Quo vadis Cuba?

A estas alturas de los acontecimientos nadie debe albergar dudas sobre la intención del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de llegar a un entendimiento con Cuba. También habría que dar, aunque con cautela, un margen de confianza a la apertura a dialogar sobre «todos» los asuntos expresada por el jefe del Estado cubano, general Raúl Castro. Hoy más que nunca se ha abierto la posibilidad de ambas partes inicien conversaciones constructivas. Pero la cuestión es que Obama apunta al futuro y los Castro se refugian en el pasado. Entonces, ¿a dónde vamos?

Estados Unidos, tanto por boca de Obama como de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, han entonado un mea culpa implícito al reconocer «el fracaso» de las políticas que a lo largo de medio siglo mantuvieron hacia Cuba los distintos inquilinos de la Casa Blanca. Eso incluye el anacrónico embargo por cuyo levantamiento América Latina clama, tras el fin puesto por Obama a las restricciones a los viajes a la isla de los exiliados y sus descendientes y a los envíos de remesas. No cabe duda que en la medida en que el régimen comunista haga alguna concesión, en Washington se pondrá en marcha la maquinaria legislativa para desmontar el entramado legal que sustenta el embargo.

Cuando el mandatario nicaragüense, Daniel Ortega, sacó el viernes en la Cumbre de las Américas Puerto España su monserga contra Estados Unidos por tropelías de otros tiempos, Obama le respondió con elegancia que no se puede ser prisionero del pasado. «Yo no vine aquí a pensar en el pasado, Vine a pensar en el futuro. Debemos aprender de la historia y no debemos dejar que nos atrape» y «no es cuestión de abstracciones o debates ideológicos…», dijo Obama. Unos mensajes posiblemente también destinados a Fidel y Raúl Castro, cuyo país es el único que no participa en estas cumbres, algo que el resto de las naciones latinoamericanas lamenta.

Al manifestar su convicción de que La Habana y Washington debe vencer la desconfianza y recomenzar sus relaciones, partir para «un nuevo día», tener «un nuevo comienzo», Obama pulsaba el resistente mecanismo de reseteo de los hermanos Castro anquilosados en sus viejas convicciones doctrinarias de la Guerra Fría, enredados en su retórica y sus consignas, y parapetados tras esa muralla que cierra la isla, mantiene prisioneros a los cubanos y convierte sus vidas en auténticas pesadillas.

La disposición manifestada por Raúl Castro de hablar «de todo» con Estados Unidos está condicionada –según dijo– a que se respete la soberanía del pueblo cubano y a la no injerencia en sus asuntos internos. Es una contradicción porque hay que hablar precisamente de la situación interna en Cuba, de la falta de democracia, de presos políticos, de respeto a los derechos humanos, de libertad para esa nación que el levantisco mandatario venezolano, Hugo Chávez, acaba de considerar más democrática que Estados Unidos, pero donde nada se mueve ni nadie sale sin permiso del régimen, salvo huyendo en balsa o desertando con ocasión de un viaje especial. Hasta ahora, las pocas oportunidades que en estos cincuenta años hubo de diálogo entre las partes fueron dinamitadas por Fidel Castro. ¿Qué pasará esta vez? Está por ver, más allá de la retórica.

Es también positivo que el anciano y enfermo líder cubano haya hablado de que Obama no es responsable de lo que hicieron sus antecesores –está en sintonía con lo dicho por el mandatario estadounidense– y no cuestionara su sinceridad, aunque a renglón seguido sembrara la duda sobre sus sucesores en el Despacho Oval, porque –explicó– «los hombres pasan, los pueblos perduran». Es cierto: los hombres pasan, los tiempos cambian y las ideas mudan, salvo en Cuba, por ahora.

Francisco R. Figueroa
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