El hombre del año

Por donde se mire a Luiz Inácio Lula da Silva solo se le encuentra un defecto: la falta de un dedo meñique. Esa herida de guerra de cuando era un obrero del metal puede sintetizar una experiencia de vida asombrosa desde su nacimiento en el paupérrimo sertão de Pernambuco hasta eclipsar ahora, con 64 años, al mismísimo presidente de Estados Unidos.

El lulismo es moda mundial. En todas las latitudes este antiguo tornero y sindicalista rudo es proclamado el hombre del año, superando con holgura a Barack Obama. Presto a iniciar el último de sus ocho años en la presidencia de Brasil, a Lula —una «estrella del rock en la escena internacional», como lo llamó recientemente la revista Foreing Policy—, únicamente se le resiste el dominio de su propia sucesión, pese a que tiene el respaldo del 72% de los brasileños y apenas el rechazo del 6%. La candidata presidencial escogido por él a dedo, Dilma Rousseff, no despega de ningún modo.

Ese último año de Lula en la presidencia se pronostica excelente para Brasil, con prosperidad y trabajo mientras al mundo le cuesta remontar la crisis. Lula ha transmitido ese optimismo en su mensaje de Navidad a la Nación. La rueda de la economía brasileña girará en el 2010 por fortuna en forma saludable y sostenida.

En octubre de ese año las elecciones decidirán quien sucederá a este hijo del Brasil coronado por el éxito, el reconocimiento mundial y la casi unanimidad de sus paisanos, convertido en un mito al que le han hecho hasta una película. Le falta que le lleven en andas o le den el Óscar. Sin duda será despedido en olor de multitudes y pasará a la posteridad con el exagerado título de «o mais grande» presidente de la historia nacional.

A Lula, el hombre que el mundo alaba, se le atribuyen todas las proezas y los logros de su país, como si fuera un supermán y como si cada cosa dependiera de su supuestamente fantástica visión: la exitosa superación del crack del 2008, el descubrimiento de grandes reservas submarinas de petróleo, el Mundial de Fútbol del 2014, los Juegos Olímpicos del 2016, la proyección mundial del país como potencia de primer orden, la consolidación de Brasil en el agrobusiness internacional y como meca de las inversiones internacionales, que haya en el país más trabajo y menos pobreza, la elevación del salario mínimo, las pensiones y la autoestima de los brasileños a niveles sin precedentes, y que trata de tú a tú con Estados Unidos, Europa, Rusia, China o la India…

Se le perdona todo: la corrupción en su entorno, que se ha llevado por delante a varios de sus dos más importantes ministros y potenciales delfines (José Dirceu y Antonio Palocci); la mala catadura de algunos de sus principales aliados en el parlamento brasileño y los extraños compañeros de cama con los que gobierna; el clientelismo, la violencia social en las grandes ciudades y las desigualdades que persisten; que sea incapaz de articular ideas sobre su país o su simplismo; y hasta su desagradecida memoria a la hora de reconocer que las bases y vigas maestras del éxito actual de Brasil las echó su antecesor, el socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso, el hombre que le sirvió el cargo y el éxito en bandeja de oro puro.

Lula es un gobernante que ha osado desmarcase de Estados Unidos en la política internacional, tanto en Honduras como en otras latitudes. Por ejemplo, se toma de la mano con el ultraconservador y antisemita presidente iraní, Mahmud de Almadineyad, para mostrar a Washington su independencia sin complejos, que Brasil ha comenzado a actuar ni tener que pedir permiso a nadie, rumbo a su propio liderazgo global. Es Lula sentado a la vera del fuego con Obama decidiendo el futuro de la humanidad. Lula «encarna el renacimiento de un gigante», dijo el diario francés Le Monde al proclamarle el personaje del año. El mito hecho realidad, el «impávido coloso» que canta el himno nacional brasileño en acción.

A Lula se le agradece no haber caído en la tentación de transitar por la senda de Hugo Chávez y otros gobernantes latinoamericanos remendadores de constituciones para perpetuarse en el cargo. Cuándo alguien le preguntó que porqué no lo hizo con la fácil que habría resultado, respondió que en el momento en que alguien se cree insustituible nace un dictador. Exacto, pero hay que obrar en consecuencia.

Porque ese punto de vista no impide a Lula apoyar a la cofradía de caudillos de la reelección propia, comenzando por el propio Chávez, o la familiar, como los Kirchner, que se creen todos ellos imprescindibles, o tomar en Honduras, incluso desbordando arrogancia, la bandera bananera de Manuel Zelaya, que también emprendió con felonía la aventura de seguir en el poder, pese a la prohibición expresa que imponían las leyes nacionales.

Sin embargo, Lula parece que neutraliza a gobernantes como Chávez y logra que una parte de la izquierda latinoamericana se mire más en él, en su pragmatismo y convicciones democráticas, que en el exuberante y desproporcionado presidente venezolano, como ha ocurrido en los casos de los nuevos mandatarios de El Salvador, Mauricio Funes, y de Uruguay, José Mujica.

Dilma Rousseff asegura que de ganar ella la presidencia de Brasil sería como el tercer mandato de Lula. Claramente reconoce así que sin Lula ella no es nada. De hecho durante su vida solo ha sido guerrillera, eso sí, torturada por la dictadura, empleada pública especializada en energía y eficiente ministra de Lula. Pero nunca disputó cualquier clase de elección popular. Debutar en unas presidenciales puede resultar un desvarío, aunque su ángel de la guarda sea Lula.

Esta dura funcionaria, auténtica canciller de hierro en el gobierno de Lula desde su puesto de ministra de la Casa Civil (jefatura del Gabinete), no levanta pasiones en un país que necesita vibrar de entusiasmo ni la compasión del pueblo tras la exhibición algo desmedida de su cáncer linfático.

Aunque su principal rival —el socialdemócrata José Serra— es un triste de solemnidad, ha demostrado su eficacia, sobre todo en el campo de la economía y las finanzas, su especialidad. Ha sido ministro regional en el gobierno de São Paulo, diputado nacional reelecto, senador, ministro del Gobierno Federal en dos carteras distintas, gobernador del mayor estado brasileño (São Paulo) cuyo peso económico es semejante al argentino y alcalde de una de las mayores ciudades del mundo: São Paulo. Ya fue candidato presidencial en 2002, pero un Lula que en su cuarto asalto al poder logró por fin conectar con el electorado lo derrotó en segunda vuelta.

A nueve meses de las elecciones, que se celebran en primera vuelta el 3 de octubre venidero, y sin estar aún las candidaturas formalizadas, Serra aventaja a Rousseff, según distintas encuestadoras (entre ella Datafolha, Vox Populis e Instoé), por 37-44% a 18-23% en los sondeos sobre intención de voto, lo que indica que Lula no ha podido endosar a su indigitada el enorme apoyo popular que él conserva.

Si Serra acertara al escoger su compañero de fórmula para el cargo de vicepresidente—una buena opción es Marina Silva, el ex ministra ecologista disidente del partido de Lula, entra otras cosas por culpa de la propia Rousseff— las próximas elecciones brasileñas pueden ser para él como un baile de la victoria.

Mejor quizás para Lula pues dicen en Brasil que con Serra en la presidencia pueden quedar las cosas propicias para que el actual hombre del año trate en el 2014, con 69 años, de volver a ser presidente, por mucho que no le guste el continuismo y a riesgo de que le conviertan en eso que él no quiere: un «pequeño dictador». Sería el remake de «Lula, el hijo de Brasil», hoy en los cines.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com