Fujimori, condena ejemplarizante

La condena a 25 años de prisión dictada este martes a Alberto Fujimori como culpable de cuatro delitos de lesa humanidad mientras fue presidente, incluida dos masacres perpetradas por un escuadrón de la muerte del Ejército, constituye un aviso a cualquier gobernante latinoamericano que cometa violaciones de los derechos humanos o queda asociado a ellas. Es también un logro en la lucha contra la impunidad.

De nada ha servido a Fujimori su legado -esgrimido por él hasta la saciedad- de pacificación del país y estabilización económica. La justicia ha sido implacable por algunas de sus fechorías, en lo que ha constituido la primera condena de un ex mandatario constitucional latinoamericano por este tipo de delitos. Fujimori, de 70 años, queda a merced de un eventual perdón del actual presidente, Alan García, con quien ha tenido una relación una veces tempestuosa y otras de mutua conveniencia.

Cuando alcanzó el poder, a mediados de 1990, Fujimori dejó de ser un oscuro ingeniero agrónomo y matemático, un aspirante político marginal a candidato a concejal por Lima, para convencerse de que era un ser providencial, un caudillo nacional capaz de sacar al Perú de una desastrosa situación política, económica y social para darle los años de estabilidad y prosperidad que tenía bien merecidos. De seguridad, orden y progreso hablé con Fujimori una tarde de septiembre de 1991, en presencia de Manuel Campo Vidal, una de las varias veces que lo entrevisté.

Fujimori llegó a la presidencia por el empeño que puso toda la izquierda peruana en que no la ganara Mario Vargas Llosa en los comicios de 1990. Detestaban al escritor por su neoliberalismo y le odiaban como representante del viejo y elitista Perú de los blancos y ricos. Fujimori se la debe, sobre todo, a Alan García. La noche de su triunfo electoral, sobre la terraza en penumbra del Hotel Crillón, de Lima, Fujimori era la viva imagen de la desolación, sin partido organizado ni programa de gobierno, sin credenciales políticas ni equipo, sin nada. La izquierda había logrado su elección y no quiso saber más de él. Fue recogido de inmediato por la cúpula militar, que dirigían unas instituciones desmotivadas, desmoralizadas y traumatizadas por la crisis infinita del país, la decadencia y el caos de la patria y los muchísimos reveses y excesos en la larga guerra contra la subversión, que acabó costando 70.000 muertos. Derrotado Vargas Llosa, Fujimori paradójicamente surgía como un remedo para el conservadorismo peruano. Sus primeras medidas como gobernante, al aplicar un paquete neoliberal, lo confirmaron. Era también una oportunidad para ambiciosos y aventureros.

Mientras gobernó de forma dictatorial falló Fujimori y fallaron sus compinches, sobre todo el siniestro y megalómano, el -según una biografía suya- «traidor, traficante y espía» Vladimiro Montesinos, con quien ejerció el poder de modo arbitrario durante una década (1990-2000), hasta que, víctima de sus propios desmanes, se fugó del país en el 2000 y renunció a la presidencia por fax desde Japón, su segunda patria. Nunca fue Fujimori ese «último samurai» que le leyenda –quizás fomentada por él mismo– le atribuye. Su filosofía es bien distinta a aquellos viejos guerreros nipones. Más bien Fujimori actuó como el tipo vivo que es -un «gran pendejo», en el decir peruano-, de pocos escrúpulos, audaz y amoral, sin convicciones democráticas, que mentía al país descaradamente y con asiduidad, un dictadorzuelo que está acusado de numerosos actos de corrupción. Un nuevo juicio le espera por su alegada cleptomanía.
Pronto tras el inicio de su mandato, el 28 de julio del 1990, la guerra sucia contra la subversión desembocó en las masacres de Barrio Altos, con 15 homicidios, en 1991, entre ellos un niño de ocho años, y de la Universidad de La Cantuta, con 10 diez, en 1992, por parte del Grupo Colina, un escuadrón de aniquilamiento del Ejército al que la Justicia atribuye 50 asesinatos en sus quince meses de actividad. Por ambas masacres Fujimori ha sido condenado como autor mediato, porque dirigía el aparato de poder que cometió aquellos asesinatos.

La cúpula militar y fuerzas civiles muy conservadoras se aliaron con Fujimori para perpetrar un golpe de Estado mediante el que fue clausurado el Parlamento nacional y disuelta la Corte Suprema sin que el presidente tuviera poderes para hacer eso. De cualquier modo ese autogolpe de Fujimori tuvo un aplauso casi general en el país o el silencio cómplice. Hasta tal punto estaba degradado la vida peruana que la joven Constitución nacional fue defendida apenas por un puñado de valientes, obviamente sin éxito.

