Rajozy

La campaña para las elecciones regionales y municipales españolas del 27 de mayo ha comenzado como se esperaba, a la greña, con la idea extendida de que serán unas primarias de las generales del 2008 y el líder conservador, Mariano Rajoy, travestido en su discurso de Nicolás Sarkozy, el nuevo presidente francés.

Las primeras encuestas anticipan que el mapa político español cambiará posiblemente muy poco, es decir, que socialistas y conservadores mantendrán sus actuales cuotas de poder en ayuntamientos y gobiernos de las regiones autónomas. En cuatro de éstas: Andalucía, Cataluña, Galicia y País Vasco, no tocan.

El objetivo confesado del Partido Popular (PP) es derrotar al Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Aunque solo fuera por un puñado de votos, los conservadores aplicarían conclusiones al escenario de las generales con la idea de agrandar para entonces la brecha que les separa de sus rivales y le aproxima de nuevo al poder. Los socialistas también plantean esos comicios como unas primarias, al menos tácitamente. Una derrota del PP, aunque solo sea insinuada, da un nuevo resuello al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, a quien posiblemente
no le llegaría la camisa al cuerpo si las generales fueran ahora.

De entrada estos comicios han sido presentados por ambos partidos como un choque de locomotoras entre ambos líderes. El contenido de los discursos de campaña, como se ha demostrado en los primeros días, tiene más que ver con los grandes asuntos nacionales, los temas que enconan el día a día, que con cuestiones domésticas propias de ediles o de los administradores regionales.

Rajoy ha citado como ejemplo a imitar a Sarkozy, de quien se ha proclamado socio político, igual que de la alemana Angela Merkel. El espíritu de Sarkozy anda de la mano de Rajoy, quien como el nuevo gobernante galo habla de cosas como ambición, seguridad, ilusión y nación española, aunque se cuida de mentar otras que han sido asumidas con naturalidad en Francia pero que en España seguramente levantarían ronchas y expondrían al líder conservador como un extremista de derecha.

El arranque de campaña del PP tuvo lugar en la Plaza de Colón, de Madrid, a dos manzanas de su sede nacional, y la arena donde el conservadorismo ha librado sus mayores batallas de masas contra el gobierno de Zapatero, delante de la inmensa bandera española que allí fue colocada en los tiempos que gobernaba José María Aznar.

La derecha española acude a estas elecciones aún con la indigestión de la derrota inesperada que sufrieron en las generales del 2004, que no han sabido asimilar hasta el punto de que después de tres años largos sigue tratando al gobierno socialista como a un impostor y le ningunean la legitimidad democrática que lógicamente tiene. El discurso sin mesura contra el gobierno socialista caracteriza a muchos de sus líderes del PP como pendencieros. Si el bochinche produce rédito electoral, las urnas no dirán. La posición asumida por el PP ha radicalizado también a su electorado, al tiempo que el partido parece distante del centro político que ocupó hace unos quince años y que fue lo que finalmente lo que le dio el poder.

Los dirigentes del partido derechista español parecen así colocados en la disyuntiva de ganar o irse. Si pudieran presentar como una victoria clara el resultado de estas elecciones locales y regionales tendrán posibilidades más claras dentro de un año en las generales. Sin embargo, una derrota les deja ante la posibilidad de permanencer otra legislatura en los cuarteles de invierno y supondría el canto del cisne para los radicales que ahora están en el cogollo dirigente del partido. Claro que tratándose de elecciones municipales, donde se pueden echar las cuentas como mejor convengan, contando votos, ediles o cantidad de municipios, y dado que las regionales no se celebran en las autonomías políticamente más importantes, queda bastante margen para que los números bailen al compás que se le quiera marcar.

La derecha española ha pasado por distintas etapas desde la transición. Primero, la rama joven del franquismo imprevistamente ocupó el centro en compañía de algunos elementos de la oposición más moderada a la dictadura franquista. Fue aquel navío del cambio democrático llamado UCD (Unión del Centro Democrático). En tanto, los franquista y nostálgicos del viejo régimen quedaban extraviados en su propio tiempo, hasta que con el agua al cuello se agarraron a los restos que quedaron flotando en el naufragio de la UCD. Se constituyó en los años ochenta del pasado siglo un nuevo partido que fue aglutinando todas las fuerzas desde la extrema derecha hasta el socialismo. Esa nueva derecha pasó por varias etapas antes de tonarse electoralmente potable. Primero se «desfranquizó» y después tuvo que «desfragizarse» cuando se vio la imposibilidad de alcanzar el poder mientras llevara el timón el veterano caudillo Manuel Fraga. El nuevo partido estuvo en condiciones de asaltar con éxito el poder con su tercer nuevo joven líder, José María Aznar, y en unos momento en que el gobierno socialista que encabezaba Felipe González se ahogaba en las bilis de la corrupción. Con Aznar al frente, el partido refundado y un programa centrista, el PP tocó el poder en 1993, lo logró en minoría en 1996 y lo consolidó con la mayoría absoluta del 2000. Entonces se le cayó la careta al falso liberal. Aznar y su partido mostraron su rostro más derechista tanto en lo interno como en las relaciones internacionales. Claro que ese es su estado natural, que se diferencia notablemente de sus pares franceses, para quienes el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen hace de tapón de continencia. Sin embargo, a la derecha del PP solo está el vacío.

Maestro de la ambigüedad, Rajoy acostumbra a dar una de cal y otra de arena. Hay veces que parece un líder moderado, de centro; pero otras da la impresión de ser el prototipo de dirigente de lo que algunos llaman «la derechona». Sentando sobre el muro, Rajoy finalmente tendrá que saltar o acabarán tumbándole. La cuestión es si acierta de lado. Por la derecha tiene a Aznar y sus acólitos, guardianes de la ortodoxia y las esencias del PP. Por la otra, un centro indefinido en el que el exitoso alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, que debe salir robustecido en estas elecciones, vela armas a la espera de su oportunidad de liderazgo, que choca frontalmente con la vieja guardia «pepera». Si Rajoy salta hacia este lado, quizás tenga que dedicarse a la tarea de
«desaznarizar» al PP, del mismo modo que su dia el Partido Socialista tuvo que ser «desfelipizado».

Un resultado electoral poco favorable o que no pueda ser presentado nítidamente como una victoria, podría llevar a Rajoy a enrocarse en posiciones más conservadoras y beligerantes. Una victoria presentable puede animar a los combativos dirigentes del segundo y tercer escalón del PP, de obediencia aznarista, a considerar que la razón le asiste y que todo se reduce a darle más caña al gobierno para ganar las elecciones generales del año próximo.

Los comentaristas stán de acuerdo en que España no es Francia ni Rajoy es Sarkozy, aunque se haya saltado a la grupa de su caballo ganador.

Francisco R. Figueroa