Oviedo contra Lugo

Cuando iba a regresar voluntariamente al Paraguay para ir a la cárcel, el prófugo ex general Lino Oviedo me dijo en Brasilia, en mayo de 2004, que por entonces solo le tratara como «un candidato a preso». Ahora, después de haber ajustado cuentas con la justicia —una corte marcial le había condenado en 1998 a diez años por rebelión militar y ha cumplido mitad—, el ex general, de 63 años, ha salido de la prisión dispuesto a acabar lo que empezó en 1996: la conquista de la presidencia de la República. Y se muestra imparable hacia las elecciones previstas para abril del 2008, aunque enfrente tiene una legión de enemigos poderosos, la inhabilitación política y al ex obispo católico Fernando Lugo también tozudamente dispuesto a llegar a la jefatura del Estado. Hoy día Lugo es el favorito del electorado y el político paraguayo con mejor imagen, según las encuestas, como candidato de la Concertación Nacional, coalición a la que, para enredar más las cosas, también pertenece en partido de Oviedo.

Tanto ex general como el ex obispo son personajes genuinamente paraguayos y ambos hunden raíces en el «coloradismo». Oviedo es un militar que medró a la sombra del general Andrés Rodríguez a quien ayudó, en 1989, a acabar con la satrapía de su consuegro, el general Alfredo Stroessner. Cuando Rodríguez se instaló en el poder, Oviedo ascendió al pináculo militar, listo para sucederle en la jefatura del Estado. Surgió como una garantía de continuidad en el poder del Partido Colorado, que lleva sin apearse del carro desde mediados del siglo pasado. Pero luego las cosas se enredaron entre las familias coloradas y llegó, incluso, a correr la sangre. La familia del ex obispo también era «colorada» y esa fue la fuente de sus males pues quedaron en el bando al que Stroessner deshizo a golpes hasta imponer su poder personal al partido.

En breve tiempo Oviedo amasó una de las seis principales fortunas de Paraguay, impropia de quien vive con un sueldo militar, aunque sea de general. Vinculado al contrabando y al tráfico de drogas, él lo niega. Aquella vez en Brasilia me dijo: «No soy golpista ni narcotraficante ni asesino. ¿Usted cree que la Suprema Corte de Brasil me habría dejado libre si hubiera habido pruebas contra mí por narcotráfico o contrabando a Brasil? No creo que Brasil sea una guarida de narcotraficantes. En Brasil soy tratado como una persona creíble para ayudar a que disminuya el narcotráfico y la piratería. ¿Quién va a creer que el Ministerio de Justicia o el Parlamento iban a recibir a un narcotraficante?».

Oviedo parece gozar del beneplácito de Brasil, un país que sigue siendo absolutamente determinante de los asuntos internos paraguayos. De hecho, en los círculos más próximos al presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, se ha tratado virtualmente a Oviedo como si fuera su hombre, lo mismo que los generales de la dictadura brasileña trataron a Stroessner o igual que los presidentes de la democracia a Rodríguez y sus sucesores. «No le quepa duda: Lino Oviedo será presidente de Paraguay», me dijo recientemente en Madrid un encumbrado personaje brasileño que tuvo acceso privilegiado a Lula. Para Brasil, quien ocupe la presidencia de Paraguay no es un asunto banal, sino que, entre otras cosas, es el dueño de 50.000 Gigavatios/hora, es decir, de la mitad de la mayor hidroeléctrica en funcionamiento del mundo: la binacional Itaipú, que genera casi la cuarta parte de la electricidad que Brasil consume. Paraguay exporta el 90% de su mitad, atado a Brasil por un acuerdo de condiciones leoninas, con el precio de la energía a la quinta o la sexta parte de su valor de mercado. Paraguay ingresas menos de 300 millones de dólares anuales por algo que vale sobre los 1.500 millones de dólares, una cifra muy alta en comparación al tamaño del país, con poco más de seis millones de habitantes, a su PIB pues representa la cuarta parte del mismo, y a su situación de permanente crisis económica. Además, la empresa Itaipú Binacional tiene una deuda que ronda los 20.000 millones de dólares de origen harto cuestionado.

De modo que Lino Oviedo para Brasil significa que las cosas van a seguir como están, mientras que el ex obispo Lugo, si llega a la presidencia, ya ha repetido hasta la saciedad que va a tratar de renegociar el Tratado de Itaipú. En Paraguay ya se ha comenzado a agitar de nuevo la rumorología sobre una eventual intervención militar brasileña en el país para garantizar sus intereses en Itaipú y los de decenas de miles de colonos brasileños. Incluso estos días se ha recordado que con ocasión del derrocamiento de Stroessner, Brasil estuvo dispuesto a mandar su Ejército. Aunque en realidad Stroessner fue derrocado con el beneplácito del Gobierno de Brasilia, que acabó acogiendo al viejo dictador hasta su muerte, hace poco más de un año.

La posibilidad de que el ex obispo Lugo, de 56 años, dispute la presidencia aún está condicionada por un precepto constitucional paraguayo que impide a los miembros de cualquier congregación aspirar a cargos públicos. Lugo ha renunciado al sacerdocio y el Vaticano le suspendió de inmediato «a divinis» por dedicarse a la política. Como el Vaticano aún le considera un sacerdote de la Iglesia la cuestión puede derivar en que desde el poder en Asunción se pretenda tratar de frenar al obispo con una impugnación de su candidatura por parte de una Corte Suprema que responde al oficialista Partido Colorado. Esa posibilidad ha hecho presumir que habrá desestabilización e ingobernabilidad. Hasta ha habido insinuaciones de usar al Ejército para garantizar la estabilidad. El ex obispo quiere acabar con el corrupto sistema de poder en Paraguay, dominado históricamente por 500 o 600 familias, y darle una primera oportunidad a los desheredados. Lugo —el obispo de los pobres— puede representar una amenaza para los intereses de Brasil sin bien su forma de pensar empata directamente con la del Partido de los Trabajadores de Lula y de los curas brasileños comprometidos con la Teología de la Liberación que estuvieron del lado del actual mandatario brasileño. Lugo constituye una amenaza para las fuerzas hegemónicas en Paraguay que han controlado los asuntos públicos en dictadura y en democracia desde el fin de la guerra civil de 1947. La situación está crispada e interesante.

Francisco R. Figueroa
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