La desmemoria de Aznar

3 Noviembre 2013
Desconfío de la franqueza de José María Aznar cuando en sus memorias habla de Hugo Chávez. Quizás se hizo un lío. O a lo mejor es una muestra jactanciosa más de su presuntuosidad.
Afirma, más o menos, que Chávez le debe a él haber vuelto al poder en abril 2002 y que si él hubiera intervenido en aquel golpe de Estado el difunto presidente venezolano habría quedado allí mismo frito.

Chávez pudo ser repuesto en la presidencia porque Aznar no lo sacó de Venezuela, como le pidió Fidel Castro, con lo que el golpe habría triunfado. Eso alega Aznar.

Pero hay quienes están convencidos de que la clave del fracaso de aquel golpe fue el militar venezolano que no se atrevió a descerrajarle un tiro a Chávez y que hoy regente una pizzería en la Costa del Sol española.

El difundo presidente venezolano se crecía culpando a Aznar de estar tras del golpe. La izquierda española creía que eso era cierto, tal vez mediatizada por Caracas. Incluso así lo testimonió en sede parlamentaria el socialista Miguel Ángel Moratinos siendo ministro de Asuntos Exteriores.

«Creo que he demostrado fehacientemente que mis tres afirmaciones son ciertas: que en Venezuela hubo un golpe de Estado; que el embajador [Manuel] Viturro recibió instrucciones, y que el efecto de dichas instrucciones ayudaba a legitimar el golpe de Estado de la junta cívico-militar, dándole cobertura internacional», dijo Moratinos, en diciembre de 2004, ante la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso, a la que, según el diario El País, aportó «una densa argumentación documental». Y todos los grupos parlamentarios dieron por buena la exposición de Moratinos, salvo el Partido Popular, aunque con «objeciones marginales».

Está comprobado que en medio de aquellos confusos acontecimientos Aznar habló por teléfono con Pedro Carmona, el empresario que estaba a punto de hacerse cargo del poder. Aznar lo cuenta sin detalles. El líder democristiano Eduardo Fernández me confirmó hace diez años que esa conversación ocurrió y que él hizo de intermediario. No me dio, sin embargo, precisiones de lo conversado. Pedro Carmona, en un libro titulado «Mi testimonio ante la historia», asegura que detrás del golpe no estuvieron Aznar ni George W. Bush ni ningún otro líder extranjero.

«Mira, Hugo, si yo hubiera querido dar el golpe y lo hubiera organizado, te aseguro que tú ahora no estabas aquí», manifiesta Aznar que le dijo a Chávez en la Cumbre Iberoamericana de Lima.

Fue imposible que ahí le dijera eso. Porque la cumbre en la capital peruana tuvo lugar en noviembre de 2001,  cinco meses antes del golpe. En su afán de ser «preciso», Aznar asegura que tuvo esa conversación con Chávez durante una cena en el restaurante La Rosa Náutica, un palafito de lujo a orillas del Pacífico frente al cantil de Miraflores.

No se sabe en qué pensaba Aznar cuando le salió con esa chulería a Chávez. Si es que realmente esa conversación existió. Lo más preocupante es que el presidente español insinúa que se sentía capaz de derrocar a un mandatario iberoamericano. ¿Por él mismo o quizás pensaba en la ayuda de su particular «primo Zumosol», George W. Bush?

Aznar afirma también que dio lecciones a Chávez como presidente electo, en enero de 1999, en Madrid, y más tarde como jefe de Estado, durante una visita oficial suya a Caracas a mediados de aquel mismo año, de la que fui testigo.

Creía pretenciosamente Aznar, según sus memorias, que podía determinar el rumbo de aquel belicoso militar golpista convencido como estaba de su destino insoslayable de refundador de la patria: Bolívar redivivo.

Aznar deja bastante claro que veía a Chávez como un militronche vitalista capaz de alzarse como otro caudillo latinoamericano. Él quería impedirlo y «lo intenté ayudar». ¡Pardiez que lo consiguió!

Otro error de Aznar fue creer que Chávez colaboraría con España en la lucha antiterrorista poniendo a buen recaudo a la panda de etarras que desde los años ochentas había encontrado refugio en Venezuela.

Desconocía sin duda Aznar qué fuerzas estaban detrás de Chávez y la determinante influencia que sobre él ya tenía Fidel Castro, otro protector de etarras. Chávez no se abraza a Castro tras el golpe de abril 2002, como dice Aznar. Era su cautivo ideológico desde diciembre de 1994, cuando Castro lo deslumbró yendo a recibirle por sorpresa al Aeropuerto José Martí, de La Habana, a él, que entonces era un Don nadie.

Fidel Castro entendió desde la primera hora el potencial de aquel golpistas recién salido de la cárcel, que entonces era apoyado por una cuadrilla de trasnochados izquierdistas venezolanos.

