Chile: duelo de momios

Las elecciones presidenciales chilenas acabaron sin sorpresas en un país predecible. Tanto la primera victoria de la derecha desde 1966 como la primera derrota de la centroizquierdista Concertación desde 1989 habían sido milimétricamente anticipada por las empresas de encuestas. El próximo 17 de enero Sebastián Piñera Echenique, de 60 años, y Eduardo Frei Ruiz-Tagle, de 67, disputaran a cara de perro una segunda vuelta en un duelo de «momios». Ambos lo son, según ese chilenismo que define a los conservadores. El próximo presidente de Chile ser, pues, de derechas.

El archimillonario opositor Piñera, a quien «Forbes» atribuye una fortuna de mil millones de dólares, es una suerte de Silvio Berlusconi chileno. A su poder económico y mediático busca sumar mando político. Ha obtenido el 44% por ciento de los votos. Toda una marca para la derecha chilena. Los sondeos para la segunda vuelta pronostican que su votación crecerá un 5%, al borde de la mayoría absoluta, que le bastará para convertirse en el primer jefe de Estado de derechas desde el gobierno dictatorial del general Augusto Pinochet (1973-1990). Los partidos de derecha parecen estar fuertemente unidos en torno a él.

Por su lado, Frei, un demócrata-cristiano tradicionalista, parco, estoico, aburrido y sin carisma pretende volver al sillón presidencial que ocupó de 1996 al 2000 y en el que también se sentó su homónimo padre entre 1966 y 1970. Logró un 29% de los sufragios como candidato oficialista del gobierno de Michelle Bachelet. Los encuestadores creen que en estos treinta días que faltan para el segundo escrutinio podrá sumar alrededor de un 2% cuando le separan de su rival casi un 15%. Es digno de resaltar que Frei no pudo beneficiarse de todo el enorme respaldo popular, cercano al 80%, que la presidenta Bachelet dispone. Vive frente a la posibilidad cierta de perder el 17 de enero.

La cuestión es que para ese segundo turno hay más de un 25% de votos en danza, que son los sumados este domingo por los otros dos candidatos presidenciales, ambos desgajados del bloque oficialista. La mayoría pertenecen a la sensación de estos comicios: Marcos Enríquez-Ominami, de 36 años, en quien muchos ven a un futuro presidente de Chile si sabe jugar sus cartas. El tiempo lo dirá. Tanto él, con el 20% de los votos, como Jorge Arrate, con el 6%, son disidentes del Partido Socialista, una de las dos principales fuerzas —junto a la Democracia Cristiana— de la Concertación, la coalición de centroizquierda que hizo posible, a partir de 1988, la reconstrucción de la democracia en Chile luego de la terrible dictadura de Pinochet.

La Concertación ha gobernado Chile desde 1990 hasta hoy, con Bachelet como la cuarta presidente de un conglomerado político que al cabo de estos dos decenios se nota con poca cohesión y fatigada. También seguramente eso sea porque ya no les une la necesidad de mantener a Pinochet a raya.

A priori parece más factible que la mayor parte de los votantes de Enríquez-Ominami y de Arrate se decanten por Frei para evitar al cacareado retorno al poder de la derecha de la mano de Piñera. Pero no parece factible que Frei sea capaz de arrastrar todo caudal de votos. Enríquez-Ominami no va a endorsa sus votos a Frei. De hecho, su proyecto político se fraguó contra Frei y ya ha dicho que no hará eso. Ha dejado en libertad a sus seguidores para que voten por quien les plazca. Claro, que podría cambiar de opinión si los jefes de la Concertación lo persuaden de que él va a ser su candidato presidencial en el 2013. Por el contrario, Arrate se apresuró a pedir el voto para Frei precisamente para cortarle el paso a la derecha. Quizás Enríquez-Ominami piense que tiene más futuro después de un periodo presidencial de la derecha dura.

El semblante de Piñera en la celebración de su triunfo, la noche del domingo electoral, parece mostrar la ardua tarea que tiene por delante de arañar votos para el segundo turno. Toda la derecha chilena, excepto la democristiana, estuvo con él en la primera. Lograron una votación histórica para ellos y la primera victoria desde que Frei padre ganó en 1966.

Todo indica, según los analistas, que Chile quiere abrir una nueva etapa en su vida democrática, dando por cerrada la larga Transición que se inició en 1989. Es una nueva etapa de renovación y cambio tras estas primeras elecciones sin el general Pinochet, tanto en la derecha, como en la Concertación, que tendrá que definir su rumbo, como para el gobierno de la nación.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com