Fujimori siempre confió en abril. Era su mes talismán. En abril había nacido su esposa, Susana Higuchi, la que financió sus primeros pasos en política, aunque el matrimonio acabaría muy mal en 1994, al cabo de veinte años; en abril (de 1990) había quedado, contra pronóstico, segundo en unas elecciones presidenciales que acabó ganándole a Vargas Llosa en una segunda vuelta y en este mismo mes había conocido Montesinos, su álter ego y más tarde su titiritero; en abril (de 1992) se había adueñado del poder absoluto clausurando el parlamento y disolviendo la Corte Suprema; en abril (de 1995) había derrotado también en las urnas a otro peruano universal como el ex secretario general de la ONU Javier Pérez de Cuellar; había esperado a que llegara abril (en 1997) para asaltar la embajada de Japón que llevaban 126 día tomada por el MRTA (Movimiento Revolucionario Tupac Amaru) y aniquilar a todos los terroristas; en abril había sacado a su país de la CAN y metido en la APEC. Abril era su mes fetiche para él que confiaba en la nigromancia y consultaba a videntes. En abril, finalmente, ha sido condenado a una pena tan larga que sin nadie lo remedia puede representar a su avanzada edad una cadena perpetua.

Nadie discute a Fujimori el logro de haber derrotado a dos movimientos subversivos: la tenebrosa banda polpotiana Sendero Luminoso y al castrista MRTA, así como encarcelado a sus líderes librando al Perú del cáncer terrorista. Tampoco que lo librara de la pertinaz hiperinflación y la crisis económica galopante o sentara las basas de un nuevo período con mayor prosperidad o acabara con el problema bélico con Ecuador haciendo la paz por aquel aguerrido asunto de fronteras indefinidas en la Cordillera del Cóndor. Se le achacan los métodos criminales que en algunas ocasiones se emplearon. Ni tampoco, aunque sus parientes y partidarios digan que ha tenido un juicio político, se le ha procesado por haber violado aquel 5 de abril de 1992 la constitución que juró defender y preservar al asumir la presidencia en 1990. Nadie ha sometido a un juicio político a Alberto Fumimori por haber impuesto un gobierno autoritario o haberlo mantenido en el tiempo ni por haber manipulado los resultados electorales. Fujimori ha sido sentenciado, tras un juicio de 16 meses y 160 sesiones, por hechos concretos de delitos de lesa humanidad contra inocentes que nada tenían que ver con la subversión o el terrorismo.

Ha quedado en manos de Alan García, que puede aplicar el perdón presidencial quizás en razón a la edad de Fujimori o por motivos de salud.

En 1990, García, que estaba al final de su primera y desastrosa presidencia, trató de evitar la victoria electoral de su archirival Vargas Llosa y su liberalismo radical. Eran enemigos declarados y se libraba una guerra sucia sin cuartel. Los partidos a la izquierda del APRA de García agregaban plomo al fuego graneado contra el novelista. El presidente basculó apoyos logísticos y publicitarios gubernamental y partidario a favor de Fujimori, en detrimento de su propio candidato. Entre todos lograron que no ganara Vargas Llosa y que emergiera un desconocido como Fujimori que solo tenía cierto tirón en los sectores más marginales. La definición del nuevo presidente quedó para una segunda vuelta electoral, que fue ganada confortablemente por Fujimori con «apristas», socialistas y comunistas votando por él en manada.

Tras la victoria de Fujimori, García se mostró exultante. «Parece que usted se ha librado de algo como una piedra puntiaguda en el riñón», le dije a propósito de la derrota del escritor. «No ha sido algo tan fisiológico como usted lo presenta, pero me siento muy satisfecho», replicó García y se fue a ordenar a la banda de los Húsares de Junín que interpretara el merenguito «La mecedora» en el cambio de guardia de ese mediodía, que escuchó con una sonrisa de oreja a oreja sobre la escalinata frente a la Plaza de Armas de Lima. Veinte meses después García tenía que huir saltando la tapia trasera de su casa acosado por los militares mandados por Fujimori a arrestarle la noche del autogolpe de 1992. Acabó en un tanque vacío de agua y luego en la clandestinidad hasta que pudo ingresar en la residencia del embajador de Colombia. Estuvo exiliado en Bogotá y en París mientras gobernó Fujimori.

Actualmente –las vueltas que da la política– el fujimorismo, con trece congresistas, es una fuerza política en el Parlamento peruano necesaria para el gobierno de García, con el que actúa como un aliado. La hija mayor de Fujimori, Keiko, de 33 años, congresista y su heredera política, se da como segura candidata a las elecciones presidenciales de 2011. Por su puesto que indultará a su padre si conquista el poder.

Francisco R. Figueroa
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