La resurrección de Anastasio Somoza

6 Noviembre 2013

Daniel Ortega se afianza como el supremo de Nicaragua, como un remedo magnífico de Anastasio Somoza, último miembro del clan que mantuvo subyugada a Nicaragua por 43 años.
El mandatario acaba de someter por sorpresa a la Asamblea Nacional, que él controla y maneja, un plan de reforma en profundidad de la Constitución, de modo que podrá perpetuarse en el cargo y robustecer su poder, que ya es omnímodo.

Unos objetivos de dominación de una nación aún pobre y supersticiosa camuflados bajo la consigna grandilocuente de establecer en la Carta Magna un «modelo de democracia directa» inspirado en «valores cristianos, ideales socialistas y prácticas solidarias». Amén.
Hace poco más de dos años, Ortega logró que una Corte Suprema sumisa y felona sentenciara que el doble impedimento constitucional de reelección presidencial existente no le era aplicable él.

De ese modo fullero pudo presentarse a los comicios de noviembre de 2011 y ganarlos holgadamente, aunque de manera también tramposa, según distintos observadores.
Son cada vez más lo que ven como un «dictador sin principios» al viejo comandante sandinista Daniel Ortega, que el próximo día once cumplirá 68 años de edad.

El mandatario no cree en la democracia representativa y para él las elecciones son un mal necesario, según el escritor Sergio Ramírez, que fue vicepresidente de Nicaragua en tándem con Ortega de 1984 a 1990.

Ortega tiene un proyecto de largo plazo: lo que la edad le permita y a lo mejor está pesando en herederos (sus dos grandes referentes: Fidel Castro y Hugo Chávez, designaron a sus sucesores). Para eso que trata de poseer cada vez mayor poder económico, un control más efectivo sobre las fuerzas de seguridad y más medios de comunicación. En pos de ello reforma ahora la ley fundamental nicaragüense.

Maneja el cotarro con su mujer, la «prestante» Rosario Murillo. Con un populismo descarado se ganan el favor de la gente fomentando el clientelismo, la ignorancia y la superchería religiosa gracias sobre todo a las inyecciones de dinero y petróleo de la Venezuela chavista. Y al tesoro público nacional nicaragüense, que usan a discreción.
En el matrimonio presidencial nicaragüense tanto monta, monta tanto, Daniel como Rosario. Aunque a ella nadie la ha elegido.
Las instituciones nicaragüenses está subordinadas al matrimonio presidencial, que hace y deshace allí a su antojo. No hay separación efectiva de poderes ni contrapesos reales. La democracia es allí papel mojado.
Los últimas comicios presidenciales dieron a Ortega dos tercios de los votos y el doble de diputados que sus rivales. Casi el 70% de la Asamblea Nacional es de su cuerda. La reforma constitucional está, pues, chupada. Puro trámite.
Sepultados en el tiempo quedaron los ideales de libertad y redención del pueblo históricamente oprimido que animaron la revolución sandinista y la guerra civil, que acabó en 1979 con la dictadura somocista.
El antiguo guerrillero Ortega sigue haciendo flamear la bandera de la revolución, pero luce desteñida y hecha jirones. Su discurso es muy confuso, con una fuerte tono religioso. De los viejos tiempos de la romántica «guerra de liberación» sólo quedan a su lado un puñado de oportunistas.
Nicaragua sigue siendo la nación más pobre y atrasada de América, tras Haití. Más o menos como era antes del triunfo de la Revolución Sandinista. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si el progreso fuera de otras latitudes. Como si la nación nicaragüense fuera víctima de una maldición eterna.
En tanto, Ortega —que nada tenía en 1979— y su mujer llevan una vida opulenta y han amasado una fortuna equiparable a la de los Somoza, según publicó el diario mexicano El Universal.
Tienen montado un tinglado de considerables proporciones y largos tentáculos en la agropecuaria, el turismo y los medios d comunicación, entre otros. Se aprovechan sin control de los bienes del Estado y de la cooperación internacional, fundamentalmente de la generosidad venezolana.
Y todo en nombre de los pobres.
Seis años después de la segunda instalación en la presidencia de Ortega y a los treinta y cuatro de la caída de la dictadura somocista, cerca de la mitad de los nicaragüenses (el 43%) subsiste con menos de dos dólares diarios y un tercio del país vive de las remesas. El país crece, pero la riqueza apenas se reparte.
La informalidad representa el 74% de la economía y el subempleo afecta al 45% de las personas en edad de trabajar.
La Nicaragua del clan Ortega-Murillo registra resultados sociales raquíticos, pese a la propaganda oficial.
La mejora que hay en los niveles de bienestar se debe posiblemente más que a las dádivas clientelares del gobierno a las remesas de los emigrantes, que alcanzan mil millones de dólares y representan el 10% del productor interior bruto (PIB).
La reforma constitucional emprendida por Ortega beneficia a la Iglesia católica, con cuyo máximo líder en Nicaragua, el cardenal Miguel Obando y Bravo, el gobernante está en perfecta armonía.
También favorece a los empresarios, a los que Ortega mima a cambio de que no se metan en política.

En un país paupérrimo, paradójicamente se multiplican los multimillonarios, hasta el punto de que registra el doble de personas con patrimonios superiores a treinta millones de dólares que Costa Rica o Uruguay, naciones con una economía cinco veces mayor.
Si en un gesto propio del filme «Mission: Impossible» Ortega se arrancara una careta mostraría seguramente el semblante del antiguo dictador nicaragüense que en septiembre de 1980 fue ultimado de un bazucazo en una calle de Asunción del Paraguay, en un atentado de un comando de extrema izquierda urdido en la Nicaragua sandinista que él mismo dirigía.

Como aseguraba en uno de sus impagables artículos el escritor y académico Arturo Pérez-Reverte, hay revoluciones triunfantes que se convirtieron «en patéticos número de circo, en rapiñas infames a cargo de antiguos héroes, reales o supuestos, que pronto demostraron ser tan sinvergüenzas como el enemigo, el dictador, el canalla que los había precedido en el palacio presidencial». Pues eso mismo.