Nuestros hombres en La Habana

Las relaciones hispano-cubanas se mueven al compás del ritmo que interpreta la orquesta de los hermanos Castro. Es el baile de los espías y su consecuencia el cierra de la estación en La Habana del CNI (Centro Nacional de Inteligencia), el servicio secreto español, que se está ultimando en estos días. El ministerio de Asuntos Exteriores parece estar de acuerdo con la retirada de los agentes, que tiene el valor de una expulsión por parte de Cuba. Un CNI en profunda crisis y virtualmente decapitado por los problemas que enfrenta su jefe, Alberto Saiz, no ha podido evitarlo

Cuando salga el último agente no quedará en Cuba espías de ningún país importante de la Unión Europea, por lo menos legalmente, pues no los tiene allí Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia u Holanda, que bebían de la antena hispana. España se quedará sin poder seguir sobre el terreno los pasos de ETA en la isla, donde el terrorismo vasco ha disfrutado de un santuario muy importante y con conocimiento obviamente del propio Fidel Castro, unas relaciones peligrosos que algún día tendrán que salir a la luz.

Los espías españoles han quedado expuestos en medio del torbellino provocado por la orgía estalinista que acabó, en marzo, con el fusilamiento político de quienes se pensaba en el exterior que podían pilotar la reforma de ese desaguisado que es el caduco sistema comunista vigente en Cuba desde hace medio siglo con la testarudez de Fidel Castro. Como era de esperar, Saturno acabó devorando a sus propios hijos.

Es dudoso que un militante comunista leal como Conrado Hernández se haya puesto al servicio de una potencia extranjera, en este caso del CNI español, salvo que fuera por los mismos motivos que llevaron al vendedor de aspiradoras Jim Wormold a trabajar desde la Cuba batistiana para el servicios secreto británico en «Nuestro hombre en La Habana», la novela de Graham Greene: pagar los estudios de su hija.

Aunque no parece que sea el caso, resulta al menos curioso que Conrado Hernández tenga una hija estudiando en España con una beca conseguida en su día por el entonces embajador español en Cuba, Carlos Alonso Zaldívar, un diplomático, ingeniero y economista bilbaíno que fue expulsado del Partido Comunista de España hace un casi treinta años y luego recaló en el PSOE hasta llegar a trabajar a las órdenes directas de Felipe González. Hoy está al frente de la legación española en Brasilia.

Conrado Hernández tenía hilo directo con Alonso Zaldívar y seguramente también con su sucesor, el actual embajador en La Habana, Manuel Cacho, como para no arriesgarse en juegos de espías en los pocos restaurantes que hay en La Habana, todos ellos controlados por los omnímodos servicios secretos del castrismo. Salvo que la intención de esos encuentros fuera crear evidencias. Es cierto que Conrado Hernández se reunió en distintas ocasiones con agentes españoles en locales públicos de La Habana. Eso está demostrado precisamente por las grabaciones que hizo la seguridad cubana.

El retrato del personaje crea dudas: ingeniero industrial, miembro del Partido Comunista de Cuba (PCC), con viejos amigos en el cogollo castrista; él mismo miembro de la «nomenklatura», de la elite cubana; delegado desde 1998 –con las más altas bendiciones– de un organismo del gobierno autónomo vasco como es la Sociedad para la Promoción y Reconversión Industrial (SPRI); con un magnífico sueldo para los padrones cubanos en moneda fuerte; marido de una teniente coronel del ministerio cubano del Interior relacionada con el estratégico CNIC (el Centro Nacional de Investigaciones Científicas), con la hija becada en España y todo lo demás.

¿Arriesgar tanto por dar a unos agentes españoles chismes sobre la conocida mala salud de Fidel Castro, si estaba más o menos cerca de la muerte, o los chistes que sobre los gerontócratas del régimen hacen algunos ministros más jóvenes, o los malestares de algunos de ellos o adelantar un nombramiento que de todas maneras sería público 24 horas después?

