La rumba de Hugo Chávez

Hugo Chávez acaba de cumplir diez años en el poder decidido a seguir ahí otros diez al menos. Su gestión comenzó el 2 de febrero de 1999 bajo el signo de la discordia y desde aquel día Venezuela está presa en un torbellino de pasiones. Chávez ha convertido a su país en una auténtica potencia en discordias, pero realmente Venezuela ha progresado muy poco.

Por todo lo que Chávez ha batallado durante este decenio a su país no lo debiera conocer hoy «ni la madre que lo parió» con unos 600.000 millones de dólares que ha tenido a su disposición procedentes de las exportaciones petroleras. Ha habido avances sociales, pero no la transformación vigorosa, casi sin parangón en el mundo, que esa ingente suma de dinero sugiere. Una oportunidad histórica sin precedentes ha sido echada por la borda, derrochada en ineficiencia, politiquería, clientelismo, bonche, rumba y corrupción.

Una década en tareas de gobierno es un tiempo considerable. Da para mucho y más con los bolsillos repletos. Hay naciones que en un lapso de tiempo semejante y con muchos menos recursos han experimentado progresos notables: el Chile de la Concertación, el Brasil de Cardoso y Lula da Silva e incluso la Colombia de Uribe, sin mencionar a algunas naciones ex comunistas y del este asiático. Menor es el tiempo que tiene a su disposición Barack Obama. Pero en el caso de Chávez todo ese tiempo ha sido una década pérdida y un viaje a ninguna parte. La primera década perdida, porque Chávez está alocado por seguir en el poder por lo menos otros diez años.

¿Cuáles son los logros de Chávez, de su cacareada «revolución bolivariana» y su muy mentado «socialismo del siglo veintiuno»?

Algunas fuentes consideran innegables avances sociales: reducción de la pobreza, mejora de la asistencia sanitaria y más educación básica, sustentados por programas asistenciales en los núcleos de población más desfavorecidos, por parte de un Gobierno que ha hecho bandera de la prebenda, con un gobernante que presume de benefactor de la patria y que debe todo el inmenso poder que tiene, así como su relumbrón internacional, a su «generosidad» con los enormes ingresos petroleros del país.

Hay estadísticas que muestran un aumento del 20% de la renta media de los venezolanos y del 40% entre los más pobres. Pero como nada de eso tiene que ver con un programa de desarrollo sostenible, su durabilidad está relacionada con la disponibilidad de «petrodólares» que siga teniendo Chávez. Cada vez recibe menos, cada día la nación es más dependiente, cada hora la crisis se ahonda y cada instante la megalomanía chavista devora más divisas. Ahora parece que el dinero ya no le llega para pagar sus costosas «nacionalizaciones». Véase, por ejemplo, el caso del Banco de Venezuela (Santander).

En este décimo aniversario el barril de crudo venezolano se ha desplomado a menos de 40 dólares, a niveles de antes de que Chávez consolidara su poder en las elecciones parlamentarias del 2005, celebradas sin el concurso de la oposición, y las presidenciales del 2006, que ganó con casi el 63% de los votos. El precio del barril está muy lejos de los 135 dólares de julio último, de los 100 dólares que Chávez consideraba un valor justo y de los 60 dólares calculados por los burócratas que confeccionaron el presupuesto nacional del 2009.

Quizás por todo el dinero soltado a manos llenas en los programas sociales Venezuela haya mejorado su posición en la estadística del PNUD sobre Desarrollo Humano, aunque bastantes países han logrado más en el mismo lapso de tiempo sin alharacas políticas ni económicas, como México o Trinidad y Tobago entre los americanos, Rumania o Bulgaria, ambos ex comunistas, y los Emiratos o Kuwait, los dos, como Venezuela, netamente petroleros.

