra de dictadores vesánicos como los Somoza. En 1979 los muchachos sandinistas mataron la culebra en la última guerra «romántica» que ha conocido el mundo. Pero al poco se configuró una dictadura de los comandantes de la revolución. La mayoría de los líderes sandinistas se pudrieron y hubo una orgía de inmoralidades conocida por «la piñata». Cada día se habla menos de la monstruosidad de Daniel Ortega al abusar de la menor Zoila América Narváez, hija de su esposa, Rosario Murillo, y, por tanto, su hijastra, y que la esposa, obnubilada por la vuelta al poder, hizo como los monos ciego, sordo y mundo de la leyenda oriental. Con artimañas Ortega pudo volver a la presidencia y desde entonces perpetra asaltos sin freno para adueñarse totalmente del poder, por la fuerza, por el chantaje o comprando voluntades con el dinero que Chávez le entrega como supuesta ayuda al desarrollo y que él y su esposa manejan a discreción.

«Con Somoza perdimos la costumbre de sufrir con los dientes apretados, así que no importa cuánta riqueza mal habida pueda meter la pareja (presidencial) bajo el sombrero de Sandino, tarde o temprano también recibirán de nuevo su merecido histórico, sólo que esta vez debemos asegurarnos de que no tengan impunidad», se podía leer estos días en el diario «La Prensa».

Ortega golpea sistemáticamente a los otros poderes del Estado, pero, a diferencia de lo ocurrido en la vecina Honduras, ninguna cancillería se queja. Nadie condena la ruptura del orden constitucional en Nicaragua. Ni José Miguel Insulza, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) ni Miguel Ángel Moratinos, el ministro español de Asunto Exteriores. A estas alturas muchos tienen claro que el antiguo comandante revolucionario sandinista Daniel Ortega se ha convertido en una remedo del dictador Anastasio Somoza. © DEL AUTOR

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