Conrado Hernández es un personaje lo suficientemente «sensible» como para que no anduviera por su cuenta fuera de la órbita de la seguridad cubana. No tiene sentido. Por tanto es lícito suponer –y es lo que creen las fuentes mejores informadas– que trabajaba voluntaria y forzosamente para el régimen castrista, puede que para el propio Raúl Castro que es a quien más beneficia lo sucedido.

Crea también dudas el hecho de que las destituciones fulminantes del vicepresidente Carlos Lage y el canciller Pérez Roque –a quienes supuestamente grababa Conrado Hernández por cuenta del CNI–, estén encuadradas en una purga estalinista que nada tiene que ver con el servicio secreto español y que acabó, entre otros, con otros dirigentes jóvenes y de mediana edad como Fernando Ramírez de Estenoz (jefe del Departamento de Relaciones Internacionales del Partido Comunista de Cuba), Carlos Balenciaga (que fue secretario privado de Fidel Castro, como Pérez Roque), Otto Rivero (vicepresidente del Consejo de Ministros) y los ex ministros Martha Lomas (Industria Básica) y Raúl de la Nuez (Comercio Exterior) acusados de deslealtades, descontrol, deshonestidades y abusos de poder. La mayoría de ellos tiene el perfil de reformistas, incompatibles con los planes de supervivencia de Raúl Castro, que los descuartizó uno tras otro en una reunión del Buró Político del PCC, de la que se hizo una película que estos días se exhibe a las bases del partido con la prohibición de grabar el contenido.

La tardanza por los cubanos de varios años en sacar a relucir esa relación de Conrado Hernández con el CNI, la oportunidad de los acontecimientos, la falta de aplicación de medidas extremas contra Lage, Pérez Roque y el propio Hernández y el hecho de que «muertos vivientes» como el ex canciller Robertico Robaina –purgado él mismo hace diez años– anduvieran difundiendo información interesada sobre los sucedido, abunda en la idea de que en lo relacionado con España ha podido haber un gran montaje. ¿Y por qué?

En lo relacionado con España han surgido este año dos nuevas preocupaciones. Por un lado, la llamada «ley de nietos» que inquieta a los Castro pues puede convertir en españoles, en los dos años de plazo que hay para acogerse a la misma, a una porción significativa de cubanos, quizás superior al 10 por ciento, entre los que tiene abuelos españoles y sus familiares. El régimen interpreta como una amenaza para su seguridad y para su supervivencia. Por lo pronto Cuba ha conseguido que el ritmo de solicitudes admitidas a trámite en el Consulado Español sea menor de la cuarta parte de lo que se esperaba.

El Gobierno español acaba de reafirmar su voluntad de «acompañar» el «proceso de cambios» reformistas anunciados por Raúl Castro. Pero, ¿a qué cambios se refiere Madrid? En Cuba no ha habido ningún cambio, ni político, ni económico ni social, y sin duda no lo habrá. A la política de «diálogo crítico» que mantiene Madrid, la oposición democrática cubana responde que la misma representa un balón de oxígeno a la dictadura castrista. Igual que en el caso de Venezuela, cuyo presidente, Hugo Chávez, acaba de dirigir el pelotón de fusilamiento de Cristóbal Colón, es decir, de hacer una embestida descomunal contra la obra española en América a largo de 400 años.

De otro lado, a los Castro están indignados con la aproximación entre Washington y Madrid tras la llegada de Barack Obama al poder. Las relaciones de Cuba con Estados Unidos no se van a recomponer porque es en el antagonismo perpetuo con los gringos donde Fidel haya su fortaleza ideológica. Por lo pronto los Castro han mordido la mano tendida de Obama y a la invitación a volver a la Organización de Estados Americanos (OEA), los Castro respondieron con improperios. Por importa que las relaciones con la Unión Europea se hayan recompuesto gracias a España. Parece que los cubanos han tomado buena medida al Palacio de Santa Cruz, la sede de la cancillería española. ¿Habrá reciprocidad en el caso de los espías o los agentes de los servicios secretos cubanos seguirán actuando en España?

Francisco R. figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com