Venezuela ocupa el lugar 61º de una tabla con 179 países del PNUD, pero naciones «hermanas» como Chile, Argentina, Uruguay, Costa Rica, Panamá y varios estados enanos del Caribe tienen un mejor Índice de Desarrollo Humano sin disponer de esos gigantescos, desmesurados, ingresos provenientes del petróleo como los que han inundado las arcas venezolanas, que lucen significativamente menguadas ahora en medio de la efemérides.

Pero hay estadísticas, como las de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). que muestran, pese a la bonanza petrolera, un aumento significativo de tanto de la pobreza como de la miseria bajo Chávez así como un incremento del sector económico informal, del mismo modo que hay analistas que afirman que el Producto Interno Bruto (PIB) en 2008 ha vuelto al nivel de 1998, justo antes de Chávez, junto con una eleva inflación. El décimo aniversario del chavismo está signado por la crisis global, pero también por otra propia del régimen y del país.

En ese aniversario de retórica y palabras huecas, sobre todo Chávez se ha celebrado a sí mismo, como destacaba el diario madrileño «El País», de cara al referéndum del día 15 que ha sido organizado a la velocidad del rayo para lo que es la política con la finalidad de consagrar la elección indefinida de los gobernantes. El pueblo venezolana le dijo a Chávez que no a la reelección indefinida hace poco más de un año, pero obsesionado como está con seguir en el poder de por vida ha vuelto a someter el asunto al veredicto popular ahora con aparentemente tiene mejores perspectivas de lograrlo. ¿Cuánto tiempo cree Chávez que se necesita para transformar una nación, para engrandecerla? Por el camino a ninguna parte por donde va parece que nunca lo logrará.

En diez años Hugo Chávez sigue sin cumplirse promesa básicas como la de diversificar una economía que sigue siendo totalmente adicta al petróleo; de lograr el autoabastecimiento, cuando todos los alimentos se importan y hay en esto una dependencia casi absoluta de Colombia. Ahora, al cabo de diez años, Chávez habla de lo que podía haber hecho antes: convertir a Venezuela en una potencia agrícola y ganadera, sectores en los que el país tiene un atraso muy notable.

Pero, más allá de la retórica y el histrionismo chavista, no existe un modelo sensato de país ni tampoco de desarrollo; no aparece por ningún lado un proyecto nacional en el que estén comprometidos todos los estamentos y todos los esfuerzos como lo hay en Chile o en Brasil, por ejemplo. Es más la afición a la plata dulce que la cultura del trabajo y el esfuerzo, salvo en casos individuales o de minorías oriundas del extranjero. La Nación parece vacilante al caminar y Chávez, lejos de haber curado los males del «antiguo régimen» del bipartidismo que Chávez fulminó, los ha agrandado. Puede que haya incorporado a todos los venezolanos al debate político, pero ha hundido al país en la confrontación.

La inseguridad, lejos de reducirse, sigue en tasas de las más elevadas del mundo, con más muertos por armas de fuego sin ser un país en guerra. Caracas es la capital más inseguridad de América y Maracaibo, la segunda ciudad del país, le va a la zaga. Aventajan a Bogotá o a Río de Janeiro. Los crímenes se han más que triplicado en estos diez años.

Chávez ha hecho obras de infraestructura, pero nada espectacular para las dimensiones y las necesidades del país, sin comparación con lo hecho por la dictadura de seis años de Marcos Pérez Jiménez en la década de los cincuenta del siglo XX. Venezuela tampoco ha tenido con Chávez logros en el mundo de las ciencias, las artes o los deportes. Bajo Chávez no ha habido premios Nobel, medallas olímpicas ni campeonatos del mundo. Nadie de relumbrón que echarse al coleto, ni siquiera a Gustavo Dudamel porque el sistema de orquestas juveniles viene de antiguo, del «viejo régimen», aunque el chavismo trate de mostrarlo como cosa propia.

Por tanto, ¿qué hay para festejar en estos diez años, con día festivo nacional incluido, decretado por el perínclito líder? Solo parece que un gigantesco monumento digno de Hollywood, purita fachada, todo cartón piedra y utilería, traca y fogueo de una costosísima opereta.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com