Purga en La Habana

Aunque en Cuba las cosas nunca son lo que parecen, es posible que el general Raúl Castro haya dado una zancada importante para llevar adelante un proyecto económico propio de gobierno, sin estar tan sometido a los resortes del poder que sigue manejando el doliente Fidel.

Se trata de una amplia reestructuración ministerial –una aténtica purga estalinista– que este lunes se ha llevado por delante, entre otros, a los dos jóvenes mastines del gabinete y figuras señeras del castrismo, ambos pupilos de Fidel, como son los talibán Felipe Pérez Roque y Otto Rivero, así como a quien era visto en el exterior como potencial líder de una transición sin los hermanos Castro: el primer ministro in péctore Carlos Lage.

Causa sorpresa que hayan perdido su protagonismo a la vez dos potenciales delfines, Pérez Roque, de Fidel, y Lage, de Raúl. Ambos esperaba el relevo generacional, pero les ha pasado por encima la aplanadora de Raúl. El gabinete ha quedado así con una cara muy raulista, el cuerpo algo más viejo y la ropaje más militar. Los cambios de titulares y fusiones de carteras en los ministerios de Economía, Finanzas, Comercio, Alimentación, Inversión Extranjera y Trabajo pretenden hacerlos más operativos en medio de la extrema escasez, la maltrecha situación interna, la ineficacia supina y los reflejos de la crisis global que han servido, probablemente, para convencer de la necesidad de reformar al Gabinete al anciano caudillo, a quien su hermano menor dice consultar siempre. Lo más llamativo entre los cambios en el área económica del Gobierno ha sido la destitución del José Luis Rodríguez de los cargos de vicepresidente del Consejo de Ministros y ministro de Economía y Planificación. Le sustituye el coronel retirado Marino Murillo, titular del ministerio de Comercio Interior desde hace tres años, donde fue colocado para combatir la corrupción, al tráfico de mercancías y el descontrol.

Amamantado a sus pechos por Fidel, que le tuvo como secretario particular, el defenestrado Pérez Roque fue poderoso canciller durante un decenio. Era la voz más sonora de Cuba. Ha sido destituido pese a la exitosa política exterior, que va viento en popa desde la plena incorporación de la isla al seno de la familia latinoamericana, en la cumbre de gobernantes celebrada en Costa do Sauipe (Brasil) en diciembre último, y el desfile de jefes de Estado de América Latina que está teniendo lugar en La Habana este año. Depurado exponente de la línea dura, especialmente con Estados Unidos, Pérez Roque podría ser visto como un incordio cuando soplan aires de distensión entre La Habana y Washington. Pero parece que habrá cierta continuidad en la política extranjera cubana ya que le sucederá quien ha sido su más estrecho colaborador como primer vicecanciller: Bruno Rodríguez, un hombre escasamente conocido fuera de Cuba. Quizás como responsable de la política exterior para América Latina –también está fogueado en la ONU– se le reconozcan los éxitos que ha tenido la misma. Tiene pedigrí: es hijo del fallecido histórico dirigente comunista Carlos Rafael Rodríguez.

La caída como uno de los vicepresidentes del Consejo de Ministros de Otto Rivero, antiguo líder juvenil comunista, no ha sido una sorpresa pues estaba prácticamente inactivo y ya había sido apartado del Consejo de Estado por aparente implicaciones en corruptelas. En el 2004 había sido puesto por Fidel en el cargo con la misión de coordinar la llamada «Batalla de las Ideas», tan cara al anciano líder. Rivero era una suerte de jefe de la guardia roja con la que Fidel Castro pretendía volver a los principios después de haber advertido de que la revolución podía ser devorada en sus entrañas por la corrupción. Sus funciones las desempeñará el vicepresidente del Gobierno, el septuagenario comandante Ramiro Valdés, compañero de los Castro desde la primera hora y el fracasado asalto al cuartel de Moncada, ex ministro del Interior y consumado espía.

Mientras se arrincona a los jóvenes, Raúl Castro da más prominencia a la vieja guardia, a la gerontocracia del castrismo, a su gente de confianza, personas que responden a él para iniciar las reformas económicas. No se espera ningún modificación política. Precisamente las funciones de Lage han sido confiadas al general José Antonio Ricardo Guerra, un colaborador íntimo de Raúl, sobre todo cuando era ministro de Defensa, aunque expresamente despojado del protagonismo, las facultades de decisión y las funciones de dirección del Gobierno que tuvo su antecesor. Se acabaron pues los primeros ministros por expreso deseo de Raúl Castro.

Lage fue durante los más de dos decenios que ejerció como secretario del Consejo de Ministros esa suerte de «premier» cubano y el virtual «número tres» del régimen tras los hermanos Castro. Había sido considerado un posible líder para una transición en el postcastrismo. Este pediatra como fama de austero y riguroso, amamantado también por Fidel, era considerado sin embargo más próximo a Raúl y clave en las cuestiones económicas. Está considerado –junto a Raúl– el autor del programa de subsistencia tras la caída de la URSS y la pérdida de los enormes subsidios soviéticos. Pero hace tiempo que parecía haber caído en desgracia, se insinúa que quizás también a cuenta de actuaciones de sus dos hijos varones.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

PE: Fidel Castro ha ridiculizado más tarde la versión de que Raúl ha colocado en el Gabinete a los hombres de su confianza. En una nueva «reflexión», volvió a colocarse por encima del bien y del mal asegurando que él nunca en su vida se ha rebajado a la tarea de nombrar ministros, que «casi sin excepción llegaron a sus cargos por otros compañeros de la dirección del Partido o del Estado». Cualquiera que conozca Cuba sabe que allí en 50 años todo, hasta las cosas más nimias, se han regido según la voluntad del propio Fidel. Reconoce que su hermano menor le ha consultado los cambios ministeriales. Sin nombrar a nadie siembra acusaciones y mete cizaña contra dos destituidos –parece que Pérez Roque y Carlos Lage– a quienes trata con insidia: «La miel del poder por el cual no conocieron sacrificio alguno, despertó en ellos ambiciones que los condujeron a un papel indigno. El enemigo externo se llenó de ilusiones con ellos». Es el amo que muerde la pata de sus perros fieles. A renglón seguido, Castro se pierde en la metáfora y mezcla el béisbol con consignas revolucionarias, como para que los cubanólogos se devanen los sesos tratando de adivinar qué quiere decir ahora el oráculo.