Venezuela nunca cooperó eficazmente con España en asuntos de ETA, ni con Chávez, por ideología, ni con su antecesor, Rafael Caldera, por su afinidad con la comunidad vasca en Venezuela y su vieja camaradería con el Partido Nacionalista Vasco (PNV). Pero nada de esto parece que fue capaz Aznar de evaluar.

También Aznar confunde los tiempos cuando se atribuye haber convencido al líder democristiano Eduardo Fernández a apoyar la democracia, a la que las dos intentonas golpistas de 1992 pusieron en un brete.

Tras la primera de ellas, la capitaneada por Chávez, en febrero de 1992, Eduardo Fernández salió tempranamente en defensa de la legalidad constitucional encarnada por Carlos Andrés Pérez, el presidente al que pretendieron derrocar.

Exagera Aznar cuando habla de que Carlos Andrés Pérez y el entonces jefe del Gobierno español, Felipe González, le pidieron que interviniera ante Eduardo Fernández, que era el jefe del opositor partido democristiano COPEI, para que contribuyera a la estabilidad de Venezuela.

Fernández había hecho valientemente eso de inmediato, sin necesidad de que nadie se lo pidiera. Era su deber como jefe de la oposición, como patriota y como demócrata. Para nada necesitaban Pérez y Fernández a Aznar. Se entendían directamente. Quizás las cosas sucedieron de otro modo. O en otro momento, cuando ya no era necesario. O quizás Felipe González y Aznar jugaban a ser influyentes líderes internacionales.

Era el expresidente Caldera a quien Aznar debiera haber parado los pies. El astuto viejo caudillo democristiano, que había sido relegado en 1988 por sus discípulos, principalmente por Eduardo Fernández, vio en la intentona golpista de Chávez la ocasión de vengarse de sus antiguos acólitos y de relanzar su virtualmente extinta vida política.

En su condición de senador vitalicio pronunció un vehemente discurso en el que conectó con los motivos del golpe y se sintonizó con una sociedad hastiada del bipartidismo, aquel régimen del que, paradójicamente, el propio Caldera había sido artífice, hasta el punto que fue alumbrado en sus propia residencia caraqueña treinta y cinco años antes.

Fernández no se inmoló en defensa de la democracia, como insinúa Aznar. Tampoco Caldera montó una operación para desplazarlo del liderazgo de la democracia cristiana, porque fue al contrario y ocurrió cuatro años antes.

Caldera logró en 1994 volver a la presidencia de la República con un proyecto personal ajeno a la democracia cristiana, respaldo por las mismas fuerzas heterogéneas de las izquierdas que con el tiempo se convertirían en chavistas.

Es más, Caldera estuvo en contacto permanente con el encarcelado Chávez. Y ya presidente sobreseyó a las primeras de cambio la causa contra los golpistas que llevaba una corte marcial. Un Caldera octogenario, fatigado y fracasado acabó facilitando que Chávez llegara al poder y que la decrépita cuarta república sucumbiera.

Fernández —que lo sepa Aznar— feneció políticamente del mismo mal que los demás políticos tradicionales venezolanos, por el mismo huracán que acabó con el modelo bipartidista venezolano, que con el tiempo se había convertido en corrupto e ineficiente. Ya era poco en 1993, hasta el punto de perder la elección interna de candidato presidencia frente a Oswaldo Álvarez Paz, a quien Caldera derrotaría luego en las elecciones de 1994.

Se confunden Aznar cuando llama «caracazo» a la intentona golpista de febrero de 1992. El «caracazo» había tenido lugar tres años antes y fue un levantamiento civil contra las políticas neoliberales que Carlos Andrés Pérez estaba adoptando al principio de su segundo gobierno.

Sin embargo, tiene razón Aznar cuando habla de la honda inquietud que le generó en 1992 Carlos Andrés Pérez al transmitirle en Caracas una visión muy optimista y tranquilizadora de la situación venezolana. Pérez era así.

Por ejemplo, al día siguiente de la segunda intentona golpista, registrada en noviembre de aquel mismo año, el presidente me hizo unas declaraciones que parecían ser las del mandatario de una paradisíaca isla de la felicidad, una arcadia de estabilidad institucional, poco después de que un helicóptero en poder de los sublevados le hubiera lanzado el último pepinazo.

franciscorfigueroa@gmail.com

1 comentario:

Carioca dijo...

¡Qué gusto leer artículos bien documentados en medio de este periodiquismo que nos invade! Se ha pasado usted, señor Figueroa. Le ha refescado la memoria a ese fantasma de Aznar (¡vaya chulería que se gasta este señor!) con datos bien precisos y bien analizados. Agradecido como lector