Colombia-Venezuela: La guerra de Maradona

Francisco R. Figueroa / 26 julio 2009

Diego Armando Maradona, ese antiguo brillante futbolista argentin o que en algún momento se creyó un dios y que ha sido bajado del pedestal en innumerables ocasiones, ha estado en Caracas con Hugo Chávez en medio del torbellino de la denuncia colombiana sobre los 86 santuarios de las FARC en Venezuela y la consiguiente ruptura de las relaciones, para pedirle consejo sobre su futuro como seleccionador argentino, según afirmó él mismo entre fervorosas declaraciones de amor eterno al «duce» venezolano y muestras de pasión volcánica por el redivivo dictador cubano Fidel Castro.

Siendo Chávez firme aspirante a presidente perpetuo de Venezuela y Castro el perpetuo conductor de Cuba, lo normal sería que Maradona haya recibido la consigna de obtener a como de lugar de Julio Grondona, el presidente de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino), la designación de seleccionador nacional vitalicio sin importar su estrepitoso fracaso en el reciente mundial de Sudáfrica pues también sus bienamados referentes políticos fracasaron. Al fin y al cabo, Castro y Chávez manotean en el pantano de sus fracasos pues Cuba, tras medio siglo de castrismo, está en situación de penuria y Venezuela, luego de once años de chavismo, se debate en el caos económico. Maradona tiene que hacer como ambos: darle la vuelta a la media para convertir los desastres, en su caso la bochornosa caída de Argentina en cuartos de final del mundial, en épicos acontecimientos.

De Venezuela lleva Maradona lecciones magistrales para la conducción del equipo nacional argentino que le ha dado Chávez el fanfarrón en la pizarra de las estrategias del Palacio de Miraflores, donde se primorea la geopolítica regional de la paparrucha. Chávez se sabe de entrada perdedor en un eventual enfrentamiento con Colombia, un país bragado en cuestiones bélicas por más de medio siglo de guerras civiles. Invocando fuentes rocambolescas, como de una mala película de espías, Chávez se magnifica a sí mismo y enreda asegurando que Estados Unidos está listo para saltar al campo en ayuda de su archirrival colombiano e, incluso, que hay un complot para acabar con su vida dejando a las huestes venezolanas huérfanas y a merced de las hienas colonialistas. Estados Unidos pide a las partes calma, pero que se investiguen las muy serias acusaciones hechas por Colombia sobre las 86 bases de la narcoguerrilla colombiana establecidas en Venezuela con posible amparo oficial.

El mandarín de Caracas, con unas u otras palabras, vino a decir también que los presidentes Álvaro Uribe, de Colombia, y Barack Obama, de Estados Unidos, han podido plantar los campamentos guerrilleros en Venezuela para tener un motivo de ataque. De ahí los aprestos bélicos ordenados por Chávez, maestro de la bravata y comandante en jefe de una tropa con oficiales cuya aguerrida beligerancia con los whiskys añejos es harto conocida. Estados Unidos afirma también que Chávez tiene la obligación de responder a las alegaciones colombianas más allá de sus desabridas respuestas fuera de tono y de la caprichosa y desafortunada ruptura de relaciones que ha ordenado como reacción airada a la denuncia colombiana, hecha la semana pasada en el seno de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Mientras, Brasil, la potencia suramericana, le hace el juego a Chávez, Activa la Unasur (la Unión de Naciones Suramericanas) en detrimento de la OEA, en pos de unas negociaciones entre bambalinas, en lugar de plantear una misión internacional de verificación de la existencia en tierras venezolanos de las bases de la narcoguerrilla que Colombia ha denunciado con pruebas aparentemente contundentes, unas acusaciones que EEUU, el país mejor informado del mundo y con ojos propios de satélite para ver esas bases, afirma que deben ser tenidas en cuenta muy en serio. He hecho, Estados Unidos había alertado muchas veces sobre los lazos de Chávez con los terroristas colombianos y de la presencia de los mismismo en Venezuela, con algunos de sus mas destacados lideres a la cabeza. Brasil propicia que Chávez gane tiempo hasta llegar a las elecciones legislativas venezolanas de septiembre e, incluso, para que las bases sean desmontadas. Ecuador, presidente de turno de Unasur, contribuye a la dilación. Bogotá desconfía del presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, por los vínculos de su Partido de los Trabajadores y de gente de su gobierno con las FARC y también porque siente que está alineado con Chávez, lo que quedó en evidencia en la crisis de Honduras y porque Brasil juega a suplir a Colombia como suministrador de alimentos a Venezuela, un comercio de varios miles de millones de dólares anuales, hasta 7.000 millones en los buenos tiempos.

La táctica de Chávez es desviar la atención de la durísima realidad nacional, marcada por el caos económico: la inflación más alta de América Latina (40%) y una recesión que puede llegar este año al 6% mientras la región y los demás países emergentes crecen, y una violencia delictiva con magnitudes de guerra: más de 16.000 homicidios por año. Una realidad impropia de una nación de 30 millones de habitantes con una gigantesca capacidad de ingreso por sus exportaciones de 2,3 millones de barriles diarios de petróleo. El 57% de la población culpa a su fanfarrón líder de la catástrofe nacional, un gran inconveniente aunque en septiembre hay unas elecciones legislativas ya de por sí tramposas por todos los artificios legales creados por el régimen para favorecer que Chávez se perpetúe en el poder. Aunque Chávez perdiera en esas elecciones la mayoría en la Asamblea Nacional seguiría en el poder hasta 2012, cuando tiene que revalidar su mandato, si antes, en previsión de una posible derrota, no saca de la manga un nuevo as continuista, como una emergencia nacional basada en una guerra con Colombia. Lo que hace Chávez tiene que ver con las elecciones legislativas de septiembre, pero todas sus energías están concentradas en la reelección en 2012. © EL AUTOR

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