Chávez devaluado

La gran devaluación del bolívar fuerte, la moneda que Hugo Chávez implantó hace escasamente dos años como símbolo de su revolución boyante, ha mostrado que la cacareada estabilidad y fortaleza financiera y cambiaria, esa economía «blindada para la crisis» que pregonaba el propio mandatario venezolano, eran una entelequia, una ilusión más de un prestidigitador que, en medio del estupor de sus partidarios, recurre ahora a una receta del tan denostado neoliberalismo para aferrarse al poder, a lo que la tan denostada oposición «escuálida» decía.

Después de haber dilapidado algunas centenas de miles de millones de dólares [se calcula que cerca del billón] en su francachela revolucionaria, en su megalómano proyecto ideológico continental, en subvencionar la dictadura cubana y otras naciones consideradas serviles, en plata dulce repartida en prebendas y asistencialismo o robada a mansalva, producto de que un barril de petróleo que valía 11 dólares cuando él llego al poder en 1999, rozó los 140 dólares a mediados de 2008 y ahora ronda los 80 dólares, Chávez ha devaluado para duplicar su capacidad de gasto interno en un año electoral clave para su proyecto continuista, cuando el panorama no le es nada alentador ante las parlamentarias de noviembre y cuando sufre una brusca caída de su popularidad, que debe aumentar a partir de ahora.

La gente está indignada porque Chávez hizo, el viernes pasado, un anuncio de tanto calado como si de algo normal se tratara. No hay medidas ni fiscales ni monetarias ni de ninguna otra clase complementarias cuando en el país se enfrenta a un cóctel letal: alta inflación (25% en 2009 según el gobierno o 38% de acuerdo a otras fuentes) y recesión (de casi un 3%). Es poco probable que la devaluación sirva, como asegura Chávez, para reactivar una economía semiestatalizada por un gobierno que trata a los empresarios a puntapiés. La primera consecuencia de la devaluación fue el estupor general y la segunda la confusión incluso entre las propias huestes chavistas, desde donde se ha reprochado al mandatario no oír a quienes saben, sino a quienes le adulan, que la revolución parece hecha de papel y lápiz y que hay grave riesgo de que la misma quede prontamente destruida.

Al devaluar Chávez ha echado las consecuencias de su pésima gestión sobre las espaldas de los venezolanos. El país depende del exterior para un 90% de lo que consumo (salvo derivados del crudo), por lo que la previsión es que la tasa de inflación, que ya es la más alta en América Latina, se duplique a cerca del 60% este año con el consiguiente aumento del malestar de la población. Chávez propugna la insensata idea de sacar el Ejército a la calle a controlar los precios, es decir militarizar el combate a la inflación. Algunas cadenas de tiendas, curiosamente una de capital colombiano, han sido cerradas temporalmente por remarcar. Chávez amenaza con expropiar los comercios y entregárselos a sus trabajadores, y al mismo tiempo arremete contra el mensajero: los medios de comunicación.

Aprovechando la sorpresa del anuncio y la reacción tardía de los comerciantes, las tiendas quedaron desbordadas durante el pasado fin de semana por compradores temerosos dispuestos a convertir su efectivo antes de que al abrir los bancos el lunes se le pulverizara la mitad de sus ahorros. Caaargaron con todo. Al mismo tiempo, al haber impuesto un sistema dual de cambios —2,6 y 4,3 bolívar por dólar—, antes también negado, sumado a la existencia de un mercado paralelo donde el billete verde pasaba de los seis bolívares, que era el triple del valor oficial antes de la devaluación, y al estricto control de cambios imperante desde 2003, la corrupción esta servida. No hay perspectiva de una subida de sueldos, aunque Chávez siempre pude sacar otro conejo de la chistera. ¿Y cuánto lo haría?

En las trincheras chavistas cunde el desconcierto porque no se entiende lo hecho por un gobernante revolucionario, que alguien que se dice socialista haya tomado una decisión tan calamitosa contra el pueblo. Se piden cabezas y cárcel. Claman a Chávez que no juegue con el pueblo y deje de proteger a los corruptos. Se le critica hasta la falta de tacto de haber hecho el anuncio en viernes. En todo el país se recuerda el «viernes negro» de febrero de 1983 cuando una fuerte devaluación del sólido y orgulloso viejo bolívar rompió la confianza de la nación con su gobierno y marcó el principio del fin del régimen democrático iniciado a fines de los años cincuentas tras la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. También se recuerda que una subida de precios, sobre todo el del transporte, en febrero de 1989 desencadenó un motín popular conocido como «el caracazo» que fue ahogada en sangre, en la que Hugo Chávez cimienta su revolución, motivo de las asonadas militares de 1992 y espoleta de la bomba social que llevó al poder al teniente coronel golpista.

El riesgo que tiene Chávez de perder las elecciones parece alto. Por ejemplo, según el sociólogo aleman Heinz Dieterich, considerado uno de los ideólogos del chavismo, si Chávez pierde las elecciones de noviembre la revolución bolivariana acabará. La posibilidade de una derrota es muy real porque -agrega Dieterich- «el presidente no quiere entender que su modelo de gobierno no serve ya para parar los avances del proyecto imperialista-oligárquico».

Políticas como las que acaba de adoptar Chávez ya fracason en otras partes, incluso en Venezuela en varios ocasiones. Sin ir más lejos, en los años ochentas del siglo pasado en Brasil esas políticas provocaron una crisis grave durante el gobierno del presidente José Sarney y en Perú, en la primera gestión de Alan García, hubo a un auténtico desastre nacional.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com