Honduras: guerra avisada

Honduras, una de las naciones más pobres de América, se ha convertido en el centro de un tablero de ajedrez que pueda teñirse de sangre. El líder venezolano, Hugo Chávez, atiza el fuego con declaraciones incendiarias en sus afanes hegemónicos. Desde su retiro, Fidel Castro dispara contra lo que llama «maniobra yanqui» y publicita que Estados Unidos está detrás de los golpistas hondureños.

Otros líderes del hechizo castro-chavista inflaman la situación con declaraciones disparatadas y, conscientes de que se la juegan en Honduras o el bloque bolivariano puede quedar muy debilitado, también entorpecen la mediación del presidente costarricense, Óscar Arias, que desde el primer momento fue satanizada por Chávez. Todos ellos pretenden hacer saltar por los aires cualquier posibilidad de éxito de esas negociaciones, que cuentan con el beneplácito de Estados Unidos y las naciones europeas. Por su lado, Daniel Ortega acepta que Nicaragua sea el trampolín de una posible ofensiva.

Asimismo, todos ellos están tras la decisión del depuesto presidente Manuel Zelaya de retornar a Honduras por la fuerza para dar batalla y de su llamada a la insurrección popular. Estados Unidos se expresa con palabras medidas. Sin nombrar a nadie advierte de que la actuación desestabilizadora de Chávez y sus socios pueden conducir a la violencia. Por eso los portavoces oficiales en Washington claman para que se evite cualquier acción que exacerbe las pasiones.

De hecho, el gobierno de facto que encabeza Roberto Micheletti ha denunciado la infiltración desde Nicaragua de gente chavista que alegadamente pretende hacer guerrillas y ha lanzado la advertencia de que las fuerzas armadas y policiales de su país están preparadas para repeler lo que llegue, aunque en Honduras no se sabe de movilizaciones militares. Arias no descarta una guerra cuando dice que «el uso de la fuerza militar sin agotar el diálogo tiene que ser el último recurso», mientras ve el juego sucio contra sus gestiones.

La disposición a renunciar anunciada por Micheletti no ha servido para llevar calma porque para el eje castro-chavista solo vale volver al statu quo anterior, incondicionalmente, sin importar el conflicto de poderes que degeneró en esta crisis después de que Zelaya intentara imponer fórmulas continuistas, al estilo de Chávez, reñidas con la Constitución y el Legislativo y el Judicial le enseñaran la tarjeta roja. Desde que Zelaya desencadenó ese conflicto de poderes nadie en Honduras actuó democráticamente. Zelaya violó la Constitución; el Legislativo y el Judicial se deslegitimaron mandado la soldadesca a echarlo del país.

De manera que no se puede descartar que las cosas en Honduras se salgan aún más de madre, se aparten todavía más del camino de la razón y la cordura. Estados Unidos se encuentra en una disyuntiva: no puede tomar partido por Micheletti pues sería la vuelta al pasado y desvirtuaría la recomposición de relaciones con América Latina de la Administración de Barack Obama, que quedaría enfrentado posiblemente a todas las naciones del hemisferio, la mayoría con gobiernos de centro-izquierda dispuestos a radicalizarse contra Estados Unidos si fuera necesario; tampoco puede imponer la restitución de Zelaya pues significa una victoria fortalecedora para la alianza bolivariana formada por naciones donde la democracia es solamente nominal, que alardean de antiimperialismo y tienen quizás su más importante sostén ideológico en el enfrentamiento permanente con Washington, con independencia del inquilino que haya en la Casa Blanca.

Obama no puede condicionar por Honduras sus relaciones con Brasil, en otro país hemisférico con intereses cada día más globales y con cada vez peso en el concierto internacional, o con México, el gran socio fronterizo tan marcado por la violencia y el narcotráfico, ni tampoco con países menores como Argentina o Chile. Lejos de actuar, Obama deja que otros hagan. Aunque Honduras depende mayoritariamente de su comercio con Estados Unidos –el 40% de sus exportaciones van al vecino del norte– para Washington se trata de una nación chica, del tamaño de Tennessee, con una población mayoritariamente empobrecida y sin relevancia comercial, un rincón montañoso, una de esas repúblicas bananeras donde el Departamento de Estado hizo y deshizo durante el siglo XX, en la que hubo intereses de empresas frutículas estadounidenses y que fue un lugar estratégico en la Batalla por Centroamérica de la Guerra Fría en los pasados años ochentas. Pero hoy no representa nada más que una casilla de un juego de ajedrez en el que el caballo (Fidel Castro) hace de rey, Chávez de dama tratando de jaquear por todas las direcciones y Zelaya y Micheletti de peones sacrificables. Las negras atacan; las blancas, delegadas a Arias, parecen tener hoy las de perder.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com