La «miasma» Obama

El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ha comenzado las hostilidades con la nueva administración estadounidense sin dar tiempo a Barak Obama a que jure su cargo. Era de esperar porque el comandante venezolano precisa del enfrenamiento permanente con Estados Unidos como combustible esencial para su revolución. Como a Fidel Castro, su maestro y mentor, la lucha contra «el imperio» le sirve para justificar todo, más que nada ahora la nueva reforma constitución para su reelección permanente.

Chávez ha pronosticado que el nuevo inquilino de la Casa Blanca va ser «la misma miasma» (que George W. Bush) después de que Obama declarara a «Univisión», el primer canal hispano en Estados Unidos, que el mandatario venezolano es «una fuerza que impide el progreso» en América Latina. Se refirió también Obama al «mal comportamiento» de Chávez como –según agregó– muestran las «preocupantes noticias» sobre que «está exportando actividades terrorista o respalda a organizaciones malévolas como las Farc», las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia que medio mundo considera un «grupo terrorista» y el gobierno chavista una «fuerza beligerante».

La llegada de Obama a la presidencia de Estados Unidos ha abierto, también en la mayoría de las sociedades latinoamericanas, la esperanza y el entusiasmo en un cambio en las relaciones con su poderoso vecino del norte y en que sean modificadas las políticas equivocadas de la Era Bush. Así se han expresado naciones como Brasil, Argentina, Chile, México y Perú. Grandes, medianas y pequeñas han coincidido casi todos en pedir a Obama el levantamiento del anacrónico embargo a Cuba, bloqueo que sirve principalmente para que los Castro justifiquen el estado de cosas en la isla. El levantamiento total del bloque no es algo automático pues no depende de un plumazo presidencial sino de cuestiones legislativas complejas. Pero Obama puede minimizarlo de inmediato.

El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, pareció tratar de contener a Chávez cuando, la semana pasada, habló en Venezuela, en una visita a la región del Zulia, de la conveniencia de que antes de más se viera con Obama y hablara con él, igual que debiera hacer el boliviano Evo Morales, según dijo. Sin duda Lula pensaba en la Cumbre de las Américas que en abril venidero se celebrará en Trinidad y Tobago donde por vez primera se encontrarán cara a cara los líderes latinoamericanos con Obama y donde posiblemente se verán ya claras las intenciones del cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos para la región.

Pero Chávez no tiene tanto tiempo. Necesita medirse al «imperio» cuanto antes porque tiene por delante el referéndum del 15 de febrero en el que busca una reforma constitución para la reelección perpetua que le posibilite seguir en el poder sin fecha de caducidad. Los venezolanos ya le dieron el «no» a una pretensión similar en un referéndum celebrado a fines del 2007 y ahora ha vuelto a plantear la reelección perpetua de una manera que muchos consideran antidemocrática pues hubo un pronunciamiento claro al respeto del pueblo. Lula ha dicho que si el pueblo venezolano dice otra vez «no» será «no» y Chávez tendrá que acatar ese mandato popular. Es dudoso que lo dicho por Lula vaya a servir de algo a un gobernante que tiene clara tendencia al despotismo, como le espetó Obama durante la etapa electoral estadounidense.

«Que un negro haya sido electo presidente de Estados Unidos es un gesto extraordinario del pueblo estadounidenses (…) que debe transformarse en gesto para América Latina (...) respetando nuestra soberanía y en una convivencia igualitaria», había dicho Lula.

Chávez replicó tres días después y dejó clara su posición: «nos espera a nosotros (…) seguir la lucha contra el imperialismo sea blanco o negro, o como se vista». Anticipó su opinión de que Obama pareciera que va a ser «el mismo fiasco que Bush para su pueblo y el mundo. Ojalá y me equivoque, pero creo que Obama es la misma miasma por no decir otras palabras. Eso es lo que yo creo y a él le tocará».

«Obama se metió en la batalla» que, a según Chávez, «el imperio» libra contra Venezuela. Agrega que Obama «lo hace adrede» porque no está desinformado y porque lo que está detrás de todo es «el Pentágono», es decir, «el poder imperial» militar que él desafía, del que dice haber liberado a su pueblo y de cuyo enfrentamiento el chavismo, como el castrismo, saca la fuerza ideológica.

«No hay mucho que esperar del nuevo mandatario», le responde Chávez a Lula. «Trata de darle oxigeno a los pitiyanquis», como llama despectivamente a sus opositores, y «nosotros nos hemos liberado del imperio, nos somos colonia», afirma haciendo alardes de libertador, émulo de Simón Bolívar.

El castrismo alardea de que ha podido sobrevivir a once presidente de Estados Unidos en estos cincuenta años, sin darse cuenta de que está reconociendo que en la isla existe la dictadura más prolongada que ha conocido América Latina. Chávez ya va por su tercer inquilino de la Casa Blanca y es su intención confesada seguir en el poder indefinidamente. En América Latina tiene imitadores. A Evo Morales se le escapó el otro día que quiere quedarse «para toda la vida» y Daniel Ortega, que ya fue dictador de Nicaragua durante diez años, está dando los primeros pasos para convertir esa segunda presidencia en un potencial vitaliciado.

Francisco r. Figueroa
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