Honduras: ¿y ahora, qué?

Las elecciones en Honduras se han celebrado de manera inobjetable, sin que se cumplieran los negros presagios ni la abstención masiva que Manuel Zelaya buscaba ya que la participación, del 61%, fue la mayor en su corta historia democrática. Una buena señal para el mundo.

Estados Unidos y Colombia reconocieron prontamente la legitimidad de esos comicios. México, Perú, Costa Rica y Panamá deben hacer otro tanto y posiblemente también Alemania, Italia, Japón y Suiza. Con América Latina fracturada y Brasilia enfrentada con Washington, España ha avanzado al reconocer como «nuevo actor» al presidente electo, el hacendado de 61 años Porfirio Lobo, y abandonado la posición anterior sobre la necesidad de que Zelaya sea restituido en la presidencia. «Hay una nueva realidad» en aquel país centroamericano tras los comicios, afirma España. Pero como dice Estados Unidos, las elecciones no son suficientes para resolver la crisis. Aún queda mucho por hacer en ese sentido.

Con independencia de lo que el mundo piense, los hondureños han visto en sus elecciones generales la manera de poner pilares firmes para salir de la crisis interna desatada hace cinco meses con la controvertida destitución de Zelaya. Nadie internamente en Honduras ha cuestionado el desarrollo electoral ni los resultados, salvo el propio Zelaya, que esperaba un 65% de abstención y se dio de bruces con una participación maciza porque Honduras cerró filas con sus dirigentes en las urnas en busca de la única salida posible: las elecciones, que, por ciento, estaban convocadas por el propio Zelaya desde antes del estallido de la crisis.

Tal como anticipaban las encuestas, triunfó el Partido Nacional, tanto en las elecciones presidenciales como en las legislativas. Porfirio Lobo logró un contundente 56% de los voto, frente a un 38% de su principal rival, el liberal Elvin Santos. Victoria, pues, sin objeciones. Lo primero que hizo Lobo fue llamar a un gobierno de unidad nacional, algo que parece en sintonía con la posición que la Unión Europea en su conjunto puede adoptar. Francia ha abogado por un proceso de «reconciliación nacional» como el «único» camino que dará «legitimidad» a las nuevas autoridades. Por su lado, España pasó a demandar un «gran consenso» interno como salida a la crisis. España no reconoce las elecciones, pero tampoco las ignora.

Elvin Santos, sin perder un minuto, reconoció la victoria de Porfirio Lobo, ensalzó la «lección de madurez cívica» dada al mundo por su pequeño y pobre país y se colocó de forma leal a disposición del ganador. Todo con una normalidad democrática casi suiza, envidiable en un país afectado por una perversa crisis institucional y al que una parte significativa del mundo ha venido tratando como si tuviera un bárbaro régimen dictatorial.

Mientras los pobres hondureños daban esa demostración de democracia y exteriorizaban su deseo de echar hacia adelante, los «hermanos» iberoamericanos, reunidos en la deslucida —faltaron ocho mandatarios— Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno en la aristocrática Estoril (Portugal), eran incapaces de ponerse de acuerdo sobre la nueva situación creada en Honduras.

El empecinamiento de Brasil, Argentina y Venezuela, entre otros, en desconocer tercamente los comicios hondureños por una alegada, pero inexacta, falta de condiciones democráticas para su celebración, dificultaba la puesta en común de un pronunciamiento iberoamericano que, en cualquier caso, debiera adoptarse mirando al futuro, que es para donde apunta el resultado de las elecciones hondureñas.

Pero gobernantes como el brasileño Luiz Inácio Lula de Silva han mostrado, incluso con altanería, que no darán su brazo a torcer. El Goliat brasileño debuta como líder global y latinoamericano tratando de imponerse su descomunal peso al liliputiense David hondureño, mientras evita con exquisitas declaraciones que sus evidentes desacuerdos sobre el asunto con Estados Unidos desemboquen en una tormenta capaz de perturbar la buena sintonía en Lula y Barack Obama. La argentina Cristina Fernández de Kirchner avivó la hoguera en Estoril hablando de «pantomima» electoral celebrada «en el marco de la más absoluta ilegitimidad democrática». Así las cosas, parece que alguien va a terminar tragándose sus propios palabras.

Recuérdese que Zelaya fue destituido por su empecinamiento en violar la Constitución para seguir en la presidencia, en lo que constituyó un virtual golpe de Estado al Poder Ejecutivo por parte del Legislativo y el Judicial. Pero las nuevas autoridades basaron la destitución de Zelaya en que cometió al menos dieciocho violaciones a la Constitución y las leyes, según las acusaciones que penden contra él. Esas eran poderosas razones para separarlo del cargo mientras era juzgado, pero no para sacarle del país manu militari.

Fuera lo que fuese, los hondureños han cumplido su transición retornando democráticamente al Estado de derecho con las elecciones del domingo. Restarle a esas elecciones legitimidad significa hundir más en la miseria a la nación más pobre de América Latina tras Haití. Los hondureños han puesto su confianza en el futuro y el mundo debe ayudarles, así como contribuyó a que otras naciones latinoamericanas superaran sus crisis institucionales y sus dictaduras con elecciones limpias y transparentes como las celebradas ayer en el país centroamericano.

¿Reconocerá España los resultados de las elecciones guineanas, celebradas el mismo domingo sin la menor garantía democrática, una nueva farsa en las que a Teodoro Obiang le fue adjudicado casi el 97% de los votos para que sume otros siete años a los treinta que lleva en el cargo desde que en 1979 derrocó y mandó fusilar a su tío, Francisco Macias? Presumiblemente si. El ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, lo había hecho tácitamente en julio cuando respondió con un abrazo a Obiang la condecoración que el dictador guineano le acababa de imponer.

En Honduras, el presidente interino, Roberto Micheletti, a quien gobernantes como el venezolano Hugo Chávez trataron de presentar ante la opinión pública como un remedo del general chileno Augusto Pinochet, lejos de interferir en las elecciones, las facilitó dando un paso al costado mientras se celebraban. El pronunciamiento que hará el miércoles el Congreso Nacional sobre la eventualidad de que Zelaya vuelva al poder carece de significado, sea cual fuere. En el caso de que sea que si, Zelaya seguramente no lo aceptaría pues de hacerlo estaría convalidando unas elecciones a las que le resta legitimidad. A Zelaya parece que solo le queda tomar el camino del exilio —exilio de él mismo, quizás— tal como anticipado el sábado el diario brasileño «O Estado de S. Paulo». Desde luego, como afirma Porfiro Lobo, Zelaya ya es historia. Micheletti también.

Por cierto, mientras se celebran las elecciones en Honduras, fallecía en Montevideo Héctor Gros Espiell a los 83 años. Este antiguo servidor de la dictadura y ex canciller es padre del nuevo golpismo latinoamericano junto al entonces secretario general de la OEA, el brasileño João Clemente Baena Soares, otro servidor de un régimen militar. Ambos fueron quienes en 1992 lograron que Latinoamérica diera legitimidad al autogolpe de Alberto Fujimori, que abrió una secuela de golpes (Guatemala, Ecuador, Bolivia, Venezuela...) de unos poderes del Estado contra otros semejantes al que ahora trae de cabeza a Honduras.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com