Chávez a Santos: ¡Hasta la próxima, chico!

Francisco R. Figueroa / 11 agosto 2010

El armisticio acordado este martes por los presidentes Juan Manuel Santos y Hugo Chávez será inestable ya que está sometida a las conveniencias políticas internas del disparatado duce venezolano.

En estos momentos a Chávez le ha convenido apagar el fuego y remendar deprisa las relaciones con Colombia, el principal aliado de Estados Unidos en la zona. El mandatario venezolano camufla así su apoyo a las narcoguerrillas colombianas, restablece el vital suministro de alimentos cuando su país sufre desabastecimiento severo y responde a las peticiones de moderación que le han hecho países vecinos como Brasil y Argentina por su campaña furiosa de invectivas y su verborrea belicista. Aísla el asunto al convertirlo en una cuestión personal entre él y Álvaro Uribe, aunque Santos sea heredero natural e hijo putativo de su antecesor en la presidencia de Colombia. Confía Chávez en que todo eso se traduzcan en votos para las elecciones legislativas deL 26 septiembre, en las que peligra le hegemonía de su causa política.

Contribuye a la distensión que Santos, de manera pragmática, quiera marcar la diferencia desde el inicio de su gestión y que el nuevo mandatario neogranadino desista aparentemente de exigir a Chávez la verificación de las denuncias sobre la existencia de santuarios en Venezuela para las FARC y el ELN hechas ante la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Corte Penal Internacional. Consigue Santos que el César caraqueño deje nominalmente de favorecer a las guerrillas y aminore sus desgastadora cantinelas agresivas contra las bases militares que usa Estados Unidos. Por lo pronto, sobre el asunto de las bases, Chávez ha reconocido la soberanía de Colombia para suscribir todo tipo de tratados, lo que supone un importante paso adelante. Colombia queda en condiciones de exportar a Venezuela a los niveles de 2007 ―de 7.000 millones de dólares, desde donde cayeron a 1.000 millones por las restricciones impuestas por Chávez―, para que se normalice la tan perjudicada vida en la frontera, que con el empobrecimiento tendía a ser más convulsa aún. Con el armisticio, la Unión de Nacional Suramericanas (Unasur) adquiere más viabilidad ―a falta de que reaten sus relaciones Colombia y Ecuador―, algo que es de máximo interés para Brasil y Argentina, sobre todo, y Estados Unidos ve aminoradas la furia de la campaña “antiyanqui” del bullanguero caudillo venezolano.

Antes de acudir a la reunión en Santa Marta para remendar sin pérdida de tiempo los maltrechos vínculos bilaterales, precarios desde comienzos del 2008 y en situación extrema tras la ruptura de relaciones decretada por Chávez el pasado 22 de julio como reacción airada a las denuncias colombianas sobre su apoyo al narcoterrorismo, que fueron reforzadas luego por los portavoces oficiales estadounidenses, Chávez se tragó los improperios que había pronunciado contra el nuevo presidente colombiano desde que era ministro de Defensa, durante la crisis con Ecuador por el ataque el campamento allí de las FARC, a cuenta de las bases norteamericanas y, sobre todo, cuando jugó fuerte y sucio en su contra durante la reciente campaña electoral. También ha dejado de lado a los aprestos bélicos y las movilizaciones de tropas que dijo estaba haciendo la semana pasada en previsión de un ataque colombiano que, según los hechos, solo tenía sentido en su bulliciosa cabeza.

De cara a las elecciones legislativas venezolanas, con el país convertido en una olla a presión por la carestía (su inflación es de las más altas del mundo), la recesión económica (que contrasta con el progreso de todos sus vecinos), un endeudamiento externo brutal (100.000 millones de dólares), la imparable violencia social (15.000 homicidios por año), el desabastecimiento, la rampante ineficiencia estatal, una corrupción abrumadora y la caída acelerada de su popularidad, Chávez ha percibido que no le conviene aparecer también a nivel mundial como protector de narcoterroristas. Las denuncias colombianas en ese sentido y la ratificación que implícitamente hizo Estados Unidos le colocaron en una posición muy embarazosa frente a sus pares suramericanos. Su rapidez en responder conciliadoramente a la invitación al dialogo hecha por Santos el mismo sábado de su toma de posesión, contrasta con la posición más reposada de Ecuador, que recibió una invitación semejante para restaurar las relaciones rotas a raíz del ataque aéreo al campamento de las FARC hace ahora dos años. Aunque Chávez manifieste siempre que se le presenta ocasión su menosprecio a Estados Unidos, el preocupa lo que diga Washington, como que le haya expuesto de nuevo internacionalmente por su escaso apoyo a la lucha antiterrorista y contra el tráfico de drogas, por no decir ninguno, y por sus relaciones peligrosas con Irán. Chávez no ha perdido tiempo en Santa Marta en desmarcarse del terrorismo: «Ni apoyo, ni permito ni permitiré la presencia de las guerrillas ni terrorismo ni narcotráfico en territorio venezolano». Poco antes había pedido a las narcoguerrillas colombianas que liberen a todos sus rehenes, dejen la lucha armada y ajusten cuentas con el nuevo gobierno de Santos porque «no hay futuro por la vía de las armas» lo que suponme un importante cambio de actitud respecto a la posición anterior de reconocer como «fuerza beligerante» a las FARC en el conflicto civil colombiano.

Brasil debe respitar tranquilo con la distensión entre Caracas y Bogotá porque en el fragor de su propia campaña electoral para las presidenciales de octubre ha salido a relucir las relaciones sólidas y antiguas del Partido de los Trabajadores de Luiz Inácio Lula da Silva y altos funcionarios de su gobierno con las FARC, un asunto que Uribe manejó con suma discreción, a diferencia de lo que hizo con las pruebas sobre las supuestas implicaciones de Venezuela y Ecuador con las guerrillas, y que Santos sin duda no sacará a relucir. © DEL AUTOR

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