Eternamente Chávez

A estas alturas parece claro que Hugo Chávez —diga lo que diga para justificar lo contrario— pretende eternizarse en el poder, con el objetivo de desarrollar un proyecto político que es personalista y a cuya doctrina va acabar dándole rango constitucional.

Eso —y no otra cosa— es lo que hay tras de la reforma de la Constitución que ha emprendido Chávez con la finalidad de acabar de adecuar totalmente a su proyecto revolucionario la Carta Magna que él mismo impulsó después de haber ganado la presidencia de Venezuela en las elecciones celebradas a fines de 1998. Chávez propone la reelección presidencial indefinida, lo que le permitirá eternizarse en el poder, junto a una serie de reformas de gran calado, sobre todo lo que tiene que ver con el sistema de propiedad, con un elevadísimo control gubernamental; las fuerzas armadas, que quedan absolutamente politizadas y al servicio del chavismo, y la organización del territorio. Se trata de una reforma con discusiones de puro trámite pues el 100% de la Asamblea Nacional es adepta y adicta a Chávez.

Luis Miquilena no es un improvisado cualquiera. Este anciano líder comunista es quizás el zorro más astuto de la política venezolana, también por viejo. Acogió a Chávez tras salir éste de la cárcel, fue su mentor y le dio cobijo y de mamar ideológicamente. Ambos se trataron como íntimos y cómplices. Miquelena fue uno de los principales colaboradores de Chávez en la construcción del nuevo régimen, sobre todo como presidente de la Asamblea Constituyente. Miquelena conoce, pues, mejor que mucha gente a Hugo Rafael Chávez Frías. De ahí la conveniencia de tener en cuenta las declaraciones que hace ahora cuando ya no está unido a Chávez más que por los recuerdos. También porque ahora Miquilena está en el ocaso de su existencia (tiene 88 años) y, por consiguiente, nada tiene para perder, salvo la vida. Tampoco le importa a Miquelena que los voceros del chavismo le vuelvan a tildar de «traidor» o «ladrón» por hechos acaecidos en los años 60 y 70 sobradamente conocidos cuando Chávez se apoyó en él a fines de los 90. La esencia de la reforma constitucional emprendida por Chávez —aduce Miquilena— es «yugular las libertades y poner al país el servicio de un caudillo, negando todas las instituciones». El diario «The New York Times», por ejemplo, adujo que la idea central de Chávez es «amasar poder y aferrarse a él por tanto tiempo como pueda». El humorista Tàssies de «El Periódico de Catalunya» satirizaba en «La mosca» del 17 de agosto, a una mujer que le pregunta Chávez si cuando el estado socialista funcione a tope y él sea presidente indefinidamente, la oposición venezolana seguiría llamándose así o empezaría a ser llamada disidencia.

A la vez que reformar la Constitución, Chávez se esmera en la construcción de lo que a llana «el poder popular». Uno de los bastiones del régimen está llamado a ser el nuevo Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), aún en etapa de formación. Chávez lo ha idealizado como partido único del régimen, en lugar de la coalición de fuerzas disímiles que en aluvión se concentraron en torno al líder para la conquista del poder que durante casi 40 años había sido patrimonio de «adecos» y «copeyanos». El PSUV adopta por doctrina el pensamiento de Chávez. Hasta ahora han quedado implicados directamente en el PSUV unos dos millones de civiles, según se desprende de las palabras del propio jefe del Estado venezolano pronunciadas el sábado 25 de agosto. Hay, agrega Chávez, casi otros cuatro millones de aspirantes a militantes esperando en la periferia. Aquellos dos millones, ha dicho Chávez, deben estar dedicados «a tiempo completo» al partido. Si ello, como parece, quiere decir dedicación plena, esa militancia tendrá que estar a sueldo del partido, «liberados» en la jerga de los revolucionarios. Pocos creen que se entregaran en cuerpo y alma a la causa en su tiempo libre, aunque Chávez impongan con la reforma constitucional la jornada laboral de seis horas.

Esos casi cuatro millones de aspirantes son personas que han expresado su deseo de militar en el PSUV pero que hasta ahora no han cuajado por diferentes motivos. Chávez pretende convertirlos en el segundo círculo concéntrico en torno a su persona y su proyecto. Serán algo así como una cantera inagotable de gente dispuesta a sumarse al nuevo sistema «clientelar» y «prebendario» que Chávez construye. Muchos de aquellos van a estar decididos a cruzar la raya de la felicidad para ingresar en el círculo de los privilegiados, de los liberados, a fin de poder disfrutar también con la piñata de la revolución. En los siete años y medio con Chávez, en Venezuela los servidores públicos han sido cambiados por gente fiel o se han convertido en adeptos al chavismo. No hay espacio para los timoratos y hay muchos ejemplos. De esa militancia fiel, si hay necesidad, saldrán sin duda los integrantes de los «batallones» chavista o de los «comités de defensa de la revolución» o los «legionarios del régimen» o como quiera llamarse esa gente dispuesta a todo con tal de mantener los privilegios.

