La transustanciación de Lula

Francisco R. Figueroa / 16 agosto 2010

A siete semanas de las elecciones presidenciales brasileñas los observadores tienen claro que Luiz Inácio Lula da Silva se ha transustanciado.

Según la tradición de los cristianos romanos y ortodoxos, en la eucaristía, con la consagración, el pan se convierte en el cuerpo de Cristo y el vino en su sangre. Es la transustanciación, que tiene un semejante en la política brasileña.

Por esa magia que hace peculiar al antiguo tornero y adalid sindical que desde hace casi ocho años gobierna la mayor nación latinoamericana, Lula ―es decir, él mismo, venerado como dios padre por muchos de sus muchísimos fieles ― se ha transformado en Dilma Rousseff. Aunque cada uno de ellos conserva su propio organismo, a los ojos de los electores parecen la misma cosa.

«Ella es mi cuerpo y mi sangre», viene a decir Lula siempre que se muestra triunfal al lado de la candidata presidencial del oficialista Partido de los Trabajadores, a la que él escogió a dedo e impuso en febrero último sin encontrar la menor oposición interna en una formación política que mostró así una docilidad perruna que contraste con su rebeldía original, de los viejos buenos tiempos de la oposición y la época olvidada de las luchas sindicales.

Hasta entonces, la candidata era la primorosa jefa de Gabinete, cargo al que accedió tras un sonado caso de corrupción en el entorno de Lula, y antes, desde 2003, la eficiente ministra de Energía y Minas. Anteriormente su rastro se pierde en la maraña de la burocracia regional brasileña, específicamente en la de Rio Grande do Sul. En su juventud fue una activista contra la dictadura, pero sus managers no quieren que eso se recuerde para evitar que la ametrallen tratándole de terrorista.

En efecto, en su biografía oficial pesa toneladas el tiempo pasado al lado de Lula y se oculta un episodio que en el caso del mandatario uruguayo, José Mújica, es determinante de su existencia: haber sido guerrillero contra una temible dictadura militar suramericana.

La hoy candidata presidencial apenas fue un proyecto de guerrillera. Recibió entrenamiento militar, pero nunca pasó a mayores. Fue presa y torturada. Los estrategas de su campaña han proscrito el término guerrillera, para evitar que en estos tiempos de corrección política se confundan las cosas. Su biografía deja claro que ella «jamás participó en una acción armada» y reduce el tema a la naïf explicación de que pasó tres años en prisión por «el crimen de querer cambiar el mundo». A pesar de ese esfuerzo, hay gente en la clase media que habla de ella despectivamente como «esa ex guerrillera y asaltante de bancos».

Dilma Rousseff no oculta su condición de candidata de Lula como, por ejemplo, en Madrid la ministra española de Sanidad, Trinidad Jiménez, niega ser la candidata del primer ministro, José Luis Rodríguez Zapatero. Muy al contrario, la brasileña hace gala de ello. De hecho, si no fuera por Lula, Dilma Rousseff sería una candidata inverosímil, quimérica.

«Me siento orgullosa de mi relación con Lula. He sido su brazo derecho e izquierdo. No veo ningún problema por esa relación. Es algo positivo porque él es un gran líder, mundialmente reconocido», afirma con orgullo quien hasta hace menos de un año era en el Palacio de Planalto la sombra desconocida y la pundonorosa tecnócrata que encandilaba a Lula en sus jornadas interminables de trabajo y con su dominio absoluto de las situaciones.

Bajo la batuta de Lula, la popularidad de Rousseff ha crecido rápidamente desde la nada. En los cinco meses de precampaña ha sido inoculada en los corazones de los brasileños hasta aparecer hoy en las encuestas como la primera opción, con una intención de voto del 42%, diez puntos más que su principal rival, el socialdemócrata José Serra, que hasta hace bien poco era el favorito.

La aceptación popular de Rousseff debe ir a más a partir de este martes cuando comienza la campaña proselitista por televisión, medio del que seguramente depende el voto de la mayor parte del 54% de la población brasileña que solo se informa por ese medio de comunicación, del que dependen mucho de ellos por ser analfabetos o semianalfabetos.

Los especialistas en mercadotecnia electoral que trabajan para Rousseff graban machaconamente en la mente de los electores la idea de que ella es la continuadora de la obra exitosa de Lula, aunque la candidata busca no ser vista como una muñeca de ventrílocuo. Esos mismos estrategas no se atreven a dejarla que sea ella misma quizás por su inexperiencia en campañas ya que nunca antes disputó unas elecciones.

El apoyo de Lula es tan descarado que ya ha sido multado en media docena de ocasiones por la autoridad electoral, por haberse saltado las normas éticas que presiden la campaña. El egocéntrico y populista mandatario brasileño ha dejado a un lado los escrúpulos para poner a favor de su pupila todo el peso del aparato público y unas veces la compara con Mandela y otras eleva su sufrimiento bajo la tortura al nivel del de Jesucristo.

Lula sabe que millones de electores tienen una fe ciega en él y pretende endosar a Rousseff el voto de la inmensa legión de fieles que él tiene. El próximo 3 de octubre se verá. Si ningún candidato consigue la mitad más uno de los votos, los dos que más sufragios cosechen se volverán a ve las caras el 31 de ese mismo mes en una segunda vuelta. Sea cual fuere el resultado, Lula parece que seguirá en la brecha, dispuesto a aspirar de nuevo al cargo dentro de cuatro años. © EL AUTOR

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