Fujimori y Montesinos, tal para cual

El sábado último han vuelto a quedar prácticamente unidos los destinos de Alberto Kenya Fujimori Fujimori y Vladimiro Montesinos Torres. Quienes de 1990 al 2000 compartieron de facto el poder en Perú y gobernaron las cloacas del Estado están de nuevo en su país, aunque en cárceles diferentes. Fujimori ha vuelto extraditado desde Chile seis años y tres meses después de que Montesinos llegara deportado por Venezuela, Faltan dos meses para que se cumplan siete años desde la huida a Japón, vía Brunei, de Fujimori y su rocambolesca renuncia por fax a la presidencia de Perú.

Fujimori está incriminado por corrupción y al menos 25 asesinatos cometidos por un grupo militar de exterminio bajo sus órdenes y las de Montesinos, quien sin ocupar un cargo oficial —fue solo asesor presidencial— tuvo el poder de un visir. Pronto ambos estarán frente a frente, cuando sean careados en los juicios que se le seguirán a Fujimori por sus actividades delictivas al frente del Estado. Montesinos —un militar dado de baja con deshonra por traición a la patria (1976) y abogado de narcotraficantes (años ochenta)— puede ser el principal testigo de cargo contra Fujimori y actuar contra él sin misericordia. Lo que antes era lealtad y solidaridad entre ambos se ha transformado en un auténtico odio africano, al menos por parte de Montesinos.

Como fueron cómplices lo que declare uno repercutirá en el otro. ¿Hasta dónde llegarán? La sentencia que impongan a Fujimori afectará a Montesinos, contra quien la justicia peruana ya ha dictado una docena de condenas. De hecho, una parte sustancial de la extradición concedida por Chile se basa en testificaciones de Montesinos, quien ha incriminado a Fujimori. ¿Qué van a decir sobre las masacres de Barrios Altos y La Cantuta cometidas por el escuadrón de la muerte conocido como «Grupo Colina»? La Corte Suprema chilena, al conceder la extradición, juzgó por unanimidad que hay indicios claros de que Fujimori propició la creación del «Grupo Colina» para eliminar subversivos y enemigos de su régimen, que estaba al tanto de las acciones cometidas por dicho grupo de aniquilamiento —a cuyos miembros incluso condecoró y ascendió—, y que hay testigo de las órdenes dadas en ese sentido a Montesinos, lo que convierte al ex presidente en «autor mediato».

La justicia peruana tenía abiertas cuarenta causas a Fujimori, pero la Corte Suprema de Chile únicamente ha aceptado siete de las trece que Perú presentó en su requerimiento de extradición. Fujimori —maniobrero consumado— presenta este hecho como una victoria suya. Seguramente tiene bastantes más cosas que ocultar. Dice que se mudó de Japón, su segunda patria, a Chile en noviembre de 2005 buscando precisamente disminuir los procesos. Fujimori entró en Chile sin que nadie percibiera que era el mismo ex gobernante contra quien había una orden internacional de captura. Detenido al un día después de su llegada, pasó medio año en arresto en una academia para policías hasta que obtuvo una libertad provisional que ha acabado casi dos años después con su extradición. Lo cierto es que los siete casos por los que Chile concedió esa extradición bastan para mandarle a Fujimori a la cárcel de 15 a 25 años.

La masacre de Barrios Altos, una zona de Lima muy cercana a la sede del Congreso, ocurrió en 1991. Murieron 15 personas que participaban en una fiesta familiar, incluso un niño. Nada tenían que ver con Sendero Luminoso, En la Universidad de la Cantuta, en Lima, en 1992 los muertos fueron nueve estudiantes y un profesor. Fueron detenidos ilegalmente, torturados, ejecutados y enterrados clandestinamente. Las detenciones ilegales, la tortura, las desapariciones forzosas y las ejecuciones arbitrarias y extrajudiciales fueron una constante en el Perú de Fujimori, pero también durante los años ochenta, en medio de la guerra interna desastada por la sublevación de los grupos terroristas Sendero Luminoso y Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA). Como afirma el ex juez chileno Juan Guzmán Tapia, que persiguió al fallecido general Augusto Pinochet, nadie puede negar que Fujimori, como el ex dictador chileno, «ordenó, amparó o permitió el exterminio de sus detractores, haciendo con ello un uso cobarde del poder». Entre los múltiples motes que tenía Fujimori estaba el de «Fujichet» desde que en abril de 1992 cerró el parlamento y disolvió las cortes de justicia sin tener poderes para ello, en el «autogolpe» de Estado que ejecutó con Montesinos y la cúpula militar.

Los partidarios de Fujimori le defienden con argumentos como que sacó al Perú del barranco de la recesión y la hiperinflación, que puso en la cárcel a los cabecillas de las bandas terroristas y que prácticamente pacificó el país. Él se declara víctima de «mentiras y calumnias» y dice desde la cárcel que el pueblo peruano será, en definitiva, quien juzgue a un hommbre que cuando fue presidente «introdujo profundos cambios en la década del 90, venciendo al terrorismo y sentando las bases del desarrollo que hoy ya el Perú comienza a disfrutar».

Está siendo tratando con mas miramientos de lo que él tuvo, por ejemplo, con el actual presiente peruano, Alan García, a quien parece que dio orden de capturar vivo o muerto en el «autogolpe» de 1992. García -mientras su casa era asaltada por el Ejército- logró saltar la tapia trasera y ocultarse en el tanque de agua vació de un edificio en construcción, hasta que sus amigos pudieron socorrerle. Pasó ocho semanas en la clandestinidad hasta que un domingo por la noche buscó asilo en la residencia del embajador de Colombia. Dos días después inició un exilio que duró casi nueve años. Paradójicamente Fujimori fue presidente debido al empeño que puso García cuando era por vez primera jefe del Estado (1985-90) para evitar que el novelista Mario Vargas Llosa ganara las elecciones presidenciales de 1990 e impusiera un programa de gobierno netamente neoliberal. García y toda la izquierda peruana respaldaron a Fujimori, que una vez en el poder, acabo imponiendo si miramientos el denostado paquete económico que Vargas Llosa recetaba. Paradójicamente también, García, en ese su segunda presidencia, tiene en el partido de Fujimori —el Si Cumple— su apoyo más estable. Entre los representantes del fujimorismo está la hija mayor del lider y su heredera política (Keyko Sofía) y su hermano menor (Santiago). En ese Congreso, la primera fuerza —paradójicametne, asimismo— es la de Ollanta Humala, el militar nacionalista que debe su fama y fortuna política a haberse alzado contra Fujimori en los últimos días de su gobierno. Todo en un pañuelo.

Francisco R. Figueroa
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