El cáncer de Chávez muestra las miserias de su régimen

Francisco R. Figueroa / 6 julio 2011

Después de un montón de embustes, declaraciones groseras y verdades a medias supimos que Hugo Chávez efectivamente padece cáncer. Es un cáncer opaco porque nadie revela su dimensión. Pero se percibe bastante grave, a juzgar por la mucha envergadura de su segunda operación en La Habana y por lo que ha dejado entrever el propio caudillo venezolano tras su sorpresivo regreso a Caracas, el pasado lunes, entre gallos y medianoche.

La revelación del padecimiento, hecha por televisión desde La Habana personalmente por un Chávez visiblemente desmejorado, y su corto discurso de la tarde del mismo lunes desde un balcón del Palacio de Miraflores, ha dado al mandatario una dimensión mortal en el imaginario de sus seguidores, donde anidaba un sueño de eternidad. Ha puesto de manifiesto también la desnudez del chavismo, que sin su mentor no parece nada. Asimismo, ha expuesto a los miembros del cogollo del régimen como una gavilla de párvulos codiciosos, desconcertados, sin condiciones de liderazgo. Gente menuda, pura calderilla.

Aunque ha vuelto a Caracas, Chávez está evidentemente con las fuerzas menguadas. Los médicos tampoco permiten al paciente hacer gran cosa. Para algunos, el regreso a Caracas no se debía haber producido hasta completar el tratamiento. El lunes hizo ante sus partidarios un discurso de media hora, una nimiedad para alguien como él acostumbrado a peroratas que duran hasta ocho horas. El martes 5 de julio tuvo que teledirigir las conmemoraciones del bicentenario de la independencia venezolana, sin poder salir del palacio presidencial. Un paripé en una fecha histórica largamente esperada por el mandatario en su transmutación en Simón Bolívar y en la que tenía planeado iniciar una frenética carrera por una nueva reelección.

Sorprendida por la enfermedad, la cúpula chavista perdió los papeles, comenzando por el hermano mayor, Adán Chávez, a quien su propia madre. Elena Frías, proponía virtualmente como heredero, sin duda tratando de evitar que tan enorme chollo se les vaya de las manos, y quien habló de mantener el régimen incluso mediante la lucha armada. Adán Chávez surgía como el recambio que quieren los hermanos Castro para que si faltara Chávez continúe el vital flujo venezolano de petróleo y divisas a cambio de trabajo humano sumiso, esos 60.000 cooperantes cubanos en Venezuela que constituyen una legión de nuevos esclavos.

Chávez ha dejado claro que no se fía de sus cachorros, talvez consciente de su incompetencia. Por eso no delegó el poder a pesar de haber sido sometido a dos operaciones, estado anestesiado, sufrido conmoción por la noticia del cáncer – que le dio Fidel Castro –, permanecido cuatro días en una UCI y recibido quimioterapia.

Convaleciente, en medio del duro tratamiento y desoyendo los consejos de su «médico de cabecera», Fidel Castro, Chávez se ha visto obligado a retornar a Venezuela para exorcizar los demonios desatados por su grave percance de salud y desdentar a los marrajos que se disputaban la herencia a mordiscos, ante la eventualidad de una muerte o de que el líder carezca de fuerza para disputar las elecciones presidenciales del año que viene.

Chávez y Castro – cuyo ojo clínico dicen que salvo a su sobrino ideológico, que parecía reacio a los médicos – dan como segura la derrota de la muerte. Pero de puertas a dentro persiste la preocupación pues nadie sabe cómo saldrá Chávez, aunque todos presumen que en el mejor de los casos acabará muy mermado, imposibilitado de ejercer el poder de la manera omnipresente y desmedida de los pasados doce años.

Ha quedado claro que la llamada «revolución bolivariana» es un proyecto personalista y no habrá chavismo sin Chávez. El mandatario se ha comportado hasta ahora durante más de doce años como un superman de la política, una figura única predestinada a la inmortalidad que no ha permitido el surgimiento de dirigentes alternativos. El régimen venezolano está enfermo, de recesión, hiperinflación y elevado endeudamiento en un ambiente regional latinoamericano de crecimiento y moderación de precios; con una gestión pública errática, carcomida por la ineficiencia y podrida por la corrupción; de degradación moral e insatisfacción popular; de desabastecimiento y racionamiento de electricidad; de violencia social difícilmente equiparable en el mundo y una terrible crisis carcelaria en un país petrolero que en los doce años de Chávez ha dilapidado entre 750.000 millones y un billón de dólares ingresados durante por la venta de «oro negro», en la coyuntura de precios más favorable jamás conocida.

Con independencia de lo que diga Chávez, su régimen está herido. Hay una sensación de lo que ocurre es el principio de fin. Al presidente venezolano le queda al menos cinco años pendiendo de un hilo por el cáncer y aunque lo supere, el caudillo no será el mismo.

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