En Venezuela ha habido también con Chávez una sustitución de la casta dominante, lo que él llama «la vieja oligarquía». En realidad, los «mantuanos», los «grandes cacaos» o los «amos del valle» ­—las distintas formas de denominación que ha tenido la rancia aristocracia criolla— hace tiempo que eran historia, minorías trasnochadas recluidas en el Country Club de Caracas y sus alrededores. Durante más de cuarenta años, de 1960 a 1999, los elegidos, los privilegiados del sistema político —tan «clientelar» y «prebendario» como el actual, y de moralidad tan dudosa— fueron los militantes de los dos grandes partidos que se alternaron en el poder desde la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez: Acción Democrática, los «adecos», y el Copei, los «copeyanos». Ahora son los chavistas quienes han copado las estructuras públicas y buena parte de la actividad privada que dependen del favor estatal, chupando de la caudalosa teta petrolera y acaparando las estructuras de dominio de una porción significativa de la actividad económica, sobre todo comercial. Hoy, según distintas fuentes conocedoras de la situación, son los chavistas y sus hijos quienes se pasean con los mejores autos, hacen los más costosos viajes al extranjero, compran lo más moderno, derrochan como nuevos ricos, llenan los locales de diversión y cierran los clubes nocturnos de Caracas. Con el barril de petróleo venezolano a 58 dólares en el promedio de este año, hay en el país un nuevo frenesí que recuerda el de los años 70, de aquella nación de vacas gordas conocida como «la Venezuela Saudita». Solo que ahora los sauditas están en la órbita del comandante de la revolución. «Chávez es responsable y cómplice de toda la corrupción que existe en el país», afirma Miquelena haciendo gala de «autoridad moral». Hasta el ministro del Interior, Pedro Carreño, reconoce que la corrupción se ha infiltrado en la revolución chavista. «La boina roja no debe ser utilizada como patente de corso», acaba de decir.

Chávez proclama que su revolución «está armada». Que nadie se olvide de ello, advierte. La reforma constitucional en curso crea la Milicia Popular Bolivariana como parte integrante de las fuerzas armadas, junto al Ejército, la Marina, la Aviación y la Guardia Nacional, que muda de nombre. Chávez explica que esa Milicia Popular albergará a los reservistas, pero su simple nombre preocupa y su creación inquieta. Se trata de un saco demasiado grande donde cabe de todo, incluso eventualmente guardianes armados de la revolución, más allá de las fuerzas armadas, que se convierten en un instrumento más del estado chavista. Paralelamente el régimen de Chávez se arma hasta los dientes.

La nueva «Fuerza Armada Bolivariana» obedece a un nuevo pensamiento militar: el de Chávez, a la «doctrina militar bolivariana» de su líder y a las ideas socialistas que éste pregona. La Constitución va a dar a los militares el carácter de cuerpo «patriótico, popular y antiimperialista» y la misión de preservar al Estado de «cualquier ataque externo o interno» e, incluso, de dedicar a «la guerra militar de resistencia» y de «mantener la seguridad ciudadana y la conservación del orden interno». Para echarse a temblar.

Mientras, Chávez continúa implicando en todo lo que hace al Libertador Simón Bolívar. «El concepto de Bolívar, el proyecto de Bolívar, es perfectamente aplicable a un proyecto socialista, perfectamente se puede tomar la ideología bolivariana originaria, la de Bolívar pues, como elementos básicos de un proyecto socialista», ha afirmado en una de sus últimas prédicas. Pero eso parece improbable, hasta el punto de que los más obstinados estudiosos de Bolívar aseguran que el Padre de la Patria jamás se reconocería en la obra de Chávez, ni en lo social, ni en lo político ni en lo económico. Ni de lejos.

Sucede que Chávez siempre ha usado a Bolívar en provecho propio, incluso en su vida privada. En 1999, a las pocas semanas de que asumiera la presidencia, su hoy ex esposa, Marisabel Rodríguez, me confesó en La Casona, la residencia oficial de los mandatarios venezolanos, que su marido la había conquistado usando las encendidas cartas amorosas que Bolívar le escribía a la quiteña Manuela Sáenz, la más notoria entre las amantes del Libertador. La euforia de Chávez por la catira ex locutora de Barquisimeto no duró demasiado. Dos o tres años a lo sumo. Se casaron en 1997, en medio de la campaña presidencial, y para comienzos de 2002 la relación ya estaba totalmente en ruinas.

Francisco R. Figueroa
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