Brillo y esplendor al bolívar

El comandante Hugo Chávez asegura que le dará brillo y esplendor al bolívar. Realizará una lipossucción al bolívar que lo adelgazará el tres ceros para quetenga un lustre mayor incluso que en la época dorada del célebre «4,30».

«El bolívar va recuperar todo el terreno perdido ante el dólar, el euro y todas las monedas del mundo (…) Estaríamos listos para comenzar con nuestro bolívar fuerte al comenzar 2008», proclamó Chávez durante su programa «Aló, Presidente», este último jueves.

En el último cuarto de siglo, el signo monetario venezolano se ha envilecido depreciándose en más de quinientas veces desde aquel precio famoso de 4,30 bolívares por dólar. Es exactamente ese «4,30» el valor que subyace en el subconsciente colectivo venezolano como sinónimo de tiempos de vacas gordas.

Pero el nuevo bolívar que tiene en mente Hugo Chávez posiblemente sea el más robusto desde que el presidente Antonio Guzmán Blanco creó la moneda venezolana en 1879.

Un dólar vale hoy 2.150 bolívares al precio que el gobierno de Caracas tiene bajo control desde 2003, aunque en el mercado negro ha oscilado en las últimas semanas entre 4.000 y 4.650 bolívares.

Aquel legendario «4,30» determinó el tiempo de la «Venezuela Saudita», una era ostentosa, que coincide con los años setenta del siglo pasado y que desembocó en el «viernes negro», un aciago 8 de febrero de 1983, la fecha exacta en que entró en pendiente aquel país parásito del petróleo.

En 1986, a los tres años, el bolívar flotaba a 30 unidades por dólar, e iba con una deriva incierta. Ya eran 60 bolívares por dólar cuando Chávez, al frente de un grupo de militares felones, trató de derrocar por las armas al gobierno democrático de Carlos Andrés Pérez, en febrero de 1992.

Era el tramo final del camino de cabras erizado de obstáculo que comenzó aquel «viernes negro» de 1983 y tuvo sus peores momentos en el «caracazo», como se conoce el motín popular que hubo en febrero de 1989, la intentona golpista de Chávez de febrero de 1992 y otra alzamiento militar en noviembre de ese mismo año. Todas ellas fueron revueltas manchadas con mucha sangre. Finalmente, en 1993, Pérez quedó destituido para ser juzgado por una presunta corrupción que nunca quedó probada en el proceso a que fue sometida por la Corte Suprema.

Fue así que la Venezuela alegre del rentismo petrolero descubrió que tenía gangrena, una crisis generalizada política, económica y social, pero también ética y moral. Había fracasado un modo de vida de fanfarrones. La convivencia política en democracia —el Pacto de Punto Fijo— idealizado en 1958, degeneró en un perverso sistema de corruptelas y clientelismo generalizados.

Dilapidados alegremente quedaban no menos de 250.000 millones de dólares, según las cuentas que llevaba el más prestigioso de los intelectuales venezolanos, el escritor Arturo Uslar Pietri, muerto a los 94 años en el 2002. Esa cifra tan fabulosa para una nación de unos 20 millones de habitantes equivale, en las cuentas de Uslar Pietri, a 19 veces la cantidad del Plan Marshall para la reconstrucción de la Europa occidental arrasada por la Segunda Guerra Mundial.

En febrero de 1999, Chávez asumió por vez primera la presidencia de Venezuela. El viejo líder de Pacto de Punto Fijo, el democristiano Rafael Caldera, le traspasaba el poder al grito de «Haga usted lo que mejor le parezca» cuando Chávez se saltó el protocolo del juramento para proclamar la muerte inminente del viajo régimen. Fue un sonoro portazo que cerró la corrupta vieja república. En aquellos días un dólar valía 600 bolívares.

Con los actores de las vieja república acorralados y las clases adineradas y las viejas oligarquías —los «amos del valle», los «mantuanos», los »grandes cacaos»…— contra las cuerdas, y una nueva casta en el poder a la sombra de Chávez, unida a los militares —guardia pretoriana de la revolución—, Venezuela explora desde hace ocho años un camino que lleva al socialismo, a políticas que han fracasado en otras naciones, en distintas latitudes.

Chávez le quitará tres ceros al precio del bolívar en un virtual pase de magia monetario. La nueva paridad será —si no hay sorpresas— de poco más dos nuevos bolívares por dólar.

Pero una operación así —que puede ser interpretada como una sesión de terapia colectiva para elevar la estima de los venezolanos mediante esa operación de cirugía estética en la política monetaria— no es en sí misma milagrosa. Otras naciones —Argentina, Brasil, Perú, Bolivia...— quitaron varias veces ceros al valor de sus respectivas monedas, pero tan sólo lograron resultados cuando adoptaron políticas económicas de libre mercado, con plena vigencia de la democracia política.

Por ejemplo, cuando llegó por vez primera a la presidencia del Perú, en 1985, Alan García decidió quitar tres ceros a la cotización del viejo sol y llamar inti a la nueva unidad monetaria resultante. Al dejar el cargo, cinco años después, esa nueva moneda se había avejentado a tales pasos de gigante que hicieron volar el valor del dólar 11 intis a 200.000 intis.

La causa fue una política económica heterodoxa y populista, errática, con nacionalizaciones, controles de precios, de intereses y de cambio, subvenciones disparatadas, intervención en los mercados y guerra permanente con los organismos financieros multilaterales.

El resultado fue que en el quinquenio presidencial de Alan García los precios aumentaron un 2.200.000 por ciento y al inti le sobraban los ceros. Tantos que el nuevo presidente, Alberto Fujimori, le quitó seis y creó al nuevo sol en 1991.

Brasil quitó ceros a su moneda alegremente durante 25 años, entre 1969 y 1994. Fueron nada amenos que quince ceros y, además, se dividió por 2,75 para establecer el valor del real, la nueva moneda, en 1994. Así, para completar hoy dos reales —equivalentes a un dólar—, habría que amontonar nada más y nada menos que 5,5 billones de los cruceiros de 1969.

La economía brasileña no halló sosiego hasta que un ministro de Hacienda socialdemócrata que luego fue presidente de la Republica —Fernando Henrique Cardoso—, puso en marcha el Plan Real de estabilidad económica con políticas de libertad de mercado, apertura, privatizaciones y de fomento de la inversión, que sigue a pie juntillas su sucesor, Luiz Inácio Lula da Silva, un político que ha subordinado las ideas radicales de izquierda que le llevaron a la política hace un cuarto de siglo a la conveniencia nacional. Los resultados, en ambos casos, están a la vista.

Antes del llamado Plan Real, desde los tiempos de la dictadura militar (1964-85), pero también en democracia, la economía brasileña estuvo controlada y dirigida por un gobierno intervencionista y unos tecnócratas heterodoxos y nacionalistas que manejaban un estado tan elefantiásico y un sector público de un tamaño propio de un países comunista.

Hugo Chávez, un gobernante que ha dejado claro que nacionalizará hasta las carnicerías si los chacineros no se pliegan a sus medidas controlistas, debiera tener presente esos antecedentes. Quizás los más de 40.000 millones de dólares que Venezuela recibirá en 2007 por la exportación de petróleo le den otra perspectiva. De cualquier manera, los controles comerciales están reñidos con las libertades y la democracia y sólo se suelen mantener por la fuerza de la represión.

Francisco R. Figueroa
www.franciscofigueroa.es
www.apuntesiberoamericanos.com

1 comentario:

Martin Bolivar dijo...

En la Argentina al menos se quitaron 12 ceros en la década de los años setenta, al menos que yo sepa, lo digo de memoria, y luego se equiparó al peso argentino con el dólar, es decir que se podía pagar por la misma cantidad de pesos o dólares, una medida artificial que llevó al corralito. Es posible que ocurra lo mismo en Venezuela, aunque el propio Hugo Chávez desmienta todo a través del lavado colectivo a través de su programa radiofónico.